Diario de una Dragomana

Frente a la peligrosa hegemonía de las grandes empresas en los servicios tecnológicos, la solución que proponen muchos techies es alojar uno mismo esos servicios (self-hosting). Por ejemplo, en vez de usar Google Drive, instálate Nextcloud en una Raspberry Pi, o alquila un VPS para tu instancia de Mastodon y huye para siempre de Twitter. Esas cosas que sabe hacer hasta mi sobrino de 5 años, vaya.

Cómic de xkcd. Mujer: "La química de los silicatos es algo básico para nosotros los geoquímicos, así que es fácil olvidar que alguien cualquiera solo conoce las fórmulas del olivino y de uno o dos feldespatos." . Hombre: "Y la del cuarzo, por supuesto". Mujer: "Por supuesto". Texto descriptivo: Los expertos de cualquier materia sobreestiman la familiaridad de alguien cualquiera con su campo, incluso cuando intentan ponerse en su lugar.

En esta entrada, explicaré por qué mi opinión se resume en «No, pero sí».

Primero el no

Con todo el respeto, es como sugerir que en vez ir a comprar fruta a precios inflados al Mercadona te compres una parcelita y aprendas a cultivarla, o que aprendas a confeccionar tu propia ropa para no depender de ninguna empresa de Inditex. Son actividades estupendas si las disfrutas, y habilidades muy útiles, pero no es realista esperar que todo el mundo pueda o sepa (¡o quiera!) ponerlas en práctica en el mundo en que vivimos. Y, sobre todo, hace que recaiga toda la responsabilidad sobre uno mismo; es decir, en vez de solucionar el hiperindividualismo que nos asola, lo acentúa.

En el caso del self-hosting, reconozco que es una actividad por la que profeso una relación de amor-odio. Esta relación comenzó en la primavera de 2025, cuando la que aquí escribe, informática extraoficial de la familia pero aún con escasos conocimientos de programación y sin idea ninguna de redes ni administración de sistemas, adquirió un dominio baratito y un mini-PC de segunda mano y se dispuso a instalar YunoHost, un sistema operativo pensado para usarse en servidores personales y con un catálogo de servicios instalables. Llevar un tiempo en Mastodon me hace hacer cosas extrañas.

Tras superar algunos baches en la configuración, estaba muy contenta: tenía mi propio CryptPad, un servicio de ofimática colaborativa cifrado, pero con un montón de espacio que me habría salido mucho más caro a largo plazo alquilar en la nube. Les dije emocionada a mi pareja y a mi hermana que podían registrarse y usarlo, que aunque el aparatejo estaba en mi habitación podían acceder a través de Internet. Y podía hacer mucho más: autoalojar mi web y mis futuros repositorios de código, crear nuevos nodos en el fediverso, probar bloqueadores de publicidad a nivel de red local... ¡Y estaba empezando a manejarme mínimamente en la terminal! El haberlo hecho yo y haber conseguido esa independencia me provocaba un sentimiento de satisfacción y poderío muy grande.

Sin embargo, al cabo de cierto tiempo, esa euforia inicial se convirtió en otra cosa: frustración y, sobre todo, miedo.

La frustración venía de los problemas con los que me encontraba al instalar o configurar ciertas cosas, y a los que dediqué demasiado tiempo porque me faltaban conocimientos. No todo estaba bien explicado en la documentación, bien por escueta, bien por inexistente, y a veces un usuario había tenido la misma duda que yo en el foro pero no le habían respondido. No quiero con esto desmerecer el trabajo de los voluntarios que hay detrás de YunoHost, porque la frustración habría sido mucho más grande si lo hubiera tenido que hacer todo desde cero con Docker o algo por el estilo.

Y el miedo llegó al darme cuenta de lo que podía pasar. Porque en mi zona a veces hay cortes de luz, y ¿qué pasaría entonces con lo que tuviera guardado en un dispositivo que tiene cosas importantes dentro y siempre debe mantenerse encendido para cumplir su función? Apagones aparte, en algún momento podía desenchufar el mini-PC para limpiar o lo que sea; ¿y si en ese momento mi pareja estaba trabajando en la oficina que hay almacenada en él? A todo esto, ¿cada cuánto debía hacer copias de seguridad? Y aun habiéndolas hecho, si tras actualizar el sistema o una aplicación hubiera fallos, ¿sería yo capaz de solucionarlo?

Empezaba a estar intranquila con todo lo que nunca pasa pero acaba pasando, porque ahora la responsabilidad era mía. Y es que además no era solo comerme yo las meteduras de pata, sino que podían afectar a otras personas que estuvieran usando el servidor. Resulta que la libertad soñada venía acompañada de una responsabilidad abrumadora. ¿De qué me suena eso? Ahhh, ya..., de los años que fui autónoma.

Una de las grandes cargas que más me pesaban cuando trabajaba por cuenta propia era hacerlo todo sola. No había un sindicato que defendiera a trabajadores como yo frente a las condiciones injustas impuestas por los intermediarios que contrataban nuestros servicios y que acumulaban casi todo el capital de negociación. Había intentos de ello por parte de asociaciones profesionales, pero ni la ley ni las circunstancias nos permitían hacer fuerza colectiva. Cuando yo me plantaba y defendía mi posición, me encontraba como respuesta un «Los demás lo hacen más barato» por parte de clientes potenciales y el silencio por parte de los que habían sido habituales. Llegó un momento en el que la libertad de ser mi propia jefa dejó de ser tal. Los últimos meses de mi actividad empecé a ir a una psicóloga, otra vez; había recaído en la depresión.

La frase «Si quieres huir de las big tech, haz self-hosting» me empieza a sonar a «Si no te gusta tu trabajo, hazte autónomo»: falsas soluciones individuales a problemas sistémicos. Yo acabaré queriendo hacer self-hosting y sabiendo hacerlo porque soy muy friki, pero no puedes pedirle a todo el mundo que haga lo mismo, igual que no me puedes pedir que plante en mi piso todos los tomates que necesito comer al año. Porque, además, es que a día de hoy somos más de 8000 millones de personas en el mundo: ¿de verdad se puede esperar que cada una de nosotras aplique el método Juan Palomo (yo me lo guiso, yo me lo como) para la informática y para todo? ¿Hay recursos suficientes para eso?

Luego el sí... y el cómo

El caso es que el panorama tecnofeudalista actual, en el que dependemos de unos ciberterratenientes a los que pagamos mes a mes con una suscripción y/o con nuestros datos por sus infraestructuras y servicios, es desolador. Algo se podrá hacer. Y sí, se puede hacer, pero hay que salirse un poco del sistema: no se puede arreglar el capitalismo con más individualismo.

Parte del temario que es común en España a todas las FP, como la que estoy estudiando ahora, es la prevención de riesgos laborales. Resulta que en este campo se tiene clarísimo que se debe priorizar las medidas colectivas frente a las individuales. Por ejemplo, si hay riesgo de una enfermedad infecciosa tipo COVID en un espacio de trabajo cerrado, está muy bien proporcionar EPI a todos los trabajadores, pero es prioritario instalar un sistema de ventilación que evite que se concentren las bacterias o virus en ese espacio, porque es una medida mucho más eficaz.

Creo que nos iría mucho mejor como sociedad si aplicáramos esta visión colectiva a todo. La hemos perdido porque ciertos políticos se han encargado de socavar el Estado de bienestar que prometía servicios sociales a cambio de pagar impuestos y tener una clase política. Otros se encargan de que no volvamos a creer en esa promesa, teniendo como proyecto político el no tener proyecto político. Vivimos una soledad epidémica a la vez que habitamos entornos urbanos cada vez más densos, y algunos jóvenes empiezan a ver con buenos ojos la implantación de un régimen autoritario, tal vez porque ofrecería algo de certidumbre en estos tiempos inciertos. Pero somos una especie que perduró gracias a la cooperación, y, con Estado o sin él, como sociedad necesitamos volver a conectar con los demás.

Volviendo a los ejemplos que puse al principio, tal vez no puedas ser agricultor o modista a tiempo parcial, pero normalmente hay alternativas mejores a las grandes empresas promotoras de la explotación laboral y la destrucción del medioambiente. Hay cooperativas de pequeños productores, hay comercio local que prioriza ese tipo de producción al elegir proveedores, hay redes vecinales (el vecino que puede ir con el coche a comprar naranjas al productor para su familia y también para la tuya) y familiares (la prima de la que heredas ropa que ya no necesita pero a ti te viene bien). Son alternativas basadas en el apoyo mutuo y en la verdad universal de que la unión hace la fuerza. Me habría gustado formar una cooperativa con alguien de confianza cuando era traductora, porque seguro que habría sido todo más fácil, sobre todo si la otra persona hubiera tenido las habilidades comerciales de las que yo carecía, pero me faltaron contactos.

Llevado esto al plano tecnológico, he estado leyendo sobre colectivos que hacen cosas parecidas.

  • En el mundo francófono está la red CHATONS ('gatitos'), que agrupa pymes que ofrecen servicios tecnológicos basados en software de código abierto y la privacidad. Entre ellas está Nubo, una de las que más me ha llamado la atención no solo por lo original y bonito que es el diseño de su web, sino por haberse creado en forma de cooperativa: aparte de pagar por los servicios de correo y nube en sí, puedes adquirir participaciones a un precio asequible y tener voto en las decisiones. También tengo ahí a la vista para el futuro Alsace Réseau Neutre, en cuyos VPS da la opción de instalar YunoHost directamente para que te montes tus cosas sin preocuparte de cuando se te vaya la luz en casa.
  • En otros sitios de Europa tenemos colectivos como Disroot, Pub Solar y Private Coffee, que ofrecen una variedad de servicios, la mayoría gratuitos, con un modelo de financiación basado en las donaciones.
  • Otros son de pago 100 %, pero el precio se mantiene bajo gracias al carácter voluntario del trabajo de gestión y mantenimiento o al reparto de los costes. Es el caso de la comunidad de Lectura Social, en cuya instancia de WriteFreely se aloja este blog y que recibe el apoyo técnico de Cuates, o del grupo autogestionado Anartist.
  • Hay proveedores como Maadix que no ofrecen esos espacios directamente, pero sí facilitan su creación.

Así pues, y para concluir, tenemos varias opciones para depender menos de las grandes tecnológicas:

  • Self-hosting, pero en grupo. Si tienes la capacidad técnica de alojar recursos informáticos propios, no te la quedes pa ti: que lo que te montes sea para un grupo de amigos o familiares, y así de paso se reparten los costes. Seguro que a tus padres no les da tanta pereza usar XMPP en vez de WhatsApp si se lo dejas tú hecho.
  • Pymes y cooperativas. Puede ser un proyecto de emprendimiento difícil porque los consumidores en general nos hemos acostumbrado a no pagar por el correo+nube básico ni por las redes sociales (a pesar del consabido «si es gratis, el producto eres tú»), pero dados los escándalos mediáticos que evidencian los intentos de eliminar nuestra privacidad creo que se puede ir creando conciencia, o por lo menos llegar a un público concreto (el usuario medio de Mastodon, vamos). Como consumidor, intenta dar preferencia a este tipo de proyectos frente a Google y compañía.
  • Colectivos sin ánimo de lucro más formales o menos. Una asociación con toda la parafernalia jurídica y fiscal, que es un rollo, pero da legitimidad para recibir subvenciones y con eso ampliar los servicios o contribuir a proyectos de código abierto, o simplemente una web con un Ko-fi para las donaciones.
  • El mal menor. Por ejemplo, si usas la nube de una big tech, que sea solo para aquello que te merezca la pena y evitando subir datos sensibles, o cifra tus archivos con Cryptomator para hacerles la peineta y que no puedan hacer nada con ellos.

Dicho esto, quiero que quede algo muy claro: si por tus circunstancias no puedes recurrir a alternativas más éticas, te pido que no te castigues. No puedes hacerlo todo, ni tienes por qué. No es lo natural, aunque nos hayan intentado convencer de lo contrario.

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#informática #SelfHosting #BigTech


Apenas uso Facebook; solo entro de vez en cuando para consultar un par de grupos de traductores de habla inglesa. A principios de mes, alguien compartió en uno de ellos un fragmento de un número reciente de la revista británica Private Eye. Era la carta que un tal Jon Berry envió a la revista en respuesta a un artículo sobre los efectos de la IA en sectores como el de la traducción. Paso a traducirla:

Llevo veintinueve años trabajando como traductor freelance a tiempo completo y he sentido los efectos del avance implacable de la IA en mis propias carnes, reflejados mayormente en la reducción constante de las tarifas y un desprecio cada vez mayor del arte de la traducción. Hace poco me reuní con uno de mis clientes habituales, y el director del proyecto me preguntó hacía dónde creía yo que se encaminaba el sector. Mi respuesta inmediata fue: «Dentro de cinco años estaré en paro». Resulta que habría atinado más diciendo «cinco meses».

Desde el verano pasado, los encargos me han ido entrando a cuentagotas, y el volumen de trabajo de enero de 2024 no augura nada bueno para este año que empieza. Casi todas las agencias para las que trabajo se han pasado a la MTPE (machine translation/post-editing), lo que quiere decir que el trabajo consiste en poseditar [corregir lo que vomita el motor de traducción automática], una tarea a) horriblemente tediosa y b) muy mal pagada.

El arte de la traducción ha sido sacrificado en el altar de lo «fácil, rápido y barato», a lo que se suma una disposición general a dar por buenos los textos cuyo lenguaje podría describirse cortésmente como de segunda categoría. Entre el inminente aumento de los textos generados por IA y la devoción cada vez más ciega que se profesa a la traducción automática, tal vez podamos ir dando por sentenciadas la redacción y la traducción como profesiones.

En cuanto a mí —y supongo que también será el caso de muchos otros freelancers—, espero que en el Lidl estén buscando reponedores.

Yo leo esto y se me cae el alma al suelo por este hombre. Tiene razón cuando apunta que nuestro trabajo está minusvalorado, aunque ¿qué trabajo no lo está? Creo que en el sector somos muchos los que estamos pasándolo mal por varios factores que tal vez desarrolle en otra ocasión, pero básicamente tenemos un problema gordo en buena parte de los mercados de traducción con las IA generativas de texto y el escaso poder de negociación frente a los intermediarios.

Pues bien, ahora paso a traducir algunos comentarios de la publicación en el grupo de Facebook:

En veinte años traduciendo, 2023 fue mi mejor año en términos de ingresos. En parte, ChatGPT me ha agilizado considerablemente la documentación terminológica. Espero que haya más gente igual.

O sea: «Pues yo estoy muy bien, y me gusta usar una herramienta que funciona con un megacorpus de textos cogidos sin permiso y con un impacto medioambiental mucho mayor que un par de búsquedas en Google».

Wow! No es precisamente la mejor manera de explicar lo que pueden aportar los traductores. Espero que esta generalización no se aplique a demasiados.

Querida, esto era la carta de desahogo de una persona que lo está pasando mal, no un post de autobombo en LinkedIn.

Compartir esto en un grupo privado de traducción de Facebook, vale. ¿Compartirlo en Private Eye? ¿Estamos locos? ¿Y luego volver a compartirlo en LinkedIn? No, en serio, ¿estamos locos? Estoy hasta la coronilla de los traductores que con tanto catastrofismo y «Pobrecito yo» nos hacen quedar como idiotas manipulables, mileuristas y poco cualificados que además no tienen ninguna habilidad fuera de la traducción.

Recordad que los mejores traductores podemos entrar en el campo de nuestros clientes si queremos. [...]

Si veis cosas del estilo en LinkedIn, no reaccionéis ni comentéis a menos que estéis 100 % seguros de que no pasa nada si les aparece a vuestros clientes actuales o potenciales en su feed.

Vayamos por partes, porque madre mía: —Habla de «los mejores traductores». Si no eres la crème de la crème, pues haberlo pensado antes; es el mercado, hamijo. —Habla de cambiar a otras profesiones (como si no tuviera cada una lo suyo con IA o sin ella), omitiendo que parece que gran parte del trabajo de traducción va a desaparecer y no va a haber hueco en el segmento premium de la traducción (oh là là !) para todo el mundo. —Se preocupa más por lo que piensen los clientes (¡¿es que nadie piensa en los clientes?!) o, como dicen ahora los jóvenes, gente random que por el sufrimiento de su compañero. Sinceramente, yo sentiría empatía aunque esta carta hablara de una profesión ajena, porque… soy un ser humano… —Yo creo que Jon sabe mejor que nadie que en esos veintipico años habrá aprendido algo que pueda aplicar a otro trabajo más agradecido que reponer estantes, pero la hipérbole es un recurso retórico que nuestra compañera traductora premium no parece conocer.

Yo le entiendo, pero el bajo valor percibido de la traducción no es por la IA; es culpa nuestra. ¿Subió sus tarifas año a año como todo proveedor de servicios? ¿Se negó a aceptar cobrar menos por concordancias parciales y otros descuentos? ¿Entrenó motores de TA mientras le pagaran la misma tarifa que si tradujera desde cero? La IA es solo una de las razones.

Si bien es cierto que como trabajadores independientes deberíamos valorarnos más y saber negociar, a menudo aceptas ciertas condiciones porque no queda otra. Porque, si te impones, entonces te quedas sin colaboración, y poco importa lo que tú hagas como proveedor solitario mientras haya mil detrás de ti en la cola dispuestos a hacer lo que tú no, y tenemos gastos profesionales y personales que pagar.

Huelga no podemos hacer porque somos trabajadores autónomos (figura legal que parece estar al mismo nivel que las macroempresas para lo que interesa, por lo visto), y en cualquier caso coordinarla sería dificilísimo porque somos gente que trabaja cada uno en su casa y con clientes de todo el mundo. Así que al final, aunque haya ciertas iniciativas de lucha colectiva, estamos solos. Solos. Inmersos en un vacío que, como te descuides, te lleva a creerte el individualismo que hay detrás de este tipo de comentarios —los de esta publicación de Facebook, pero también los que se hacen en charlas de supuesta orientación y en grupos de WhatsApp vitriólicos—, que se resumen en un «Si cobras poco, es culpa tuya por no ser bueno en lo que haces, no saber negociar, no buscar y retener a mejores clientes, no haber estudiao más, etc.; si vas a perjudicarnos, no molestes y dedícate a poner copas o limpiar escaleras».

Con compañeros así, ¿quién necesita enemigos?


#traducción #quejas


Llevo tiempo queriendo dedicar tiempo a cosas que antes disfrutaba y para las que desde hace años no encuentro tiempo ni ganas; entre ellas, escribir. Son varios los factores.

Para empezar, mis estudios y trabajos han estado relacionados con la traducción y han consistido en leer y escribir todo el rato con un propósito productivo. La traducción profesional, al final, es escribir para otros —o sea, para que otros ganen más dinero—, y la mayoría de las especializaciones ni siquiera tienen el encanto de poder escribir de manera creativa como en la traducción literaria y la audiovisual. En mis ratos libres, mi cerebro necesitaba descansar y hacer otra cosa que no estuviera relacionado con los idiomas, el lenguaje ni la escritura. O al menos esa excusa me ponía.

Otra razón es que la sociedad capitalista no ayuda precisamente a dedicar suficiente tiempo al descanso y al ocio por razones que ya conocemos. Pero en mi caso, además, recibía constantemente el mensaje de que en mi tiempo libre tenía que seguir siendo un ser productivo, invertir en mí misma como trabajadora: haz cursos, trabaja en proyectos personales que te ayuden a conseguir trabajo o mejores clientes, ve a congresos, haz networking, busca y estudia oportunidades, escribe en un blog profesional que te sirva para publicitar tus servicios, publica chorradas en tus redes sociales profesionales con tal de hacer notar que existes… Y me lo creí.

Por otra parte, el Internet actual ofrece un sinfín de contenidos de entretenimiento. Aunque no me explote a mí misma en mi tiempo libre, si no tengo ganas de ver un videoensayo de una hora, leer un capítulo de un libro o un reportaje de un periódico ni intentar desarrollar una idea que tengo en la cabeza, tengo publicaciones y conversaciones en redes sociales que puedo ventilarme en pocos minutos sin esfuerzo. Te acostumbras a eso y te plantas casi en la treintena con una capacidad de concentración y atención y una tolerancia a la frustración que le daría vergüenza a tu yo de niña. Tengo libros en casa, en la biblioteca e eBiblio, y un procesador de textos y varios cuadernos bonitos; lo que no tengo es la voluntad para hacer algo más difícil que hacer scrolling en Mastodon.

Ahora bien, no puedo echar siempre la culpa a agentes externos. También hay un culpable interno: mi perfeccionismo. Lo que en mi vida laboral sirve para dedicar horas y esfuerzo con tal de que salgan las cosas mejor me quita reforzadores en mi vida personal. Si solo voy a conseguir leer una página de este capítulo antes de dormir, ¿para qué voy a sacar el libro? Si no me salen las palabras exactas o no sé desde el principio cómo enfocar esta idea, ¿para qué voy a escribir para mí? Si solo puedo dedicarle diez minutos, ¿para qué?

¿Que para qué, Dragomana? Para hacer algo que te gusta y punto, hija mía. Que se te ha olvidado que lo importante es el proceso; que necesitas expresarte por el solo hecho de hacerlo, aunque el resultado no sea «bueno» (¿te están poniendo nota o algo?); que no eres un ser productor ni productivo, eres un ser humano.

Estoy cansada de escribir siempre para otros. Voy a escribir para mí.


#inicio #traducción