Noche de juegos
Clint abrió la puerta del desván y el olor a humedad le golpeó. Vio a su amigo jugando a la Play.
—¿A qué estás jugando Kevin?
—Al Crimson Desert, lo pilló mi hermano de segunda mano.
—Joshua siempre a la caza de gangas —comentó al sentarse en el sofá. Chocaron las manos.
—¿Pongo algo a dos jugadores?
—Claro. —Alargó la mano y sacó un monster de la neverita junto al sofá— ¿Dónde está Joshua?
—Está atrás terminando de repasar el libro —respondió mientras metía otro juego en la consola.
—¿Está estudiando?
—¿Cuándo ha estudiado mi hermano un sábado? —Empezaron a reírse— Anda preparando el juego sorpresa de esta noche. Te va a encantar.
—Mola —bajó la mirada— ¿Y Kate va a venir?
—Por supuesto, no iba a perderme verte babear por prima una noche más.
—¡Cabrón!
Otra vez rieron juntos, aunque Clint con menos intensidad.
—Ahora en serio, nada me gustaría más que verte saliendo con ella —afirmó pasándole el brazo por los hombros—. Tú síguenos la corriente esta noche y la tendrás comiendo de tu mano.
—Ahora sí que me tienes intrigado.
—Vas a flipar —Kevin se levantó y pausó el juego— Está todo listo, ven. Clint le siguió. Las tablas de esa zona siempre crujían bajo sus pies. Giraron la esquina que partía en dos la habitación y vieron a Joshua. Estaba sentado en la cabecera de la mesa, abstraído en la lectura de un libro que parecía antiguo.
—Joder, cada vez se curran más las ediciones especiales de los manuales. Joshua y Kevin sonrieron. En medio de la mesa había una serie de símbolos grabados, un cuenco y unas velas encendidas alrededor.
—¿Habéis grabado runas en la mesa? —preguntó pasando el dedo por la superficie— ¿Y habéis subido el centro de mesa de vuestra madre? Os mata como le pase algo.
—Tranquilo, cuando acabemos lo limpiamos bien y ni se dará cuenta que lo hemos cogido —respondió Joshua estrechándole la mano.
Clint abrió la boca, pero unos crujidos por detrás hizo que todos se giraran. Kate apareció desde el otro lado. Llevaba una bolsa de tela en la mano derecha que a Clint le pareció que se movía un poco.
—Qué bien que ya estéis todos aquí. —Esbozó una gran sonrisa— ¿Está todo listo?
—Ahora sí. —Joshua volvió junto al libro— Empecemos. Clint ponte enfrente de mí. Vosotros uno a cada lado.
—¿No acercamos unas sillas?.
—No, esto debemos hacerlo de pie.
Kate pasó por su lado y le acarició el brazo, sin que la sonrisa hubiera abandonado su rostro. Kevin apagó la luz antes de ocupar su posición. Joshua levantó el libro y comenzó a leer en un idioma que no entendía, aunque le recordaba al latín del primer año de instituto.
Kate sacó de la bolsa al viejo caniche de la señora Madison, la vecina de todos. El perro se quejó con un gruñido apenas audible, como si estuviera aturdido. Antes de que pudiera decir nada Kate sacó un cuchillo ensangrentado de detrás de su cintura y le rajó el cuello al pobre animal. La sangre manchó a la chica y comenzó a llenar el cuenco.
Kevin se acercó a Clint y le obligó a mirar, a la vez que le tapaba la boca. Joshua siguió hablando mientras del perro se extinguía su último hálito de vida. Terminó el salmo… y no pasó nada.
—¡Estáis locos! —gritó Clint unos segundos después de que Kevin le hubiera soltado.
—¿Qué ha fallado? —preguntó Kevin.
—¿Y si hace falta más sangre? Puedo ir por el gato que suele rondar los cubos de basura —sugirió Kate.
Clint estaba paralizado. Miraba a los demás sin entender, los ojos se le llenaban de lágrimas. Quizás por eso no vio como al otro lado de la mesa una sombra, que no correspondía con la de ninguno de ellos, se acercaba a la que proyectaba Joshua.
El grito desgarrador de su amigo llenó con su eco el desván, mientras su antebrazo se abría en canal revelando primero los músculos y luego los huesos. Fue solo el primero de los muchos gritos que surgirían de la casa esa noche.
Este relato estaba inspirado por la práctica para la semana 24 del taller de escritura de Librería Luces. En este caso debíamos empezar con algo cotidiano que se iba volviendo cada vez más inquietante. En mi caso llevé lo de volverse más inquietante hasta el extremo.
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