La Destruyemundos
No era un buen día para la ingeniera jefe Vivian Dox. El martes, el alto mando militar aniquilaría el planeta que los rebeldes usaban como base y lograría una victoria épica para el supremo emperador Capt Sigrany. O, al menos, esos eran los planes. Por desgracia, la temible nave Destruyemundos seguía en el taller.
Revisar el arma de guerra principal antes de una operación destinada a asegurar la hegemonía del imperio parecía una buena idea. Nadie querría que, en el momento culminante de la ofensiva, algo saliera mal y no se pudiera reducir el planeta Krakosky a polvo cósmico. Menudo ridículo. Seguro que rodarían cabezas si sucedía algo así; entre ellas, la de Vivian. Sin embargo, que no estuviera lista a tiempo supondría un problema igual de grave, especialmente para la integridad física de la ingeniera jefe.
Según el equipo de mecánicos, se había encallado el cañón principal. Era una avería bastante frecuente y fácil de resolver. No obstante, durante la puesta a punto del cilindro descubrieron una fuga de líquido comburente, y eso ya era más complicado de arreglar. Si no se solucionaba, la próxima vez que accionaran el rayo desintegrador sería la Destruyemundos la que acabaría pulverizada.
Dox había presionado al taller para que lo repararan cuanto antes, pero no iba a ser tan fácil. Al parecer, faltaban unas piezas que tenían que llegar desde el planeta Schnitzel. Sin ellas, los incentivos y las amenazas caían en saco roto. La nave tenía que estar lista en tres días; los materiales tardarían, al menos, cinco. Ante ese panorama, Vivian lanzó un mensaje de socorro al último recurso que le quedaba: Gali Fardew, cazarrecompensas y agente inmobiliaria.
—Hola, Vivian. Cuánto tiempo —saludó Gali. —Hola, Gali. Me temo que el imperio te necesita —contestó la ingeniera jefe intentando no delatar su desesperación. —Siempre es un placer servir al supremo emperador. ¿Qué necesitáis esta vez? —Tienes que recoger un paquete en el planeta Schnitzel y llevarlo a los talleres imperiales. —¿Solo eso? No parece muy complicado. ¿Dónde está el truco? —No hay truco, solo que es imperativo recibir la mercancía pasado mañana. —¿Pasado mañana? Si solo en llegar a Schnitzel ya se tardan dos días. Es imposible. —Pensaba que no había nada imposible para la legendaria cazarrecompensas Gali Fardew. —Esto sí. —¿Y si te ofrezco 10 000 ciclos? —Considéralo hecho. Mándame la ubicación exacta y el papeleo necesario para recoger el paquete y pasado mañana sin falta lo tienes en el taller.
Vivian sabía que estaba pidiendo un milagro y que era más que probable que, pese a todo, las piezas no llegaran a tiempo. Además, tampoco disponía de los 10 000 ciclos que había prometido como recompensa. Pero no podía permitirse pensar en eso porque sabía muy bien que si la nave no estaba lista el martes, sería una ingeniera jefe muerta el miércoles.
Gali Fardew, cazarrecompensas y agente inmobiliaria, ya había puesto en marcha su plan. Esa iba a ser, con toda seguridad, la misión más fácil y lucrativa de su carrera. Para ella, los plazos de entrega apretados no suponían ningún obstáculo porque contaba con algo que los demás ni siquiera sabían que existía: una máquina del tiempo.
No se trataba de un dispositivo concebido para trasladarse al pasado o al futuro, sino de un artefacto capaz de manipular selectivamente la velocidad del tiempo para uno o varios objetos determinados. Gracias a esta prodigiosa obra de ingeniería que se encontró en una de sus primeras misiones, se había convertido en la cazarrecompensas más prestigiosa del imperio.
Ajustó los parámetros de la máquina del tiempo para que su nave funcionara diez veces más rápido que el resto del cosmos y llegó a Schnitzel antes de que cerrara el almacén. Si alguien preguntaba, se inventaría alguna milonga para justificar su proximidad al punto de recogida. El camino de vuelta, en cambio, tenía que hacerlo a una velocidad que pudiera explicar sin levantar la liebre. Si se descubriera su secreto, la competencia intentaría hacerse con él. El lunes por la mañana aparcó su nave en el hangar de recepciones de los talleres imperiales. Los mecánicos quedaron fascinados con la rapidez de la famosa cazarrecompensas. Por suerte, las piezas eran las correctas y estaban en buen estado, así que se pusieron manos a la obra de inmediato. El martes, la Destruyemundos volvía a estar lista para pulverizar planetas y la ingeniera jefe Vivian Dox, tras un primer pago inicial, tenía una deuda de 6 200 ciclos, más intereses. Sin embargo, el alto mando militar cambió de planes y no vino a recoger la nave.
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