día cualquiera
Un día cualquiera de los últimos años te levantas, vistes, desayunas, te despides de tu pareja, llevas a tus dos hijos pequeños al colegio y a la guardería, aparcas delante de la puerta del trabajo, saludas al jefe, pasan las ocho horas de tu jornada, vuelves a casa, pasas la tarde con tu familia o sales a tomar algo con tus amigos, cenas, te acuestas, el día se resetea cambiando, quizá, algunos turnos, detalles, escapadas.
Al día siguiente recuerdas que te duele la espalda, que llevas varios días con ese dolor y no es un dolor común, lo reconoces, sabes que no es el típico dolor muscular que pudieras haber tenido en el pasado.
Vas a tu seguro médico privado en un hospital de última generación equipado con máquinas de última generación por el que pagas más de setenta euros al mes. Te hacen un TAC, te hacen una ecografía, te hacen un análisis de sangre y de orina. Los resultados parecen normales: te anuncian una profusión en L5-S1 y proteína en la orina, causada más que probablemente por hipertensión.
Tu vida es estresante desde que hace unos meses te cambiaron de sección y asignaron un equipo a tu cargo; fumas desde siempre, pero últimamente más; no vas a al gimnasio, pero sólo tienes un sobrepeso moderado como prácticamente el resto de la población. No te preocupas por tu alimentación aunque das por hecho que, al ser parecida a la de tus hijos durante las cenas, es lo suficientemente saludable.
Pero te sigue doliendo la espalda y deciden ingresarte en una habitación de última generación en tu hospital de última generación. La television es más grande que la de tu salón. También la habitación es más grande que tu salón.
Estás solo, pero protegido dentro de un hospital.
En un momento dado, ese dolor en la espalda explota como un infarto, te desplomas en el suelo.
Nadie se da cuenta.
Tus padres están ocupados cuidando a sus propios padres hospitalizados; tu mujer en el trabajo y tus hijos en el colegio. Nadie se espera lo que acaba de ocurrir, pero estás en un hospital.
Pasan los minutos. Diez, quince, cuarenta. Yaces en el suelo de tu habitación en un hospital de última generación. Una enfermera pasa por ahí para llevarte la merienda y se desata el drama. Carreras, carritos, urgencias, reanimación y un hay que operar. El daño es brutal, la falta de oxígeno en tus órganos principales no augura esperanza. Tienes la aorta comprimida y endurecida desde el corazón hasta el tobillo. Sin embargo, es una operación a vida o muerte que no realizan en tu hospital de última generación, con maquinaria de última generación y te trasladan al hospital público de referencia más cercano: el tiempo y la burocracia retrasan todavía más tu esperanza de vida.
Trece horas más tarde sales de la cirugía. Tu cuerpo funciona, pero el daño es irreversible y los cirujanos sólo dan dos opciones en caso de sobrevivir a las próximas 48 horas: daño neurológico masivo y estado vegetativo o coma profundo. _
Un día cualquiera de los últimos años te levantas, todo parece igual al día anterior pero te duele la espalda. Todo se tuerce y todo se apaga. No sobrevives a este día cualquiera. Tenías 42 años, dos hijos pequeños y una mujer a los que has dejado sin siquiera poder decirles adiós.
La culpabilidad tiene los brazos viscosos y pegajosos, difíciles de soltar cuando te abraza.
Tu mujer se culpa por no haber estado a tu lado y haber dado la voz de alarma cuando caiste al suelo; tu madre repite en bucle mi niño, no he estado cuando me has necesitado.
DEP, Iván. </3
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