Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Dec 2, 2025

Últimamente ando muy satisfecha conmigo misma. Estoy manejando mi ansiedad estupendamente (hay poco que manejar, me encuentro en un estado de calma inaudito en mí, ni siquiera en vacaciones alcanzo este nivel de zen). Llego al final del día y de la semana laboral con un nivel de energía que no recuerdo haber tenido desde que estudiaba en la universidad. Estoy dicharachera, divertida, ingeniosa. Disfruto de las cosas buenas y puedo abordar las malas de una manera serena. Me gustaría poder acabar este párrafo echándome flores, pero me temo que el nombre de la responsable de esta transformación no es el mío, sino otro bien distinto: sertralina.

Así que esto era lo de ser la mejor versión de una misma, ¿eh? Curioso. Interesante. Jodidamente agradable. Yo quiero que esto dure para siempre. Esta quietud, este bienestar, me hacen ser consciente del nivel de malestar con el que funciono normalmente. ¿Cómo he sido capaz de aguantar tanto? ¿Cómo no me he roto antes? No logro concebirlo. Tan maravillosa es esta sensación, esta manera de estar en mi piel, que se me ha pasado por la cabeza no dejar las drogas nunca, jamás, never-ever. Y no es que no estén teniendo efectos secundarios, qué va: el más acusado es el que me ha robado algo que me hacía felicísima, el intensísimo disfrute del sexo en el mejor momento erótico de mi vida. Manda cojones. Pero si ese es el precio a pagar por esta ligereza, por esta liviandad, sea.

Pero claro, esto no es sostenible: no puedo abrazarme a las pastillas durante lo que me resta de vida. Cada día que pasa es un día menos que le queda de vida a esta versión de mí que tanto me gusta, un día menos para volver a sentir el mundo en la totalidad de su estrundoso volumen. Espero que, al menos, también sea un día menos para volver a encontrarme con mis esplendorosos orgasmos aunque, ahora mismo, no sé si me compensa.


Nota de la autora: Claro que sé que lo idoneo sería que el mundo bajara el volumen, pero eso no pasa. Soy yo la que tiene que estar con tapones en los restauratnes si no quiere pasarse la vida encerrada en casa. Soy yo la que tiene que tomar psicofármacos si quiero volver a ser funcional después de una crisis. Y soy yo la que no quiere volver a la situación en la que cada día era una carrera de obstáculos. Esto es, al parecer, lo que hay.


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Published on Sep 2, 2025

En uno de mis libros de Conocimiento del Medio del colegio decían algo así como que los dos inventos que transformaron de forma más radical la sociedad en la modernidad fueron la imprenta y el reloj mecánico. Manda narices: la imprenta, que popularizó el acceso a los libros, una de mis cosas favoritas, y el reloj, que nos impuso un yugo de tiempo que rara vez nos podemos sacudir, una de mis cosas menos favoritas.

Si la vuelta de la rutina (odio esa expresión, porque soy perfectamente capaz de llevar una rutina sin que nadie disponga de mi tiempo) me trastoca tantísimo es porque mi tiempo deja de ser mío y de estar gobernado por mis plazos y apetencias y empieza a ser gobernado por otros agentes. El trabajo empieza a ocupar una gran parte de mis días y contenerlo lo máximo posible (mi trabajo tiende a expandirse por tu tiempo libre de una forma salvaje) me requiere un esfuerzo tremendo. Eso conlleva que las cosas que me gustan ya no puedan ser llevadas a cabo cuando me apetecen: tengo que encontrar hueco en la agenda para el gimnasio, para la lectura, para ver a la gente que quiero, para escribir, para tomar un café, para mirar mi red social, para revisar los blogs que sigo. También vuelven otras cosas que me gusta hacer, como los ensayos del coro, pero que ocupan un espacio en la agenda inamovible, lo que implica que las mire más desde la mentalidad de escasez que desde el goce que me producen.

Eso por no hablar de las funciones biológicas. Cuando estuve yendo a mi nutricionista una cuestión básica sobre la que trabajamos es comer cuando tienes hambre. No comer por anticipación (no tengo hambre pero no voy a tener un hueco hasta las 13.00) ni sostener el hambre durante mucho tiempo (porque eso puede llevar a comer de forma atropellada y por tanto a comer más de lo que necesitamos). Eso es más fácil de decir que de hacer, claro. En mi trabajo se come en los huecos, que están marcados de forma inamovible (eso si alguna tarea sobrevenida no los ocupa). Por ejemplo, el curso pasado llegaba a casa a las 16.00 y acababa comiendo, como pronto, a las 16.15. Imaginad mi estado. Eso trastocaba la hora de mi cena, pues, evidentemente, a las 20.30 o 21.00 no tenía hambre. Pero tenía que cenar pronto, porque muchos días me levantaba a las 6.30 y claro, si no has hecho la digestión y disminuído revoluciones, ¿quién se duerme a las 23.30 para conseguir dormir, al menos, unas 7 horitas? Bueno, esa batalla la di por perdida.

Pues lo mismo que con la comida ocurre con el sueño. Durante el verano, igual que como cuando tengo hambre duermo cuando tengo sueño. Al principio la cosa se descontrola un poco, pero acabo terminando por dormir mis 8 horas o poco más diariamente. Durante el curso si consigo dormir 6 horas y media los días que trabajo lo considero un logro.

Total, que me doy cuenta que, cuando trabajo, casi cada instante de mi vida consiste en forzarme para funcionar sin tener mis necesidades básicas cubiertas adecuadamente. ¿Cómo no voy a detestarlo? ¿Cómo no voy a desear que sea posible otra forma de habitar el mundo?

:(


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Published on Mar 21, 2025

Esta mañana me he despertado y he puesto la radio. Resulta que hoy es el Día Mundial de la Poesía, así que entrevistaban a una poeta a cuento de su último poemario. Esa poeta es compañera mía, de la misma editorial. Porque sí, yo también soy poeta, aunque no lo diga mucho, puede que porque no acabo de creérmelo. Pensaba que se me pasaría cuando consiguiera publicar, pero no ha ocurrido. Podría habérseme pasado ayer, cuando un compañero (ahora no de editorial, sino de trinchera, otro profesor) me mandó un trabajo que los alumnos de su instituto han hecho a partir de mis poemas. Voy a un encuentro con ellos la semana que viene (sí, soy una poeta que invitan a ir a institutos a hablar con la chavalería; en realidad, a un instituto, es la primera vez que me pasa, pero tampoco sé a qué viene tanta justificación, como si cuando hubiese ido a 10 o 30 institutos fuese a empezar a creérmelo). Ayer ese mural me pareció algo importantísimo. Hoy veo cómo otra poeta de mi misma editorial aparece en la radio (yo no voy a salir en la radio), cómo está metida hasta los sobacos en movidas culturales (yo no voy a estar jamás en ese plan, no puedo y me parece que tampoco quiero, aunque nunca se sabe, tal vez no quiera porque no puedo, como me ha pasado con el doctorado y con tantas otras cosas) y vuelvo a sentir, por enésima vez a lo largo de mi vida, que da igual cuánto lo intente y cuánto me esfuerce: hay una línea que la gente como yo, especialmente las mujeres como yo, no cruzan.

Esto que yo pensaba que era una cosa mía, de autoboicot o falta de confianza, he aprendido que no es así. En Yeguas exhaustas, Bibiana Collado Cabrera habla de esta misma situación que nos pesa a algunas durante toda la vida, a pesar del trabajo fijo, de los estudios, de los idiomas o de las lecturas. Ya, ya sé que lo he recomendado mucho. Aun así, no lo suficiente. Nunca hablo suficientemente de las mías. Tengo que compensar todo el tiempo de mi vida que me he pasado hablando de los otros.


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Published on Oct 31, 2025

Hoy he salido a hacer la compra por la mañana. Es curioso cómo cambia la ciudad a las distintas horas del día. Suelo hacer la compra los viernes por la tarde o los sábados por la mañana si no me queda más remedio, y ahí el ambiente es totalmente distinto: personas agotadas de la jornada laboral intentando quitarse una tarea más antes de encontrar algún resquicio de descanso. Tal vez sea así o tal vez lo proyecte yo desde mi situación, pero la cosa es que el ambiente es más acelerado, más ansioso, más apremiante. Por la mañana todo parece transcurrir con más quietud.

Comentaba estas sensaciones con mi amiga Mariache y le decía que me gustaba la sensación y que estaba deseando llegar a jubilada para hacer mis tareas por la mañana y que el resto del día me perteneciera. Ella me respondió hablando del derecho a la luz del día. Qué agudas mis amigas. Porque es así: deberíamos tener derecho a la luz del día, a consumir sol, a sintetizar vitamina D, en lugar de pudrirnos en el metro, las oficinas, los hospitales... Y sí, supongo que esto es hablar desde el privilegio de alguien que trabaja a cubierto, claro.

Entonces le solté la santísima turra, porque si saben cómo me pongo, pa qué me hablan: que los llamados Derechos Humanos son en buena medida, si te pones a rascar un poco, derechos de supervivencia al servicio del sistema. O al menos en eso los han convertido. ¿Derecho a la educación? Derecho a ser formado para ser útil al sistema. ¿Derecho a la sanidad? Derecho a mantenerte en un estado que te permita producir. ¿Derecho al descanso y a las vacaciones pagadas? Derecho a reponerse del maltrato del sistema para poder seguir funcionando. ¿Derecho a la cultura? Derecho a disfrutar de algo para que queramos seguir viviendo. ¿Derecho a la jubilación? Derecho a que no te dejen morir cuando ya no puedes producir (y una zanahoria en un palo para los que trabajamos), pero nada de derecho al disfrute y al tiempo libre mientras se tiene energía, que cuanto más se alarga la esperanza de vida, más atrasan la jubilación. Je.

No me malinterpretéis: benditos derechos humanos. Ojalá se cumpliesen y se respetaran todos y cada uno. Ojalá se hiciese sin retorcerlos para entrar en la lógica capitalista. Pero ojalá no solo tuviéramos derecho a sobrevivir con cierta dignidad. Ojalá existiesen los derechos para vivir con ganas, con gozo, con disfrute. Porque eso parece que sigue siendo una cosa solo al alcance de quien puede pagársela.

¿Qué otros derechos de vida gozosa, y no de supervivencia, se te ocurren? Tengo curiosidad.


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Published on Apr 1, 2025

Esta tarde, haciendo scroll en Mastodon he visto este toot.

Captura de pantalla de un toot de Mastodon

Lo traduzco, por si alguien lo necesita:

Vi una confesión hace poco sobre una pareja dándose la mano antes de dormir. Mi esposa y yo hemos estado distanciándonos durante los últimos 6 meses, así que anoche le cogí la mano mientras nos dormíamos. Esta mañana he follado. Gracias, tío.

Cómo te cuento la mala leche que se me pone con esto, porque es que me da en la cicatriz de señora difícil (como todas las señoras que han osado tener alguna necesidad y manifestarla en algún momento).

Claro, si es que yo lo entiendo. Somos muy difíciles. Las mujeres somos tan misteriantes y complejistas que cómo va a saber un señor que comparte su vida con nosotras y que nos conoce (al menos supuestamente) lo que queremos. Luego, cuando la relación se acaba, probablemente por un donut, se preguntan cómo ha podido ser y aceptan la conclusión con impotencia. No había nada que ellos pudieran hacer. Si al menos hubiésemos tenido la consideración de dar un aviso... (y esto es «Exile» de Taylor Swift una y otra vez). Si acaso se lamentan por ese regalo que nunca nos harán ya o ese viaje soñado que nunca llegará a hacerse realidad. HABERLO PENSADO ANTES, JOSÉ LUIS

De verdad que me parece ABSOLUTAMENTE DEMENCIAL que el personaje de esa confesión haya tenido que leer en Mastodon un mensaje para darle la mano a su mujer. ¿En serio? ¿No se te ocurre a ti solito que lo mismo un gesto de afecto hacia tu esposa es bueno para tu matrimonio? ¿Con qué poyete te diste de pequeño que te quedaste así, corazón mío?

Y luego, la contrapartida. Las mujeres somos tan misteriantes que cuando nuestro consorto hace un mínimo esfuerzo nos ponemos a hacer volteretas y triples tirabuzones con salto mortal. A esta hermana su marido le cogió la mano por la noche mientras se dormían y se vino tan arriba que a la mañana siguiente tuvieron sexo. El listón en el puto infierno, hermanas.

Voy a concluir esta entrada hablando en términos más generales, para que no todo gire alrededor de mis traumas vitales. Haced el puto favor de valorar a las personas que están en vuestra vida y no os hagáis el muerto cuando veáis que las vais perdiendo, anda. Y recuerda: si no te das cuenta de que la estás perdiendo, pos lo mismo no estabas prestando toda la atención que la situación requiere.

PD: Dale la sorpresa antes de que te deje. Así, como consejo loco.


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Published on Dec 7, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Cantaba Sabina que «al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver». ¿Estás de acuerdo?

¿Crees en las segundas partes en lo que respecta a historias de amor?

¿Prefieres la incertidumbre del recuerdo y su romantización o la certidumbre del conocimiento y su posible decepción?

Y ahora, el poema:

Oración, de Cristina Peri Rossi.

Líbranos, Señor,

de encontrarnos,

años después,

con nuestros grandes amores.


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Published on Oct 2, 2025

Anoche tuve una pequeña crisis existencial. Hablo en pasado como si, en efecto, se me hubiera pasado, pero de eso nada. Al final lo que ocurre es que una se acostumbra a seguir adelante cargando con la desazón y punto, como si en eso consistiera crecer.

Anoche me preguntaba qué sentido tiene nada de lo que hago, en especial, mi trabajo. Teóricamente tengo que educar a mis alumnos en derechos humanos, tengo que animarles a que sean ciudadanos con capacidad crítica y sensibilidad ante las injusticias. Pero de qué sirve, si los que intentan hacer el bien son sistemáticamente pisoteados y los que hacen el mal se salen con la suya sin demasiado problema. De qué sirve lo que yo diga en una, dos o tres horas de clase, o incluso lo que yo sea o demuestre, si el mensaje que a ellos les llega es que lo normal es otra cosa, lo inteligente (entendido como lo beneficioso, lo que provoca menos problemas) es otra cosa y, por tanto, yo, en el mejor de los casos soy una idealista fantasiosa y, en el peor, una estúpida[^estúpida].

Cuando estoy lúcida pienso que todo acto de bondad tiene sentido, aunque sea simplemente como forma de resistencia. Que todo acto de amabilidad tiene sentido aunque nadie se lo vea. Que en los tiempos en los que lo normal es aceptar la podredumbre y la enfermedad, los locos deberíamos estar orgullosos de esa etiqueta. Pero anoche, y ahora, no está siendo un momento de especial lucidez. De hecho, esas circunstancias que, normalmente, me mandarían el mensaje de «haces falta aquí», ahora solo me hacen pensar que de qué sirve.

No me gusta mucho hablar de mi trabajo, ya me consume más tiempo y energía del que me gustaría, pero si alguno de vosotros o alguna de vosotras tiene alguna palabra de ánimo o similar, la agradeceré. Me quedan muchos años de profesión y nadie me paga por ninguno de mis otros talentos.

[^estúpida]: De los que creen que soy una esbirra del perrosanxe o una heralda del «feminazismo» mejor no entramos a hablar.


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Published on May 20, 2026

Probablemente este post sea dramático en exceso, pero es mi blog y me lo follo como quiero. Y hoy, querda lectora, estoy en la mierda. ¿Lo necesitaba? Pues más bien no. Pero aquí estamos.

¿Sabéis cuál es la cosa que me da más miedo? Enfermar o envejecer. Normal, claro. Pero no es por el dolor, no es por la fealdad, no es por la amenaza silenciosa de la muerte. Qué va. Me da miedo porque yo siempre me he cuidado sola y en esas circunstancias no voy a poder hacerlo, y me da pánico. Porque asumo que voy a estar sola en esos momentos.

No estoy catastrofizando. La historia de mi vida es sentirme aislada, extraña, fuera de lugar. Pero incluso cuando consigo acercarme a alguien, sentir que pertenezco, con más frecuencia de la que a nadie podría gustarle, acabo viéndome reflejada en el retrovisor mientras se alejan.

Nah, eso ha sido muy patético. No abandonéis animales, porfi.

Más bien ha sido que he ido descolgándome, de forma más o menos orgánica, más o menos forzada. Acabo cayendo fuera. Esto (y el hecho de sentir que he tenido que trabajar siempre para merecer cariño) han hecho que sienta que quererme es algo costoso y que, por eso, la gente se cansa de hacerlo. Acaba por no compensar. Tengo demasiadas particularidades, demasiadas necesidades, soy demasiado tiquismiquis, estoy demasiado cansada, mis aficiones son demasiado raras, pongo demasiadas limitaciones. Al final que yo desaparezca acaba siendo una ganancia. Y la gente no suele echarme de menos. No voy a decir que soy fácilmente sustituible: es que la gente no siente la necesidad ni de sustituirme.

Y el amor propio está muy bien. El saber estar sola es estupendo: tengo un doctorado. Pero quién me va a recoger de las sesiones de quimioterapia o se va a salir a tomar el fresco conmigo si llego a vieja. Y hoy, y por favor no me llevéis la contraria, no puedo evitar sentir que si no deja de pasarme a mí mientras el resto de la gente consigue mantener sus grupos y sus relaciones, el problema soy yo.

Bueno, me voy a seguir llorando al sofá. Si has llegado hasta aquí: lo siento.


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Published on Feb 11, 2025

La mayor parte de la gente que conozco, y me incluyo, somos conservantes (qué difícil es medio inventarse esta palabra): queremos mantener las cosas, perservarlas. Tenemos una tendencia obsesiva a guardar, a atesorar. Puede que no en todos los sentidos (yo misma estoy aprendiendo a dejar ir cosas), pero nos cuesta dejar ir. Así, tenemos cajones atiborrados de cables que ya no vamos a usar porsiacaso, una caja con viejas cartas de amor, o postales, un jersey que ya no nos sirve (o un montón de ropa, para el caso), zapatos que nunca nos hemos vuelto a poner, libros que jamás volveremos a leer...

Y bueno, cada quien con sus manías y allá con el uso de su espacio, claro. Pero es que a veces también lo hacemos con las personas por la misma razón: porsiacaso me vuelve a hacer feliz. O, peor aún: porque hubo un tiempo en el que me hizo feliz, aunque no albergue muchas esperanzas de que eso vuelva a ocurrir.

Hay multitud de relaciones interpersonales que se sustentan en ese hubo un tiempo, tal es el poder de la nostalgia. Y la muy puta, encima, nos hace sentir mal cuando por fin decidimos dar el paso y dejar ir: «Pero mujer, ¿cómo vas a distanciarte de esta persona, si te llevó a una biblioteca por primera vez?» o «¿En serio quieres romper esta relación, ¡si has sido muy feliz en ella! (aunque de eso haga bastante tiempo)», o quizá «¡Cómo vas a cortar la relación con esta amiga, si fue a la primera que le contaste que se te había caído un diente!».

Todo porque hubo un tiempo. Y aguantamos, y conservamos, y guardamos, y nos aferramos, sin darnos cuenta que en ese empeño estamos impidiendo que haya un tiempo feliz que podamos recordar en el futuro.

Será que más vale pájaro en mano que ciento volando, claro... Siempre que te valga renunciar a ver cien pájaros volar.


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Published on Mar 3, 2025

Ayer estuve viendo fotos antiguas, viajando como una vulgar polizona por las memorias de alguien que ha tenido una vida interesantísima a través de sus álbumes de fotos.

Me encanta ver esas fotos de tiempos pasados, detenerme en los peinados, los maquillajes, los vestidos, la decoración: todo eso que hace que una misma escena (un niño echando una siesta, una foto escolar, un bautizo, una comunión, una boda) sea distinta. Lo disfruto mucho. Siento debilidad por esas fotos que llegaban dedicadas en cartas, que hablan de la nostalgia, el echar en falta, la distancia y el recuerdo (el volver a traer a alguien al corazón).

En el álbum había unas cuantas de esas: fotos de hermanas, de sobrinas... De hecho, yo misma le llevé a esta mujer fantástica una foto mía (con su nieto) para que la añadiese a sus álbumes o a sus portarretratos. «¿No viene dedicada?», me preguntó. Y por supuesto que se la dediqué en el instante, encantada de ser partícipe de la tradición. Pero me llamó la atención, en concreto, una de ellas, porque la cabra tira al monte y no puedo resistirme al romanticismo (ni siquiera al peor entendido, lo reconozco). En ella aparecía un hombre joven (probablemente mucho más joven de lo qu podría decirse por la foto), de perfil, bien peinado, con su traje elegante (aunque humilde). Sobre la esquina inferior derecha de la foto, unas letras en una caligrafía pulcrísima, preciosa: «De tu amorcito...¡que cuánto te quiere!» Y, bajo la dedicatoria, el nombre del amante caballero.

Me imaginé a la mujer joven que fue la señora que me enseñaba los álbumes leyendo esa dedicatoria (con esa letra tan bonita) y llevándose la foto al pecho, arrebatada de amor. Y me imaginé al joven, escribiendo a su novia tras la larga jornada de trabajo, poniéndole una dedicatoria de lo más cursi en la foto, con esa falta de pudor que nos imbuye cuando estamos enamorados. Y me enternecí mucho... durante un rato.

No me cuesta imaginármela a ella porque, por lo que la he llegado a conocer, creo que se parece a mí en algunas cosas: es una amante de las historias y, si algo es hermoso, la verdad o la fidelidad a los hechos queda en un segundo plano. Es, como yo, una romántica (y yo lo digo a mi pesar, no creas). Pero a él... Me cuesta. Me sorprendió encontrarme esa dedicatoria, la verdad. Lo que he sabido de él (que ya murió) me ha llegado de distintos testimonios y todos ellos hablan de un hombre recto, riguroso en exceso, muy chapado a la antigua, dominante, curtido y endurecido como requería la época y, durante buena parte de su vida, poco cariñoso (cosa que cambió algo, parece ser, con la llegada de los nietos y en relación a ellos: en las fotos rara vez sonríe, salvo si en ellas está con sus nietos). Pero ese hombre, en algún momento, se sintió tan arrebatado por el amor como para escribir una dedicatoria cursi y azucarada a su novia a la que, seguro, echaba de menos.

Esa idea me obsesionó: la de la desaparición de ese joven para que apareciera el marido firme y autoritario. Le pregunté a su nieto qué podía haber pasado, me bebí con atención sus teorías y le rogué que él no desapareciera. Me aterroriza que él, que es un cursi, un romanticón, una persona absurdamente cariñosa que parece beber los vientos por mí (todo ello cualidades que me encantan) se convierta en algún momento en un señor indiferente, masculino en el peor de los sentidos, uno de esos hombres que hacen comentarios sobre la parienta, como si esta les hubiese caído de oficio, como si nunca la hubiesen buscado, deseado o querido.

Él me dijo «Tranquila, nosotros no somos como ellos» para acto seguido añadir «aunque supongo que eso es lo que piensa todo el mundo en algún momento». Y es justo lo que yo estaba pensando. Probablemente las personas con la relación más agria y tormentosa que puedas pensar estuvieron en algún momento enamorados o, al menos, creyeron que lo estaban. No sé a ti, pero a mí me inquieta mucho: veo la deriva de algunas relaciones y buf.

Menos mal que estamos en el siglo XXI y existen el no casarse, el romper relaciones y el divorcio... de momento.


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