La bicicleta (III)

Entré como quien entra a una iglesia, con reverencia hacia el espacio que me iba a acoger. El concierto tenía manos suspendidas en el aire, era un maremágno. Había oscuridad, humo y gente apretujada. Me moví entre ellos con el casco de la bici, una serpiente en el agua, hacia el escenario para ver si atraía la atención de mi amigo. Evidentemente, no. Él estaba en éxtasis así que me dirigí hacia la barra para pedirme un cubata. Y luego fue otro. Y luego otro. Hasta que terminó el concierto y yo, con las manos ya temblorosas me encaminé al backstage para felicitar de manera conveniente todo el espectáculo. Allí estaban otros amigos, y hablamos durante un tiempo que se me hizo horas hasta que D. decidió marcharse al hotel, conmigo.

Pasó lo que tenía que pasar, pensé en la ducha estrecha de un hotel de malísima muerte para cantantes que aún no han dado el petardazo. Pasó porque estaba borracha, porque estaba triste y porque estaba fundamentalmente en shock, pensé mientras me caía el agua por la barbilla desde la cabeza, limpiando todo el alcohol y lo que no era alcohol. D. había estado dulce, pero yo no había querido ni besarle. No era una cuestión de amor, era una cuestión de deporte, como la bicicleta. Yo tenía que ir hacia un punto y decidí montarlo como instrumento para ello. Salí de la ducha mientras oía cantar a D., contento. Yo tenía la cara desencajada y me preguntó que qué me pasaba. ¿Qué me pasaba? Nada. La respuesta arquetípica. No me pasaba absolutamente nada. Salí corriendo, despidiéndome sin parar por el pasillo.

Afuera la noche era cálida, se notaba el principio de junio. Me dirigí con la cabeza llena de determinación y los pies haciendo eses hacia la bici roja. La monté, pasando por las calles vacías como una estela, con el viento caliente y húmedo en la cara y el casco en el codo. Miraba las rayas de la carretera para sentirme dentro de algo, para mantenerme dentro de algo y las seguía con un fervor aún más religioso que el que me llevó al concierto. Contemplé las calles, la catedral, el río, las montañas al fondo. Contemplé todo.

Un mendigo gritó. Lo primero que me impactó fueron los codos. El casco salió volando hacia una de las esquinas del paso de cebra en el que había resbalado. Luego fue la cara y después el resto del cuerpo. Me quedé tendida en el suelo, mientras la sombra de la viscosidad del hospital se cernía sobre mí. Las lágrimas se mezclaron con la sangre de mi cara. Lloré.