La bicicleta (II)

A tientas, las lágrimas provocadas por las arcadas y la vergüenza me impedían ver, busqué el botón de la cisterna del váter. A continuación me lavé la cara repitiéndome los pasos a seguir: saldría del cuarto de baño, miraría fijamente la escena y procuraría no ser un puñetero estorbo. Luego llamaría a mi madre para informar sobre la situación. Tampoco podía hacer más. Tampoco sabía.

Repetí los pasos como un robot: salir, mirar, no estorbar, llamar. La conversación con mi madre fue macarrónica. Yo sabía que esto era el fin. Lo había visto, lo había olido. Lo había paladeado.

Desde fuera, todo parecía de mentira. Las enfermeras se marcharon después de ajustarle la morfina y ella ya no abría los ojos. Estaba en paz, cadavérica y verde. La miré largamente, cuánto la había querido y cuánto había hecho por no demostrarlo. Ella, que había soportado cada uno de mis desaires con paciencia infinita, como un cielo estrellado que te abraza sin esfuerzo. Y ahora estaba allí, en silencio, inmóvil. Como yo.

No sé cuánto tiempo pasó así. Me desperté sentada, de nuevo a su lado, por el mono de nicotina. Estaba mal pero salía, como otros acompañantes e incluso enfermos, a fumar a las escaleras de emergencia. La abandoné y me dirigí a la salida. Allí pasó más tiempo, mientras pensaba en cómo yo me iba a morir con miedo, pánico y pena y ella no porque tenía una Fe inquebrantable. Ella entera lo era, una masa de agua suave que siempre se había adaptado a lo que venía, y había venido mucho. Primero fue el “paralís” que le había dejado un rictus marcado y media cara sin arrugas, porque no podía moverla. Hablaba de medio lado, siseante siempre. Luego fue el psiquiátrico, las “corrientes” -yo tampoco habría soportado las corrientes- y dos hijas y un marido maltratador, todo trufado de recaídas con enfermedades dicerdad. El cáncer, la depresión, un TOC no diagnosticado… Mujer enferma, mujer eterna. Pero ya no, porque se estaba muriendo.

Mi madre asomó la cabeza, rubia y radiante, por la puerta de emergencia. Miré el móvil, donde parpadeaban algunos mensajes de un antiguo amigo que visitaba la ciudad. Cuando mi madre se hizo con el parte detallado, se apoyó en la pared y con una fuerza desmedida, me dijo que me marchara.

Yo estaba deseando irme. Esa es la verdad. Estaba deseando volver a mi vida tranquila de joven despreocupada por la muerte inminente y enfilé hacia el aparcamiento de bicis del hospital. Cogí mi bici roja, una bici vieja que había comprado de segunda mano y no me daba pena dejar en cualquier sitio y monté. Pedaleé como nunca, era el miedo golpeándome en las sienes lo que me impulsaba. Hice kilómetros sin parar, entre los coches, buscando una forma de ir más rápido a cada pedaleada. Empecé a marearme, por el peso del esfuerzo y pare, para volver a mirar el móvil que zumbaba. Decidí ir al concierto que daba mi amigo, el músico que visitaba la ciudad. Eso me despejaría. O no.