La bicicleta (I)
Ella ya no hablaba. Antes había hablado mucho, como poseída por una fuerza misteriosa que le impedía cerrar la boca. Había hablado en la casa, en el mercado y también en misa. Había contado todo, lo que se puede y lo que no se debe. Había conversado por teléfono, por carta, cara a cara. Había dialogado con niños, con vendedores, conmigo. Y ahora ya no hablaba. Movía, eso sí, la cabeza, lastimeramente, vencida por la morfina.
Al repetir el gesto entendí que quería que me acercara y lo hice sin problema: estaba sentada a esa clase de distancia que guardan los padres primerizos para asegurarse de que sus bebés siguen respirando. Señaló el vaso de agua y bebió después de que yo acertara a ponerle la pajita en los labios. Era una tarde de viernes con un silencio desgajado por voces de enfermeras que cambiaban turnos o qué sabe Dios.
Me revolví, incómoda, en una silla incómoda en un cuarto incómodo. Ella hizo una mueca, otra vez. La luz parpadeaba fuera, irreal. Y comencé a rebuscar en mi cerebro para contarle lo que fuera, con la sensación de que no lo encontraría.
- ¿Por qué hay perros aquí? ¡Quita! ¡Estaos quietos!
Era apenas un susurro. Aparté la mirada, desesperada por decir algo, pero un ruido sobrenatural me devolvió la atención sobre ella. Estaba cubierta por un espeso manto de viscosidad negra. Quise sujetarla para detener las convulsiones pero en vez de acercarme a ella dí un paso atrás, gritando:
- Enfermera, ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!
Las auxiliares corrieron hacia la habitación y me traspasaron, dejándome en segunda fila del espectáculo. Como familiar, era innecesaria.
Ella seguía expulsando ese vómito de ultratumba que goteaba ya por la camilla, imparable y las enfermeras hacían algo que no recuerdo, se me nubló la vista y corrí al baño para agacharme en el váter a vomitar, también. Una auxiliar morena y desagradable me gritó:
- Si no lo soportas, sal de aquí.
Quise matarla. ¿Cómo se atrevía – pensé entre lágrimas – a decirme eso a mí? Me sobrevino otra arcada y visualicé cómo la apuñalaba. Ya no sabía cómo estaba ella, si seguía vomitando como yo o se había tranquilizado. Tenía que sobreponerme.