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    <title>srtagalicia</title>
    <link>https://escritura.social/srtagalicia/</link>
    <description>*Fuera de cobertura*</description>
    <pubDate>Sat, 22 Aug 2026 10:08:39 +0000</pubDate>
    <item>
      <title>Los perdedores</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/los-perdedores</link>
      <description>&lt;![CDATA[Los perdedores&#xA;&#xA;Tengo un problema. Bueno, cualquiera diría que tengo varios. Mi hermana habría saltado como un resorte para decir que el problema es mi cara pero que me quiere igual y luego se habría rebozado en el suelo riéndose. Lleva haciendo eso veinte años. Sigue haciéndole gracia. Todo bien, Tamara.&#xA;&#xA;El caso es que tengo un problema: cada vez que programo una tarea tengo que tener el tiempo suficiente para terminarla. No puedo hacerla a la mitad. Si limpio un cuarto, tengo que limpiarlo por completo, entero y a fondo. Si es una casa, una casa. Si es escribir un texto, tengo que hacerlo por completo (como probablemente pase con este). Nunca hago nada a medias ni con interrupciones. Nunca puedo terminar nada porque nada que merezca la pena es cosa de un día, una hora o un momento. Esta vida es una carrera de fondo, un cúmulo de proyectos intercalados. Esto significa que no sé mantener una relación de amistad porque no sé quedar con la gente de manera habitual, no puedo tener vacaciones porque volver al trabajo se convierte en un infierno, no puedo tampoco mantener hábitos porque no sé concatenar acciones ni días ni semanas ni nada que se parezca a una gestión de tiempo.&#xA;En realidad esto no es un artículo sobre gestión del tiempo y productividad, como podría parecer. Voy a hacer un giro de guión y os voy a enseñar al monstruo: todo esto que parece una bendición en términos de sacrificio humano, voluntad de poder y enfoque es el producto último de un trauma inoculado en todo mi sistema. El primer motor es que fui acosada durante toda mi infancia en la escuela. Toda ella. Ni un sólo día de mi vida dejé de rezar, rogar o enfermarme para poder evitar ir. Amaba aprender pero cada vez que se acercaba el lunes volvía a ponerme enferma. Tenía una enfermedad extrañísima que ningún doctor sabía detectar que consistía en dolores de cabeza, vómitos y desmayos. No era nada físico, claro. Era ansiedad.&#xA;&#xA;Después de este giro de guión viene el momento de echar atrás la cinta VHS y enseñar cómo llegó ese monstruo a mi vida. Yo nunca fui normal, entendiendo normal como normativa. Entré en el colegio, en párvulos, después de una guardería bastante movidita en la que logré organizar a todos los niños en una huelga para poder ir descalzos o, en aras de la igualdad, decidí llamar a nuestro cuidador &#34;señorito&#34; porque a las cuidadoras las llamábamos &#34;señoritas&#34; y eso era lo adecuado. Con este par de pinceladas podéis concluir que tenía un TDAH como una casa con terrenos y plantaciones. Y me dí de bruces con una profesora -concedámosle el honor de ser calificada así- que fue expulsada al final de la escuela por cosas como atar a los niños a las sillas. Adivinad. &#xA;&#xA;Exacto.&#xA;&#xA;Mis padres me cambiaron de colegio después de que mi embarazadísima madre le gritara algunas cosas a esa señora, que curiosamente también estaba embarazadísima, pero yo ya creía firmemente que los profesores pegaban. Y que los compañeros se reían de ti. Y que nadie hacía nada. Y las cosas siguieron así. Es verdad que ningún profesor volvió a pegarme pero nadie pensó que tuviera ningún problema. Cuando me hicieron unos tests y resultó que además de autista era ACI, nadie se preocupó demasiado porque mis notas fueran bajísimas. Ni por mis cuantiosas enfermedades. Simplemente yo era vaga y no quería colaborar. No me esforzaba. &#34;Si Galicia quisiera…&#34;&#xA;&#xA;Mis padres me volvieron a cambiar de colegio. Estábamos en quinto de EGB. La incapacidad de mantener relaciones sociales era ya un hecho. Simplemente llegué y asumí que alguien me pegaría o se burlaría de mí, cosa que ocurrió cuando en mi desconexión total con la realidad infantil, hice cosas que estaban fuera de mi rango de edad, como irme a leer sola en el recreo. Nunca disfruté de un cumpleaños, de amigos o de apoyo en la escuela. Tengo, eso sí, cientos de anécdotas de cómo me humillaron mientras que una cantidad ingente de personas -adultos incluidos- miraban.&#xA;&#xA;Al principio luchaba. Luchaba por demostrar que no era rara, que podía hablar con la gente, que era una persona como ellos. Luchaba por una conversación, un saludo. Luchaba por no ser un mueble. Luchaba por agradar. Me fijaba en cómo vestían, cómo se movían o qué leían para imitarles pero siempre se me acababa viendo el cartón. Si hacíamos una fiesta para compartir los regalos de Reyes y jugar, yo me daba cuenta de que sólo tenía libros. Si escuchaban Take That (más tarde fueron los BackStreet Boys, maldita sea hasta fui a un concierto para ver si les parecía interesante a las de mi clase), yo también. Intentaba ser normal. Sólo ser normal.&#xA;&#xA;Lo peor llegó cuando dejé de esforzarme. Un día, de repente, ya no me importó más. Empecé a dejar de defenderme cuando me pegaban, no contestaba a los insultos y asumía que yo era la última en ser elegida para cualquier actividad. La vida era así. He dicho que fue de repente pero os he mentido. Sé exactamente cuando me apagué.&#xA;Una tarde -entonces teníamos clases por la tarde porque lo de la conciliación familiar no funcionaba como ahora, que no es todo campo- mi tutor, que además era el director del colegio, propuso celebrar el Día contra la Intolerancia de la mejor manera que sabía: dejándonos hacer un mural con materiales plásticos variados. Durante el brainstorming de ideas sobre el mural, mi colegio era muy de dejar participar a los alumnos, me asombró la cantidad de compañeros de clase que hablaban sobre solidaridad, tolerancia y respeto a otras culturas. Sobre todo sabiendo que hacía media hora me habían curtido el lomo en el recreo antes de entrar a clase. Como siempre he sido una cínica, me dio un ataque de risa chiquitito.&#xA;&#xA;Error.&#xA;&#xA;El profesor me preguntó que qué me daba risa. No enfadado, con curiosidad. Y cometí mi segundo error: responder con la verdad. Dije que me parecía que todos mis compañeros podrían contribuir a ser más tolerantes si dejaran de pegarme. El silencio se oyó en Iowa. Como mi maestro quería integrarme (&#34;El problema de esta niña es que no se integra&#34;), decidió que lo mejor para descubrir qué ocurría con mi acoso era hacerme salir a la pizarra y que yo fuera apuntando todas las quejas que tenían mis compañeros sobre mí. Una hora de mi vida apuntando cosas como &#34;es fea&#34;, &#34;no me gusta su cara&#34; y otras intelectualidades por el estilo. Una hora. Sin soltar una sola lágrima. Cuando sonó la campana volví a casa, abrí un libro y lloré.&#xA;&#xA;Después de eso, evidentemente, las cosas se pusieron peor. El profesor de gimnasia no me soportaba (que te jodan allá donde estés, B.) y empezó a aprovechar cualquier situación para ponerme en ridículo delante de la clase. Incluso llamó a mi madre para decirle que &#34;escribía raro a propósito para fastidiarlo&#34;. Soy zurda y tengo tendencia a girar el cuaderno para no mancharme de tinta. Mi madre, que es zurda, tuvo que reírse y decirle que ella me enseñó a escribir de esa manera porque era más cómodo. Los alumnos de mi curso y de otros se vieron mágicamente legitimados para ignorarme en el mejor de los casos y joderme la vida en el peor de ellos. No podía esconderme. Sin embargo, nunca lloraba.&#xA;&#xA;Nadie nunca hizo nada en el colegio. Si me pegaban dentro del colegio, nadie había visto nada. Si me insultaban, era cosa de niños. Era aterrador volver y volver y volver y volver a un sitio en el que te maltratan. Y yo volvía siempre. Después de un episodio en el que B. (por favor, que te jodan muy fuerte) decidió reírse de mí en mitad de una clase y echarme la bronca porque hice por completo y sola un trabajo que debía haber realizado con una compañera que se había negado a colaborar conmigo (&#34;eres rara y me voy con mis amigas&#34;), le dije a mi madre que no quería volver nunca más al colegio. Nunca de nunca. Ni a ese ni a otro. A ninguno. Mi madre, en su infinita paciencia, me dijo que todo eso pasaría y que debía ser fuerte. Volví, me enfrenté a ello y me dieron una paliza.&#xA;&#xA;Sé que me dieron la paliza por mi culpa. Me la dieron porque me había blindado tanto que ningún insulto parecía dolerme. Ningún zarandeo ni ninguna humillación eran suficientes para siquiera hacerme enarcar una ceja. Tampoco los empujones o patadas ocasionales que mis profesores achacaban a &#34;la casualidad&#34;. Después de un día en el que nadie logró resquebrajarme, me pegaron en la puerta del colegio. Pero me pegaron bien. No de darte unos bofetones y para casa. No. Entre cuatro o cinco chavales estuvieron pegándome durante un buen rato. Ni siquiera alcé un brazo para defenderme. Intenté irme, pero me cortaron el paso y me tiraron al suelo. Allí me siguieron pegando. Cuando llegué a casa estaba destrozada pero tampoco había llorado. Mi padre insistió en ir a denunciar y, bueno, con once años vas y haces lo que te dice tu padre. Para no extenderme mucho más, diré que la denuncia nunca se puso porque no era imputables y, esto lo juro sobre mi tumba, el policía creía que me dieron la paliza porque le gustaba a alguno de la pandilla.&#xA;Mientras volvía al colegio ese mismo día, -la paliza había sido al mediodía- sin comer, sin denuncia y dolorida mi padre no dejaba de repetir que eso no se quedaría así y que yo debía poner de mi parte para que eso no sucediera. Debía integrarme. Yo iba callada. Cuando llegué al colegio, dejé mi mochila en la línea en la que formábamos para ir a clase. &#xA;Mi padre estaba hablando con el director del colegio en ese momento, que le aseguraba que no podían hacer nada porque eso había sucedido fuera tanto entorno escolar como del horario. Nunca nadie hizo realmente nada pero aprendí una lección de ello: nunca jamás te fíes de nadie. Nunca vuelvas atrás. Nunca doblegado, nunca roto.&#xA;Ahora soy una adulta con profundos problemas adaptativos que es incapaz de volver de vacaciones sin sufrir crisis de ansiedad diarias. Las secuelas han calado como sangre fresca en mi personalidad. Sin embargo, mis agresores me saludan con alegría cuando me los encuentro. Y nunca nadie les ha hecho pagar todo el sufrimiento que han causado.&#xA;&#xA;Si estás sufriendo acoso escolar en este momento y me estás leyendo, lo siento. Querría decirte algo positivo, estoy segura de que algo habrá mejorado la situacion en este lapso de tiempo, pero soy incapaz de animarte porque sé exactamente por lo que estás pasando. No lo vas a tener fácil. Consigue una terapia lo más pronto que puedas y, si puedes, huye. Si no puedes huir, blíndate. Sobrevive. Las víctimas siempre son las que pagan pero si puedes sobrevivir o escapar del infierno tienes la oportunidad de reinventarte. Yo estoy en ello. Eso es lo más que puedo decirte.&#xA;&#xA;Si nunca sufriste acoso escolar y miraste, que te jodan. Si acosaste o pegaste a alguien &#34;flojito&#34;, que te jodan. Nadie se reía excepto tú y has destrozado, al menos, una vida. Sé que igual estás leyendo esto y piensas que no va contigo pero te equivocas. Si no estás siendo parte de la solución, estás siendo parte del problema. Elige bando, yo no tuve esa oportunidad.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Los perdedores</p>

<p>Tengo un problema. Bueno, cualquiera diría que tengo varios. Mi hermana habría saltado como un resorte para decir que el problema es mi cara pero que me quiere igual y luego se habría rebozado en el suelo riéndose. Lleva haciendo eso veinte años. Sigue haciéndole gracia. Todo bien, Tamara.</p>

<p>El caso es que tengo un problema: cada vez que programo una tarea tengo que tener el tiempo suficiente para terminarla. No puedo hacerla a la mitad. Si limpio un cuarto, tengo que limpiarlo por completo, entero y a fondo. Si es una casa, una casa. Si es escribir un texto, tengo que hacerlo por completo (como probablemente pase con este). Nunca hago nada a medias ni con interrupciones. Nunca puedo terminar nada porque nada que merezca la pena es cosa de un día, una hora o un momento. Esta vida es una carrera de fondo, un cúmulo de proyectos intercalados. Esto significa que no sé mantener una relación de amistad porque no sé quedar con la gente de manera habitual, no puedo tener vacaciones porque volver al trabajo se convierte en un infierno, no puedo tampoco mantener hábitos porque no sé concatenar acciones ni días ni semanas ni nada que se parezca a una gestión de tiempo.
En realidad esto no es un artículo sobre gestión del tiempo y productividad, como podría parecer. Voy a hacer un giro de guión y os voy a enseñar al monstruo: todo esto que parece una bendición en términos de sacrificio humano, voluntad de poder y enfoque es el producto último de un trauma inoculado en todo mi sistema. El primer motor es que fui acosada durante toda mi infancia en la escuela. Toda ella. Ni un sólo día de mi vida dejé de rezar, rogar o enfermarme para poder evitar ir. Amaba aprender pero cada vez que se acercaba el lunes volvía a ponerme enferma. Tenía una enfermedad extrañísima que ningún doctor sabía detectar que consistía en dolores de cabeza, vómitos y desmayos. No era nada físico, claro. Era ansiedad.</p>

<p>Después de este giro de guión viene el momento de echar atrás la cinta VHS y enseñar cómo llegó ese monstruo a mi vida. Yo nunca fui normal, entendiendo normal como normativa. Entré en el colegio, en párvulos, después de una guardería bastante movidita en la que logré organizar a todos los niños en una huelga para poder ir descalzos o, en aras de la igualdad, decidí llamar a nuestro cuidador “señorito” porque a las cuidadoras las llamábamos “señoritas” y eso era lo adecuado. Con este par de pinceladas podéis concluir que tenía un TDAH como una casa con terrenos y plantaciones. Y me dí de bruces con una profesora -concedámosle el honor de ser calificada así- que fue expulsada al final de la escuela por cosas como atar a los niños a las sillas. Adivinad.</p>

<p>Exacto.</p>

<p>Mis padres me cambiaron de colegio después de que mi embarazadísima madre le gritara algunas cosas a esa señora, que curiosamente también estaba embarazadísima, pero yo ya creía firmemente que los profesores pegaban. Y que los compañeros se reían de ti. Y que nadie hacía nada. Y las cosas siguieron así. Es verdad que ningún profesor volvió a pegarme pero nadie pensó que tuviera ningún problema. Cuando me hicieron unos tests y resultó que además de autista era ACI, nadie se preocupó demasiado porque mis notas fueran bajísimas. Ni por mis cuantiosas enfermedades. Simplemente yo era vaga y no quería colaborar. No me esforzaba. “Si Galicia quisiera…”</p>

<p>Mis padres me volvieron a cambiar de colegio. Estábamos en quinto de EGB. La incapacidad de mantener relaciones sociales era ya un hecho. Simplemente llegué y asumí que alguien me pegaría o se burlaría de mí, cosa que ocurrió cuando en mi desconexión total con la realidad infantil, hice cosas que estaban fuera de mi rango de edad, como irme a leer sola en el recreo. Nunca disfruté de un cumpleaños, de amigos o de apoyo en la escuela. Tengo, eso sí, cientos de anécdotas de cómo me humillaron mientras que una cantidad ingente de personas -adultos incluidos- miraban.</p>

<p>Al principio luchaba. Luchaba por demostrar que no era rara, que podía hablar con la gente, que era una persona como ellos. Luchaba por una conversación, un saludo. Luchaba por no ser un mueble. Luchaba por agradar. Me fijaba en cómo vestían, cómo se movían o qué leían para imitarles pero siempre se me acababa viendo el cartón. Si hacíamos una fiesta para compartir los regalos de Reyes y jugar, yo me daba cuenta de que sólo tenía libros. Si escuchaban Take That (más tarde fueron los BackStreet Boys, maldita sea hasta fui a un concierto para ver si les parecía interesante a las de mi clase), yo también. Intentaba ser normal. Sólo ser normal.</p>

<p>Lo peor llegó cuando dejé de esforzarme. Un día, de repente, ya no me importó más. Empecé a dejar de defenderme cuando me pegaban, no contestaba a los insultos y asumía que yo era la última en ser elegida para cualquier actividad. La vida era así. He dicho que fue de repente pero os he mentido. Sé exactamente cuando me apagué.
Una tarde -entonces teníamos clases por la tarde porque lo de la conciliación familiar no funcionaba como ahora, que no es todo campo- mi tutor, que además era el director del colegio, propuso celebrar el Día contra la Intolerancia de la mejor manera que sabía: dejándonos hacer un mural con materiales plásticos variados. Durante el brainstorming de ideas sobre el mural, mi colegio era muy de dejar participar a los alumnos, me asombró la cantidad de compañeros de clase que hablaban sobre solidaridad, tolerancia y respeto a otras culturas. Sobre todo sabiendo que hacía media hora me habían curtido el lomo en el recreo antes de entrar a clase. Como siempre he sido una cínica, me dio un ataque de risa chiquitito.</p>

<p>Error.</p>

<p>El profesor me preguntó que qué me daba risa. No enfadado, con curiosidad. Y cometí mi segundo error: responder con la verdad. Dije que me parecía que todos mis compañeros podrían contribuir a ser más tolerantes si dejaran de pegarme. El silencio se oyó en Iowa. Como mi maestro quería integrarme (“El problema de esta niña es que no se integra”), decidió que lo mejor para descubrir qué ocurría con mi acoso era hacerme salir a la pizarra y que yo fuera apuntando todas las quejas que tenían mis compañeros sobre mí. Una hora de mi vida apuntando cosas como “es fea”, “no me gusta su cara” y otras intelectualidades por el estilo. Una hora. Sin soltar una sola lágrima. Cuando sonó la campana volví a casa, abrí un libro y lloré.</p>

<p>Después de eso, evidentemente, las cosas se pusieron peor. El profesor de gimnasia no me soportaba (que te jodan allá donde estés, B.) y empezó a aprovechar cualquier situación para ponerme en ridículo delante de la clase. Incluso llamó a mi madre para decirle que “escribía raro a propósito para fastidiarlo”. Soy zurda y tengo tendencia a girar el cuaderno para no mancharme de tinta. Mi madre, que es zurda, tuvo que reírse y decirle que ella me enseñó a escribir de esa manera porque era más cómodo. Los alumnos de mi curso y de otros se vieron mágicamente legitimados para ignorarme en el mejor de los casos y joderme la vida en el peor de ellos. No podía esconderme. Sin embargo, nunca lloraba.</p>

<p>Nadie nunca hizo nada en el colegio. Si me pegaban dentro del colegio, nadie había visto nada. Si me insultaban, era cosa de niños. Era aterrador volver y volver y volver y volver a un sitio en el que te maltratan. Y yo volvía siempre. Después de un episodio en el que B. (por favor, que te jodan muy fuerte) decidió reírse de mí en mitad de una clase y echarme la bronca porque hice por completo y sola un trabajo que debía haber realizado con una compañera que se había negado a colaborar conmigo (“eres rara y me voy con mis amigas”), le dije a mi madre que no quería volver nunca más al colegio. Nunca de nunca. Ni a ese ni a otro. A ninguno. Mi madre, en su infinita paciencia, me dijo que todo eso pasaría y que debía ser fuerte. Volví, me enfrenté a ello y me dieron una paliza.</p>

<p>Sé que me dieron la paliza por mi culpa. Me la dieron porque me había blindado tanto que ningún insulto parecía dolerme. Ningún zarandeo ni ninguna humillación eran suficientes para siquiera hacerme enarcar una ceja. Tampoco los empujones o patadas ocasionales que mis profesores achacaban a “la casualidad”. Después de un día en el que nadie logró resquebrajarme, me pegaron en la puerta del colegio. Pero me pegaron bien. No de darte unos bofetones y para casa. No. Entre cuatro o cinco chavales estuvieron pegándome durante un buen rato. Ni siquiera alcé un brazo para defenderme. Intenté irme, pero me cortaron el paso y me tiraron al suelo. Allí me siguieron pegando. Cuando llegué a casa estaba destrozada pero tampoco había llorado. Mi padre insistió en ir a denunciar y, bueno, con once años vas y haces lo que te dice tu padre. Para no extenderme mucho más, diré que la denuncia nunca se puso porque no era imputables y, esto lo juro sobre mi tumba, el policía creía que me dieron la paliza porque le gustaba a alguno de la pandilla.
Mientras volvía al colegio ese mismo día, -la paliza había sido al mediodía- sin comer, sin denuncia y dolorida mi padre no dejaba de repetir que eso no se quedaría así y que yo debía poner de mi parte para que eso no sucediera. Debía integrarme. Yo iba callada. Cuando llegué al colegio, dejé mi mochila en la línea en la que formábamos para ir a clase.
Mi padre estaba hablando con el director del colegio en ese momento, que le aseguraba que no podían hacer nada porque  había sucedido fuera tanto entorno escolar como del horario. Nunca nadie hizo realmente nada pero aprendí una lección de ello: nunca jamás te fíes de nadie. Nunca vuelvas atrás. Nunca doblegado, nunca roto.
Ahora soy una adulta con profundos problemas adaptativos que es incapaz de volver de vacaciones sin sufrir crisis de ansiedad diarias. Las secuelas han calado como sangre fresca en mi personalidad. Sin embargo, mis agresores me saludan con alegría cuando me los encuentro. Y nunca nadie les ha hecho pagar todo el sufrimiento que han causado.</p>

<p>Si estás sufriendo acoso escolar en este momento y me estás leyendo, lo siento. Querría decirte algo positivo, estoy segura de que algo habrá mejorado la situacion en este lapso de tiempo, pero soy incapaz de animarte porque sé exactamente por lo que estás pasando. No lo vas a tener fácil. Consigue una terapia lo más pronto que puedas y, si puedes, huye. Si no puedes huir, blíndate. Sobrevive. Las víctimas siempre son las que pagan pero si puedes sobrevivir o escapar del infierno tienes la oportunidad de reinventarte. Yo estoy en ello. Eso es lo más que puedo decirte.</p>

<p>Si nunca sufriste acoso escolar y miraste, que te jodan. Si acosaste o pegaste a alguien “flojito”, que te jodan. Nadie se reía excepto tú y has destrozado, al menos, una vida. Sé que igual estás leyendo esto y piensas que no va contigo pero te equivocas. Si no estás siendo parte de la solución, estás siendo parte del problema. Elige bando, yo no tuve esa oportunidad.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/los-perdedores</guid>
      <pubDate>Mon, 17 Aug 2026 11:50:31 +0000</pubDate>
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      <title>La sexualidad inventada</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/la-sexualidad-inventada</link>
      <description>&lt;![CDATA[La sexualidad inventada&#xA;&#xA;Recuerdo los muelles de la cama de arriba; estaba tumbada en una litera, desnuda, junto a un chico y me moría de curiosidad por saber qué se sentía al practicar sexo. Debía ser espectacular porque todo, las conversaciones y nuestras interacciones adolescentes, giraban en torno a ello. No es que ese chaval me gustara; se me había declarado y a mí, que no me había hecho caso nadie en toda mi vida, me pareció una oportunidad estupenda para experimentar lo que era una relación. Lo había hecho igual con mi primera tanda de besos de tornillo, dados a un chiquillo que nunca volví a ver. Sólo quería la experiencia.&#xA;&#xA;Los besos me decepcionaron. El sexo, también. La sensación que persiste de esa primera vez es la de tener que contener las ganas de mear. Pensé que me lo haría encima y en cuanto él acabó salí pitando al baño. Había algo de sangre mezclada en la orina; &#34;Ahí va mi virginidad&#34;, cavilé mientras miraba el chorro infinito. No había sentido nada más que incomodidad aunque me conformé con la idea de que era inexperta y, al fin y al cabo, era un ejercicio que tenía que domesticar para disfrutar de ello. Todo el mundo parece encantado: debe molar.&#xA;&#xA;Me lanzé al sexo como el que se tira a beber en un oasis en mitad del desierto. Es verdad que el agua puede estar sucia o que el oasis en realidad es un charco de meado de camello pero tú te afanas por tragar el líquido. Esa ciénaga desértica me apagaba la sed de la validación. Parecía que la gente me abandonaba menos cuando me acostaba con ellos. Parecía que me admitían. Tenía terror a decir que no. Y así llegué a la veintena consumiendo sexo para no sentirme sola aunque seguía sin gustarme ni gota.&#xA;&#xA;A estas alturas del cuento ya es conocido que tengo, además, un trastorno límite de personalidad (y autismo). Los intentos por evitar un abandono real o imaginario son parte de la etiología, como también lo es aprender a ser otra persona. A mí me habían dicho que era guapa, que era morbosa y que sabía besar y mantener relaciones sexuales con bastante eficacia. Eso me daba una identidad y decidí adoptarla.&#xA; &#xA;Consumí hombres como bolsitas de cocaína. Me convertí en una experta en técnicas para complacer, asegurándome que no se notaba el tedio de pasar por el trámite de marras. Además, mi cuerpo parecía responder de una manera independiente a lo que mi cabeza sintiera. Mi organismo se lubricaba, daba señales que no quería conscientemente atribuirme y era difícil salir de una situación en la que todo el mundo parecía estar de acuerdo, incluso una parte de mí. No culpo a los demás ni a mi cuerpo. Estoy sana, respondo fisiológicamente a estímulos concretos. Y las personas con las que yací no sabían de mi revoltijo interno ni de la instrumentalización a la que les sometí. Usé el sexo para sentirme normal pero sólo logré arrepentirme y desear suicidarme.&#xA;&#xA;Los rollos, como digo, eran sencillos. Luego venía la culpa, me sentía sucia y culpable, muy culpable. ¿Por qué me forzaba? Nadie me obligaba a ello, excepto yo; el terror de que nadie quisiera mantener una intimidad conmigo si no era a través de lo erótico era muy real. Veía a los célibes como ángeles elegidos, quería tener fortaleza para no obligarme a lesionarme para obtener la aprobación o el cariño de nadie. El mayor problema, sin embargo, era - y son- las relaciones duraderas.&#xA;&#xA;Claro que me he enamorado, de manera genuina. Y todas han acabado mal. Fatal. Horrible. Cthulhu revisionado en relación romántica. Al principio todo era maravilloso porque había encontrado a un hombre que me aceptaba pese a mis taras y eso me arreglaría. Me había salvado el amor, Disney daba saltos de alegría en su tumba y todo el tema. Lo malo es que los espejismos se desvanecen según te acercas a ellos y yo era un espejismo. Mis parejas pensaban (alguno todavía lo piensa con verdadera fiereza) que mis sentimientos eran fingidos. No les culpo, tampoco. Ni siquiera yo sabía qué me ocurría y todo lo achacaba a que mi sistema estaba o roto o corrupto o todas las anteriores.&#xA;&#xA;Según mejoraba mi estabilidad mental, más fuerte me sentía para decir no. Sólo mantenía relaciones en momentos especiales, dispersos en el tiempo, dándome tiempo a recuperarme de cada encuentro. Para mí es una actividad que me carcome: Tengo que focalizarme, tengo que luchar contra mí misma, contra la construcción que tengo hecha desde hace años y tengo que disfrutar. Todo es obligación. Y he tenido recaídas en los antiguos hábitos. Recuerdo una noche en la que estaba jodida que me acosté con un amigo. Cuando terminamos y fui a la ducha, apoyada contra la pared húmeda del baño con el chorro de agua trepanándome el cerebro me di cuenta que ni siquiera lo había besado. Había sido la culminación del proceso mecanizador del sexo.&#xA;&#xA;Creí que el poliamor era la solución. En realidad, es una solución parcial. Descargaba gran parte de la cuota de sexo que debía mantener para sostener una relación romántica y me hacía sentir mejor conmigo misma. Pero había cosas que seguían fallando. Todas mis relaciones terminan en la evitación de contextos potencialmente eróticos. Y, por fin, este lunes escuché un programa de radio que me explicó punto por punto que no tengo ningún problema. Que puedo tener relaciones profundas, románticas y enriquecedoras sin la parte que me destroza. Después de haberlo probado todo, es liberador. No sé si soy asexual pero, ciertamente, soy algo no-necesariamente-sexual. Y hoy os lo cuento porque quiero que sepáis que no estoy rota ni necesito ayuda para repararme ni nada parecido, ahora lo he entendido.&#xA;&#xA;El feminismo también consiste en reapoderarte de tu expresión sexual; Me siento más empoderada hoy que puedo decir aquí que no quiero una relación con un sexo como elemento necesario y fundamental. Me siento más yo, más libre. Escribir esto ha sido mejor que cualquier promesa de orgasmo. Gracias por compartirlo conmigo.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>La sexualidad inventada</p>

<p>Recuerdo los muelles de la cama de arriba; estaba tumbada en una litera, desnuda, junto a un chico y me moría de curiosidad por saber qué se sentía al practicar sexo. Debía ser espectacular porque todo, las conversaciones y nuestras interacciones adolescentes, giraban en torno a ello. No es que ese chaval me gustara; se me había declarado y a mí, que no me había hecho caso nadie en toda mi vida, me pareció una oportunidad estupenda para experimentar lo que era una relación. Lo había hecho igual con mi primera tanda de besos de tornillo, dados a un chiquillo que nunca volví a ver. Sólo quería la experiencia.</p>

<p>Los besos me decepcionaron. El sexo, también. La sensación que persiste de esa primera vez es la de tener que contener las ganas de mear. Pensé que me lo haría encima y en cuanto él acabó salí pitando al baño. Había algo de sangre mezclada en la orina; “Ahí va mi virginidad”, cavilé mientras miraba el chorro infinito. No había sentido nada más que incomodidad aunque me conformé con la idea de que era inexperta y, al fin y al cabo, era un ejercicio que tenía que domesticar para disfrutar de ello. Todo el mundo parece encantado: debe molar.</p>

<p>Me lanzé al sexo como el que se tira a beber en un oasis en mitad del desierto. Es verdad que el agua puede estar sucia o que el oasis en realidad es un charco de meado de camello pero tú te afanas por tragar el líquido. Esa ciénaga desértica me apagaba la sed de la validación. Parecía que la gente me abandonaba menos cuando me acostaba con ellos. Parecía que me admitían. Tenía terror a decir que no. Y así llegué a la veintena consumiendo sexo para no sentirme sola aunque seguía sin gustarme ni gota.</p>

<p>A estas alturas del cuento ya es conocido que tengo, además, un trastorno límite de personalidad (y autismo). Los intentos por evitar un abandono real o imaginario son parte de la etiología, como también lo es aprender a ser otra persona. A mí me habían dicho que era guapa, que era morbosa y que sabía besar y mantener relaciones sexuales con bastante eficacia. Eso me daba una identidad y decidí adoptarla.</p>

<p>Consumí hombres como bolsitas de cocaína. Me convertí en una experta en técnicas para complacer, asegurándome que no se notaba el tedio de pasar por el trámite de marras. Además, mi cuerpo parecía responder de una manera independiente a lo que mi cabeza sintiera. Mi organismo se lubricaba, daba señales que no quería conscientemente atribuirme y era difícil salir de una situación en la que todo el mundo parecía estar de acuerdo, incluso una parte de mí. No culpo a los demás ni a mi cuerpo. Estoy sana, respondo fisiológicamente a estímulos concretos. Y las personas con las que yací no sabían de mi revoltijo interno ni de la instrumentalización a la que les sometí. Usé el sexo para sentirme normal pero sólo logré arrepentirme y desear suicidarme.</p>

<p>Los rollos, como digo, eran sencillos. Luego venía la culpa, me sentía sucia y culpable, muy culpable. ¿Por qué me forzaba? Nadie me obligaba a ello, excepto yo; el terror de que nadie quisiera mantener una intimidad conmigo si no era a través de lo erótico era muy real. Veía a los célibes como ángeles elegidos, quería tener fortaleza para no obligarme a lesionarme para obtener la aprobación o el cariño de nadie. El mayor problema, sin embargo, era - y son- las relaciones duraderas.</p>

<p>Claro que me he enamorado, de manera genuina. Y todas han acabado mal. Fatal. Horrible. Cthulhu revisionado en relación romántica. Al principio todo era maravilloso porque había encontrado a un hombre que me aceptaba pese a mis taras y eso me arreglaría. Me había salvado el amor, Disney daba saltos de alegría en su tumba y todo el tema. Lo malo es que los espejismos se desvanecen según te acercas a ellos y yo era un espejismo. Mis parejas pensaban (alguno todavía lo piensa con verdadera fiereza) que mis sentimientos eran fingidos. No les culpo, tampoco. Ni siquiera yo sabía qué me ocurría y todo lo achacaba a que mi sistema estaba o roto o corrupto o todas las anteriores.</p>

<p>Según mejoraba mi estabilidad mental, más fuerte me sentía para decir no. Sólo mantenía relaciones en momentos especiales, dispersos en el tiempo, dándome tiempo a recuperarme de cada encuentro. Para mí es una actividad que me carcome: Tengo que focalizarme, tengo que luchar contra mí misma, contra la construcción que tengo hecha desde hace años y tengo que disfrutar. Todo es obligación. Y he tenido recaídas en los antiguos hábitos. Recuerdo una noche en la que estaba jodida que me acosté con un amigo. Cuando terminamos y fui a la ducha, apoyada contra la pared húmeda del baño con el chorro de agua trepanándome el cerebro me di cuenta que ni siquiera lo había besado. Había sido la culminación del proceso mecanizador del sexo.</p>

<p>Creí que el poliamor era la solución. En realidad, es una solución parcial. Descargaba gran parte de la cuota de sexo que debía mantener para sostener una relación romántica y me hacía sentir mejor conmigo misma. Pero había cosas que seguían fallando. Todas mis relaciones terminan en la evitación de contextos potencialmente eróticos. Y, por fin, este lunes escuché un programa de radio que me explicó punto por punto que no tengo ningún problema. Que puedo tener relaciones profundas, románticas y enriquecedoras sin la parte que me destroza. Después de haberlo probado todo, es liberador. No sé si soy asexual pero, ciertamente, soy algo no-necesariamente-sexual. Y hoy os lo cuento porque quiero que sepáis que no estoy rota ni necesito ayuda para repararme ni nada parecido, ahora lo he entendido.</p>

<p>El feminismo también consiste en reapoderarte de tu expresión sexual; Me siento más empoderada hoy que puedo decir aquí que no quiero una relación con un sexo como elemento necesario y fundamental. Me siento más yo, más libre. Escribir esto ha sido mejor que cualquier promesa de orgasmo. Gracias por compartirlo conmigo.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/la-sexualidad-inventada</guid>
      <pubDate>Sun, 16 Aug 2026 21:00:25 +0000</pubDate>
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      <title>Hola, esto no es un test.</title>
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      <description>&lt;![CDATA[Hola, esto no es un test. &#xA;&#xA;Repito.&#xA;&#xA;Esto no es un test.&#xA;&#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Hola, esto no es un test.</p>

<p>Repito.</p>

<p>Esto no es un test.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/hola-esto-no-es-un-test</guid>
      <pubDate>Sun, 16 Aug 2026 20:51:52 +0000</pubDate>
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