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    <title>srtagalicia</title>
    <link>https://escritura.social/srtagalicia/</link>
    <description>*Fuera de cobertura*</description>
    <pubDate>Tue, 06 Oct 2026 12:22:11 +0000</pubDate>
    <item>
      <title>La bicicleta (III)</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/la-bicicleta-iii</link>
      <description>&lt;![CDATA[La bicicleta (III)&#xA;&#xA;Entré como quien entra a una iglesia, con reverencia hacia el espacio que me iba a acoger. El concierto tenía manos suspendidas en el aire, era un maremágno. Había oscuridad, humo y gente apretujada. Me moví entre ellos con el casco de la bici, una serpiente en el agua, hacia el escenario para ver si atraía la atención de mi amigo. Evidentemente, no. Él estaba en éxtasis así que me dirigí hacia la barra para pedirme un cubata. Y luego fue otro. Y luego otro. Hasta que terminó el concierto y yo, con las manos ya temblorosas me encaminé al backstage para felicitar de manera conveniente todo el espectáculo. Allí estaban otros amigos, y hablamos durante un tiempo que se me hizo horas hasta que D. decidió marcharse al hotel, conmigo.&#xA;&#xA;Pasó lo que tenía que pasar, pensé en la ducha estrecha de un hotel de malísima muerte para cantantes que aún no han dado el petardazo. Pasó porque estaba borracha, porque estaba triste y porque estaba fundamentalmente en shock, pensé mientras me caía el agua por la barbilla desde la cabeza, limpiando todo el alcohol y lo que no era alcohol. D. había estado dulce, pero yo no había querido ni besarle. No era una cuestión de amor, era una cuestión de deporte, como la bicicleta. Yo tenía que ir hacia un punto y decidí montarlo como instrumento para ello. Salí de la ducha mientras oía cantar a D., contento. Yo tenía la cara desencajada y me preguntó que qué me pasaba. ¿Qué me pasaba? Nada. La respuesta arquetípica. No me pasaba absolutamente nada. Salí corriendo, despidiéndome sin parar por el pasillo. &#xA;&#xA;Afuera la noche era cálida, se notaba el principio de junio. Me dirigí con la cabeza llena de determinación y los pies haciendo eses hacia la bici roja. La monté, pasando por las calles vacías como una estela, con el viento caliente y húmedo en la cara y el casco en el codo. Miraba las rayas de la carretera para sentirme dentro de algo, para mantenerme dentro de algo y las seguía con un fervor aún más religioso que el que me llevó al concierto. Contemplé las calles, la catedral, el río, las montañas al fondo. Contemplé todo.&#xA;&#xA;Un mendigo gritó. Lo primero que me impactó fueron los codos. El casco salió volando hacia una de las esquinas del paso de cebra en el que había resbalado. Luego fue la cara y después el resto del cuerpo. Me quedé tendida en el suelo, mientras la sombra de la viscosidad del hospital se cernía sobre mí. Las lágrimas se mezclaron con la sangre de mi cara. Lloré.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>La bicicleta (III)</p>

<p>Entré como quien entra a una iglesia, con reverencia hacia el espacio que me iba a acoger. El concierto tenía manos suspendidas en el aire, era un maremágno. Había oscuridad, humo y gente apretujada. Me moví entre ellos con el casco de la bici, una serpiente en el agua, hacia el escenario para ver si atraía la atención de mi amigo. Evidentemente, no. Él estaba en éxtasis así que me dirigí hacia la barra para pedirme un cubata. Y luego fue otro. Y luego otro. Hasta que terminó el concierto y yo, con las manos ya temblorosas me encaminé al backstage para felicitar de manera conveniente todo el espectáculo. Allí estaban otros amigos, y hablamos durante un tiempo que se me hizo horas hasta que D. decidió marcharse al hotel, conmigo.</p>

<p>Pasó lo que tenía que pasar, pensé en la ducha estrecha de un hotel de malísima muerte para cantantes que aún no han dado el petardazo. Pasó porque estaba borracha, porque estaba triste y porque estaba fundamentalmente en shock, pensé mientras me caía el agua por la barbilla desde la cabeza, limpiando todo el alcohol y lo que no era alcohol. D. había estado dulce, pero yo no había querido ni besarle. No era una cuestión de amor, era una cuestión de deporte, como la bicicleta. Yo tenía que ir hacia un punto y decidí montarlo como instrumento para ello. Salí de la ducha mientras oía cantar a D., contento. Yo tenía la cara desencajada y me preguntó que qué me pasaba. ¿Qué me pasaba? Nada. La respuesta arquetípica. No me pasaba absolutamente nada. Salí corriendo, despidiéndome sin parar por el pasillo.</p>

<p>Afuera la noche era cálida, se notaba el principio de junio. Me dirigí con la cabeza llena de determinación y los pies haciendo eses hacia la bici roja. La monté, pasando por las calles vacías como una estela, con el viento caliente y húmedo en la cara y el casco en el codo. Miraba las rayas de la carretera para sentirme dentro de algo, para mantenerme dentro de algo y las seguía con un fervor aún más religioso que el que me llevó al concierto. Contemplé las calles, la catedral, el río, las montañas al fondo. Contemplé todo.</p>

<p>Un mendigo gritó. Lo primero que me impactó fueron los codos. El casco salió volando hacia una de las esquinas del paso de cebra en el que había resbalado. Luego fue la cara y después el resto del cuerpo. Me quedé tendida en el suelo, mientras la sombra de la viscosidad del hospital se cernía sobre mí. Las lágrimas se mezclaron con la sangre de mi cara. Lloré.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/la-bicicleta-iii</guid>
      <pubDate>Wed, 09 Sep 2026 20:10:02 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>La bicicleta (II)</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/la-bicicleta-ii</link>
      <description>&lt;![CDATA[La bicicleta (II)&#xA;&#xA;A tientas, las lágrimas provocadas por las arcadas y la vergüenza me impedían ver, busqué el botón de la cisterna del váter. A continuación me lavé la cara repitiéndome los pasos a seguir: saldría del cuarto de baño, miraría fijamente la escena y procuraría no ser un puñetero estorbo. Luego llamaría a mi madre para informar sobre la situación. Tampoco podía hacer más. Tampoco sabía.&#xA;&#xA;Repetí los pasos como un robot: salir, mirar, no estorbar, llamar. La conversación con mi madre fue macarrónica. Yo sabía que esto era el fin. Lo había visto, lo había olido. Lo había paladeado.&#xA;&#xA;Desde fuera, todo parecía de mentira. Las enfermeras se marcharon después de ajustarle la morfina y ella ya no abría los ojos. Estaba en paz, cadavérica y verde. La miré largamente, cuánto la había querido y cuánto había hecho por no demostrarlo. Ella, que había soportado cada uno de mis desaires con paciencia infinita, como un cielo estrellado que te abraza sin esfuerzo. Y ahora estaba allí, en silencio, inmóvil. Como yo.&#xA;&#xA;No sé cuánto tiempo pasó así. Me desperté sentada, de nuevo a su lado, por el mono de nicotina. Estaba mal pero salía, como otros acompañantes e incluso enfermos, a fumar a las escaleras de emergencia. La abandoné y me dirigí a la salida. Allí pasó más tiempo, mientras pensaba en cómo yo me iba a morir con miedo, pánico y pena y ella no porque tenía una Fe inquebrantable. Ella entera lo era, una masa de agua suave que siempre se había adaptado a lo que venía, y había venido mucho. Primero fue el “paralís” que le había dejado un rictus marcado y media cara sin arrugas, porque no podía moverla. Hablaba de medio lado, siseante siempre. Luego fue el psiquiátrico, las “corrientes” -yo tampoco habría soportado las corrientes- y dos hijas y un marido maltratador, todo trufado de recaídas con enfermedades dicerdad. El cáncer, la depresión, un TOC no diagnosticado… Mujer enferma, mujer eterna. Pero ya no, porque se estaba muriendo.&#xA;&#xA;Mi madre asomó la cabeza, rubia y radiante, por la puerta de emergencia. Miré el móvil, donde parpadeaban algunos mensajes de un antiguo amigo que visitaba la ciudad. Cuando mi madre se hizo con el parte detallado, se apoyó en la pared y con una fuerza desmedida, me dijo que me marchara.&#xA;&#xA;Yo estaba deseando irme. Esa es la verdad. Estaba deseando volver a mi vida tranquila de joven despreocupada por la muerte inminente y enfilé hacia el aparcamiento de bicis del hospital. Cogí mi bici roja, una bici vieja que había comprado de segunda mano y no me daba pena dejar en cualquier sitio y monté. Pedaleé como nunca, era el miedo golpeándome en las sienes lo que me impulsaba. Hice kilómetros sin parar, entre los coches, buscando una forma de ir más rápido a cada pedaleada. Empecé a marearme, por el peso del esfuerzo y pare, para volver a mirar el móvil que zumbaba. Decidí ir al concierto que daba mi amigo, el músico que visitaba la ciudad. Eso me despejaría. O no.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>La bicicleta (II)</p>

<p>A tientas, las lágrimas provocadas por las arcadas y la vergüenza me impedían ver, busqué el botón de la cisterna del váter. A continuación me lavé la cara repitiéndome los pasos a seguir: saldría del cuarto de baño, miraría fijamente la escena y procuraría no ser un puñetero estorbo. Luego llamaría a mi madre para informar sobre la situación. Tampoco podía hacer más. Tampoco sabía.</p>

<p>Repetí los pasos como un robot: salir, mirar, no estorbar, llamar. La conversación con mi madre fue macarrónica. Yo sabía que esto era el fin. Lo había visto, lo había olido. Lo había paladeado.</p>

<p>Desde fuera, todo parecía de mentira. Las enfermeras se marcharon después de ajustarle la morfina y ella ya no abría los ojos. Estaba en paz, cadavérica y verde. La miré largamente, cuánto la había querido y cuánto había hecho por no demostrarlo. Ella, que había soportado cada uno de mis desaires con paciencia infinita, como un cielo estrellado que te abraza sin esfuerzo. Y ahora estaba allí, en silencio, inmóvil. Como yo.</p>

<p>No sé cuánto tiempo pasó así. Me desperté sentada, de nuevo a su lado, por el mono de nicotina. Estaba mal pero salía, como otros acompañantes e incluso enfermos, a fumar a las escaleras de emergencia. La abandoné y me dirigí a la salida. Allí pasó más tiempo, mientras pensaba en cómo yo me iba a morir con miedo, pánico y pena y ella no porque tenía una Fe inquebrantable. Ella entera lo era, una masa de agua suave que siempre se había adaptado a lo que venía, y había venido mucho. Primero fue el “paralís” que le había dejado un rictus marcado y media cara sin arrugas, porque no podía moverla. Hablaba de medio lado, siseante siempre. Luego fue el psiquiátrico, las “corrientes” -yo tampoco habría soportado las corrientes- y dos hijas y un marido maltratador, todo trufado de recaídas con enfermedades dicerdad. El cáncer, la depresión, un TOC no diagnosticado… Mujer enferma, mujer eterna. Pero ya no, porque se estaba muriendo.</p>

<p>Mi madre asomó la cabeza, rubia y radiante, por la puerta de emergencia. Miré el móvil, donde parpadeaban algunos mensajes de un antiguo amigo que visitaba la ciudad. Cuando mi madre se hizo con el parte detallado, se apoyó en la pared y con una fuerza desmedida, me dijo que me marchara.</p>

<p>Yo estaba deseando irme. Esa es la verdad. Estaba deseando volver a mi vida tranquila de joven despreocupada por la muerte inminente y enfilé hacia el aparcamiento de bicis del hospital. Cogí mi bici roja, una bici vieja que había comprado de segunda mano y no me daba pena dejar en cualquier sitio y monté. Pedaleé como nunca, era el miedo golpeándome en las sienes lo que me impulsaba. Hice kilómetros sin parar, entre los coches, buscando una forma de ir más rápido a cada pedaleada. Empecé a marearme, por el peso del esfuerzo y pare, para volver a mirar el móvil que zumbaba. Decidí ir al concierto que daba mi amigo, el músico que visitaba la ciudad. Eso me despejaría. O no.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/la-bicicleta-ii</guid>
      <pubDate>Wed, 09 Sep 2026 19:00:40 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>La bicicleta (I)</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/la-bicicleta-i</link>
      <description>&lt;![CDATA[La bicicleta (I)&#xA;&#xA;Ella ya no hablaba. Antes había hablado mucho, como poseída por una fuerza misteriosa que le impedía cerrar la boca. Había hablado en la casa, en el mercado y también en misa. Había contado todo, lo que se puede y lo que no se debe. Había conversado por teléfono, por carta, cara a cara. Había dialogado con niños, con vendedores, conmigo. Y ahora ya no hablaba. Movía, eso sí, la cabeza, lastimeramente, vencida por la morfina.&#xA;&#xA;Al repetir el gesto entendí que quería que me acercara y lo hice sin problema: estaba sentada a esa clase de distancia que guardan los padres primerizos para asegurarse de que sus bebés siguen respirando. Señaló el vaso de agua y bebió después de que yo acertara a ponerle la pajita en los labios. Era una tarde de viernes con un silencio desgajado por voces de enfermeras que cambiaban turnos o qué sabe Dios.&#xA;&#xA;Me revolví, incómoda, en una silla incómoda en un cuarto incómodo. Ella hizo una mueca, otra vez. La luz parpadeaba fuera, irreal. Y comencé a rebuscar en mi cerebro para contarle lo que fuera, con la sensación de que no lo encontraría.&#xA;&#xA;¿Por qué hay perros aquí? ¡Quita! ¡Estaos quietos!&#xA;&#xA;Era apenas un susurro. Aparté la mirada, desesperada por decir algo, pero un ruido sobrenatural me devolvió la atención sobre ella. Estaba cubierta por un espeso manto de viscosidad negra. Quise sujetarla para detener las convulsiones pero en vez de acercarme a ella dí un paso atrás, gritando:&#xA;&#xA;Enfermera, ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!&#xA;&#xA;Las auxiliares corrieron hacia la habitación y me traspasaron, dejándome en segunda fila del espectáculo. Como familiar, era innecesaria.&#xA;&#xA;Ella seguía expulsando ese vómito de ultratumba que goteaba ya por la camilla, imparable y las enfermeras hacían algo que no recuerdo, se me nubló la vista y corrí al baño para agacharme en el váter a vomitar, también. Una auxiliar morena y desagradable me gritó:&#xA;&#xA;Si no lo soportas, sal de aquí.&#xA;&#xA;Quise matarla. ¿Cómo se atrevía - pensé entre lágrimas - a decirme eso a mí? Me sobrevino otra arcada y visualicé cómo la apuñalaba. Ya no sabía cómo estaba ella, si seguía vomitando como yo o se había tranquilizado. Tenía que sobreponerme.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>La bicicleta (I)</p>

<p>Ella ya no hablaba. Antes había hablado mucho, como poseída por una fuerza misteriosa que le impedía cerrar la boca. Había hablado en la casa, en el mercado y también en misa. Había contado todo, lo que se puede y lo que no se debe. Había conversado por teléfono, por carta, cara a cara. Había dialogado con niños, con vendedores, conmigo. Y ahora ya no hablaba. Movía, eso sí, la cabeza, lastimeramente, vencida por la morfina.</p>

<p>Al repetir el gesto entendí que quería que me acercara y lo hice sin problema: estaba sentada a esa clase de distancia que guardan los padres primerizos para asegurarse de que sus bebés siguen respirando. Señaló el vaso de agua y bebió después de que yo acertara a ponerle la pajita en los labios. Era una tarde de viernes con un silencio desgajado por voces de enfermeras que cambiaban turnos o qué sabe Dios.</p>

<p>Me revolví, incómoda, en una silla incómoda en un cuarto incómodo. Ella hizo una mueca, otra vez. La luz parpadeaba fuera, irreal. Y comencé a rebuscar en mi cerebro para contarle lo que fuera, con la sensación de que no lo encontraría.</p>
<ul><li>¿Por qué hay perros aquí? ¡Quita! ¡Estaos quietos!</li></ul>

<p>Era apenas un susurro. Aparté la mirada, desesperada por decir algo, pero un ruido sobrenatural me devolvió la atención sobre ella. Estaba cubierta por un espeso manto de viscosidad negra. Quise sujetarla para detener las convulsiones pero en vez de acercarme a ella dí un paso atrás, gritando:</p>
<ul><li>Enfermera, ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!</li></ul>

<p>Las auxiliares corrieron hacia la habitación y me traspasaron, dejándome en segunda fila del espectáculo. Como familiar, era innecesaria.</p>

<p>Ella seguía expulsando ese vómito de ultratumba que goteaba ya por la camilla, imparable y las enfermeras hacían algo que no recuerdo, se me nubló la vista y corrí al baño para agacharme en el váter a vomitar, también. Una auxiliar morena y desagradable me gritó:</p>
<ul><li>Si no lo soportas, sal de aquí.</li></ul>

<p>Quise matarla. ¿Cómo se atrevía – pensé entre lágrimas – a decirme eso a mí? Me sobrevino otra arcada y visualicé cómo la apuñalaba. Ya no sabía cómo estaba ella, si seguía vomitando como yo o se había tranquilizado. Tenía que sobreponerme.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/la-bicicleta-i</guid>
      <pubDate>Wed, 09 Sep 2026 18:58:26 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>El futuro era esto (I)</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/el-futuro-era-esto-i</link>
      <description>&lt;![CDATA[El futuro era esto (I)&#xA;&#xA;Qué son las heterotopías y algunas ficciones que las presentan.&#xA;&#xA;Las heterotopías son los espacios otros. A diferencia de las utopías, esos famosos no-lugares que puso en el mapa Tomás Moro con el libro del mismo título, y las distopías, nosotros convivimos a diario con ellas. Toda heterotopía es modelada a través del rozamiento con la sociedad que la crea y toda sociedad es transformada mediante las vivencias que ocurren en ellas.&#xA;&#xA;¿Y qué ejemplos prácticos de heterotopía conocemos? Una heterotopía es una iglesia, un cementerio. La heterotopía es ese bajar las cámaras en la coronación de Isabel II de Inglaterra para que no pueda verse su transfiguración de humana a Reina. Son lugares en los que la ficción se mezcla de una manera tan íntima con lo real que nada es, si no parece. Aquí lo hegemónico parece desviarse y deformarse. No valen las reglas de convivencia habituales, lo convencional se curva como en un horizonte de límites, como si estuviéramos en una zona de gravedad alterada. Con todo, he recopilado una serie de características que pueden, seguramente no sean todas, configurar una heterotopía:&#xA;Nadie vive dentro de ella, aunque tiene una población que lo sostiene.&#xA;&#xA;En ella se mezcla la magia, tanto simbólica como tecnológica, con un diseño destinado a ofrecer una experiencia vital que nos asombrará y, quizás sea transformadora.&#xA;Dentro de sus límites hay una clara convivencia de elementos que son contrarios (la diversión, el miedo…)&#xA;Está en un limbo temporal. No sólo no importa el tiempo, además no hace mella en ellos la metereología ni el paso de lo días. Una heterotopía no se desgasta por estos elementos, los incorpora y se transforma con ellos.&#xA;&#xA;La mejor representación que he encontrado de estos espacios en la ficción es la película &#39;El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares&#39; (2016). En esta película los niños, condenados a ser perpetuamente niños, viven en un bucle temporal fijado a un territorio para huir de un verdadero Hombre del Saco. Su otro lugar, su hogar, es ese trozo de tierra sin tiempo, ese tiempo sin localización donde su existencia excepcional se convierte en cotidiana por el efecto de la curva de lo común convergiendo con ellos mismos.&#xA;Lo que pasa en Las Vegas jamás puede escapar de Las Vegas. Igual que los niños de Miss Peregrine o los secuestrado por Peter Pan, la ciudad es irreal, artificial y preformada. La ciudad no puede cambiar, aunque se transforme y nunca puede salir de sí misma. Las Vegas, como Venecia, son un parque de atracciones, que dibuja la reformulación capitalista del jardín, espacio de la fantasía por antonomasia. A diferencia del jardín, que puede ser privado pero nunca-de-momento monetizable, el espacio del parque de atracciones está dirigido por una gran corporación que quiere explotarlo. En un parque de atracciones no importa el día del año en el que te encuentres, siempre que esté abierto. Hay abundante literatura sobre el uso de Coney Island como emplazamiento de terror, a pesar de ser un lugar de ocio. Tenemos ejemplos de ficciones como &#39;Mr. Robot&#39;, en el que el protagonista se disocia en su sede ubicada en la isla neoyorkina o &#39;La broma asesina&#39;, donde el Joker (arquetipo último del loco, del mentiroso y epítome del caos) lleva al comisario Gordon para romper su identidad dentro de una sala de espejos. Aunque el caso más conocido de parque temático heterotópico explícito en la ficción es, sin duda, &#39;Parque Jurásico&#39;.&#xA;&#39;Parque Jurásico&#39; (1993) está basada en una novela del mismo nombre escrita por Michael Crichton. El argumento es bien conocido: un grupo de científicos queda atrapado en un parque de atracciones que basa su atractivo en haber revivido a los dinosaurios. No hay ninguna duda sobre la conceptualización capitalista del jardín, en el que no reparan en gastos para agasajar con una experiencia absolutamente única a sus visitantes. Como en &#39;Westworld&#39;, los moradores reales de la heterotopía se rebelan ante unos visitantes que no desean porque les perturban en su búsqueda de identidad. Allí encuentran una manera de ser diferente, una autoconciencia, una adaptación evolutiva. No nos podemos olvidar de las caras de asombro cuando encuentran que los dinosaurios, todos hembra, han encontrado maneras de reproducirse. La vida se abre paso. Y es que la realidad y la ficción crean criaturas que escapan al control humano, por más que el espacio esté medido y procesado. En &#39;Parque Jurásico&#39; es la reproducción y en &#39;Westworld&#39; es la rebelión.&#xA;&#xA;Un parque de atracciones es una experiencia vital de autodescubrimiento, para padres y niños. Un ocio basado en lo previsible. Una re-escenificación del Mundo, utilizando códigos y herramientas de trabajo que ya no responden a criterios humanos. En la antigua película de los 60 &#34;Almas de Metal&#34; uno de los supervisores le espeta a un técnico que intenta arreglar a un ginoide &#34;Ya no sabemos cómo funcionan, son robots que construyen robots&#34;. Ese momento es decisivo. Los noides no responden a una lógica humana, aunque parezcan humanos. Nos han transcendido y dejado atrás, pero esto no supone ninguna mejora para nosotros, al revés.&#xA;Por eso la heterotopía que tiene fronteras es un espacio parcialmente vacío. Si tuviera moradores, como las hadas del fondo del jardín, sería un territorio vedado para nosotros. Su existencia veda nuestra presencia. El mundo de los noides, el de los niños y el de los animales coexiste con el nuestro pero mantiene muros invisibles e indivisibles. En Westworld el camino laberíntico de Dolores, la ginoide protagonista, está reservado a ella. Aunque William (protagonista masculino humano) lo quiera recorrer no puede hacerlo, él no está iniciado y como no conoce los códigos, no puede re-conocer los códigos. Si nos fijamos en su devenir, William trata de explorar todas y cada una de las narrativas, creyendo que conocer el movimiento de todo el sistema le hará comprenderlo. Esta postura de existir en un universo determinista en el que, por repetición, todas las opciones habrán de darse, se revela como falsa. Hay eventos únicos, singulares, a partir de los cuales no es posible determinar qué sucederá. La teoría del caos se introduce entre las fisuras de ese orden milimétrico, tecnológico y limpio. Hay muchos cables sueltos esta noche, como diría Motoko Kusanagi.&#xA;En Westworld la tecnología es el paisaje. Nada existe que no sea artificial. Aquí podríamos hablar de la teoría de las ideas de Platón, de cómo los referentes naturales se transforman en algo distinto al ser pasados por un tamiz de una tecnología que ya no es apertura de modos de vida, como sí es una herramienta, si no que restringe la narrativa vital a aquello que el Tecno-Demiurgo decide que será. La tecnología no es neutral, siempre moldea la realidad (y la ficción). El libre albedrío siempre es posible pero cada vez se torna más difícil ejercerlo por la opresión del espacio construido. Si el espacio rellena todos los huecos del individuo, a este sólo le queda amoldar su crecimiento a lo que el topos le permita. A duras penas podrá modificar esa piedra que contiene el fluido que somos. Sólo con esfuerzo se consigue transcender, ese es el mantra de Heidegger y de Nietzsche. Al final, somos seres en el tiempo. O en el espacio, que dice Haraway en su &#39;Manifiesto Cíborg&#39; (cuya lectura recomiendo fuertemente).&#xA;&#xA;En el dualismo de Ghost in the Shell&#39; (1995) encontramos otro tipo de heterotopía. Si la de los parques de atracciones tiene unas fronteras claras para los visitantes y los moradores (aunque los habitantes puedan encontrar dentro una gradación desde el orden hacia el caos, a medida que se alejan de lo conocido y se acercan a la frontera), existen otro tipo de espacio en los que los límites están desdibujados y permanece completamente abierto. La ciudad, un neo-HongKong futurista y contrastado, sin la limpieza de otras scifi, es una heterotopía completa cuyos límites no son perceptibles. Aunque se esté dentro, se permanece siempre afuera. La ciudad es un espejo constante que nos devuelve preguntas sobre nuestra percepción. Motoko se pregunta si es humana, si es real. Batou, su compañero le dice que la tratan como a un humano y eso es todo lo que importa. Y ahí nos preguntamos, ¿la identidad humana viene desde dentro o es algo que se construye desde fuera, que te devuelve la sociedad, como un hecho, como una fotografía? Quizás también lo sea. Si por dentro somos posibilidad, por fuera somos hecho. La ciudad dirige las posibilidades para que nos concretemos. Y crecemos a su su sombra y su abrigo.&#xA;Lo que comparten Motoko y Dolores e incluso Maeve, cuyo proceso de autoconciencia se parece al que vuelve loco a Deadpool (de los pocos súperheroes conscientes en el Multiverso Marvel de su condición de ser ficticio), es que la heterotopía es abierta. Ellas viven dentro de la zona más extrema, en la zona abierta, casi afuera. Ese momento de gravedad suspendida es el que les permite construir su identidad a través de su cuerpo. ¿Qué es nadie, si no su cuerpo? No podemos disociarnos de él, ni por un segundo. Todos los monstruos de la ficción viven a través de su cuerpo: las momias, los vampiros, el monstruo de Frankenstein. Es el sueño de transcender de esos límites, el de ser libres sin ningún atisbo de duda, el de ser hecho, ser Dios, el que las mueve. Motoko dice &#34;me siento confinada porque sólo puedo expandirme con límites&#34;. Dolores afirma que quiere ser libre. Maeve, dentro de su furia, quiere desatar un apocalipsis que la libere, cartáticamente. Es el cuerpo lo que las confina, aunque una de ellas logra escapar mediante la singularidad que hablábamos antes. Motoko se funde en un evento nunca antes realizado con una IA autoconsciente, el proyecto 2501, en uno de los episodios más románticos del cyberpunk. En &#34;Akira&#34; Tetsuo no puede controlarse orgánicamente, sólo cuando se libera de lo biológico logra transcender. En &#34;Watchmen&#34;, el Dr. Manhattan puede desmaterializarse a voluntad y eso no implica la finalización de su existencia.&#xA;&#xA;Las heterotopías, pues son espacios de transcendencia para nosotros. Hagamos uso de ellas.&#xA;&#xA;Notas:&#xA;*Nos porque somos Legión y Legión significa que somos muches.&#xA;&#xA;En próximos episodios hablaremos sobre la identidad. Espero no tardar seis años en publicar de nuevo.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>El futuro era esto (I)</p>

<p>Qué son las heterotopías y algunas ficciones que las presentan.</p>

<p>Las heterotopías son los espacios otros. A diferencia de las utopías, esos famosos no-lugares que puso en el mapa Tomás Moro con el libro del mismo título, y las distopías, nosotros convivimos a diario con ellas. Toda heterotopía es modelada a través del rozamiento con la sociedad que la crea y toda sociedad es transformada mediante las vivencias que ocurren en ellas.</p>

<p>¿Y qué ejemplos prácticos de heterotopía conocemos? Una heterotopía es una iglesia, un cementerio. La heterotopía es ese bajar las cámaras en la coronación de Isabel II de Inglaterra para que no pueda verse su transfiguración de humana a Reina. Son lugares en los que la ficción se mezcla de una manera tan íntima con lo real que nada es, si no parece. Aquí lo hegemónico parece desviarse y deformarse. No valen las reglas de convivencia habituales, lo convencional se curva como en un horizonte de límites, como si estuviéramos en una zona de gravedad alterada. Con todo, he recopilado una serie de características que pueden, seguramente no sean todas, configurar una heterotopía:
Nadie vive dentro de ella, aunque tiene una población que lo sostiene.</p>

<p>En ella se mezcla la magia, tanto simbólica como tecnológica, con un diseño destinado a ofrecer una experiencia vital que nos asombrará y, quizás sea transformadora.
Dentro de sus límites hay una clara convivencia de elementos que son contrarios (la diversión, el miedo…)
Está en un limbo temporal. No sólo no importa el tiempo, además no hace mella en ellos la metereología ni el paso de lo días. Una heterotopía no se desgasta por estos elementos, los incorpora y se transforma con ellos.</p>

<p>La mejor representación que he encontrado de estos espacios en la ficción es la película &#39;El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares&#39; (2016). En esta película los niños, condenados a ser perpetuamente niños, viven en un bucle temporal fijado a un territorio para huir de un verdadero Hombre del Saco. Su otro lugar, su hogar, es ese trozo de tierra sin tiempo, ese tiempo sin localización donde su existencia excepcional se convierte en cotidiana por el efecto de la curva de lo común convergiendo con ellos mismos.
Lo que pasa en Las Vegas jamás puede escapar de Las Vegas. Igual que los niños de Miss Peregrine o los secuestrado por Peter Pan, la ciudad es irreal, artificial y preformada. La ciudad no puede cambiar, aunque se transforme y nunca puede salir de sí misma. Las Vegas, como Venecia, son un parque de atracciones, que dibuja la reformulación capitalista del jardín, espacio de la fantasía por antonomasia. A diferencia del jardín, que puede ser privado pero nunca-de-momento monetizable, el espacio del parque de atracciones está dirigido por una gran corporación que quiere explotarlo. En un parque de atracciones no importa el día del año en el que te encuentres, siempre que esté abierto. Hay abundante literatura sobre el uso de Coney Island como emplazamiento de terror, a pesar de ser un lugar de ocio. Tenemos ejemplos de ficciones como &#39;Mr. Robot&#39;, en el que el protagonista se disocia en su sede ubicada en la isla neoyorkina o &#39;La broma asesina&#39;, donde el Joker (arquetipo último del loco, del mentiroso y epítome del caos) lleva al comisario Gordon para romper su identidad dentro de una sala de espejos. Aunque el caso más conocido de parque temático heterotópico explícito en la ficción es, sin duda, &#39;Parque Jurásico&#39;.
&#39;Parque Jurásico&#39; (1993) está basada en una novela del mismo nombre escrita por Michael Crichton. El argumento es bien conocido: un grupo de científicos queda atrapado en un parque de atracciones que basa su atractivo en haber revivido a los dinosaurios. No hay ninguna duda sobre la conceptualización capitalista del jardín, en el que no reparan en gastos para agasajar con una experiencia absolutamente única a sus visitantes. Como en &#39;Westworld&#39;, los moradores reales de la heterotopía se rebelan ante unos visitantes que no desean porque les perturban en su búsqueda de identidad. Allí encuentran una manera de ser diferente, una autoconciencia, una adaptación evolutiva. No nos podemos olvidar de las caras de asombro cuando encuentran que los dinosaurios, todos hembra, han encontrado maneras de reproducirse. La vida se abre paso. Y es que la realidad y la ficción crean criaturas que escapan al control humano, por más que el espacio esté medido y procesado. En &#39;Parque Jurásico&#39; es la reproducción y en &#39;Westworld&#39; es la rebelión.</p>

<p>Un parque de atracciones es una experiencia vital de autodescubrimiento, para padres y niños. Un ocio basado en lo previsible. Una re-escenificación del Mundo, utilizando códigos y herramientas de trabajo que ya no responden a criterios humanos. En la antigua película de los 60 “Almas de Metal” uno de los supervisores le espeta a un técnico que intenta arreglar a un ginoide “Ya no sabemos cómo funcionan, son robots que construyen robots”. Ese momento es decisivo. Los noides no responden a una lógica humana, aunque parezcan humanos. Nos han transcendido y dejado atrás, pero esto no supone ninguna mejora para nosotros, al revés.
Por eso la heterotopía que tiene fronteras es un espacio parcialmente vacío. Si tuviera moradores, como las hadas del fondo del jardín, sería un territorio vedado para nosotros. Su existencia veda nuestra presencia. El mundo de los noides, el de los niños y el de los animales coexiste con el nuestro pero mantiene muros invisibles e indivisibles. En Westworld el camino laberíntico de Dolores, la ginoide protagonista, está reservado a ella. Aunque William (protagonista masculino humano) lo quiera recorrer no puede hacerlo, él no está iniciado y como no conoce los códigos, no puede re-conocer los códigos. Si nos fijamos en su devenir, William trata de explorar todas y cada una de las narrativas, creyendo que conocer el movimiento de todo el sistema le hará comprenderlo. Esta postura de existir en un universo determinista en el que, por repetición, todas las opciones habrán de darse, se revela como falsa. Hay eventos únicos, singulares, a partir de los cuales no es posible determinar qué sucederá. La teoría del caos se introduce entre las fisuras de ese orden milimétrico, tecnológico y limpio. Hay muchos cables sueltos esta noche, como diría Motoko Kusanagi.
En Westworld la tecnología es el paisaje. Nada existe que no sea artificial. Aquí podríamos hablar de la teoría de las ideas de Platón, de cómo los referentes naturales se transforman en algo distinto al ser pasados por un tamiz de una tecnología que ya no es apertura de modos de vida, como sí es una herramienta, si no que restringe la narrativa vital a aquello que el Tecno-Demiurgo decide que será. La tecnología no es neutral, siempre moldea la realidad (y la ficción). El libre albedrío siempre es posible pero cada vez se torna más difícil ejercerlo por la opresión del espacio construido. Si el espacio rellena todos los huecos del individuo, a este sólo le queda amoldar su crecimiento a lo que el topos le permita. A duras penas podrá modificar esa piedra que contiene el fluido que somos. Sólo con esfuerzo se consigue transcender, ese es el mantra de Heidegger y de Nietzsche. Al final, somos seres en el tiempo. O en el espacio, que dice Haraway en su &#39;Manifiesto Cíborg&#39; (cuya lectura recomiendo fuertemente).</p>

<p>En el dualismo de Ghost in the Shell&#39; (1995) encontramos otro tipo de heterotopía. Si la de los parques de atracciones tiene unas fronteras claras para los visitantes y los moradores (aunque los habitantes puedan encontrar dentro una gradación desde el orden hacia el caos, a medida que se alejan de lo conocido y se acercan a la frontera), existen otro tipo de espacio en los que los límites están desdibujados y permanece completamente abierto. La ciudad, un neo-HongKong futurista y contrastado, sin la limpieza de otras scifi, es una heterotopía completa cuyos límites no son perceptibles. Aunque se esté dentro, se permanece siempre afuera. La ciudad es un espejo constante que nos devuelve preguntas sobre nuestra percepción. Motoko se pregunta si es humana, si es real. Batou, su compañero le dice que la tratan como a un humano y eso es todo lo que importa. Y ahí nos preguntamos, ¿la identidad humana viene desde dentro o es algo que se construye desde fuera, que te devuelve la sociedad, como un hecho, como una fotografía? Quizás también lo sea. Si por dentro somos posibilidad, por fuera somos hecho. La ciudad dirige las posibilidades para que nos concretemos. Y crecemos a su su sombra y su abrigo.
Lo que comparten Motoko y Dolores e incluso Maeve, cuyo proceso de autoconciencia se parece al que vuelve loco a Deadpool (de los pocos súperheroes conscientes en el Multiverso Marvel de su condición de ser ficticio), es que la heterotopía es abierta. Ellas viven dentro de la zona más extrema, en la zona abierta, casi afuera. Ese momento de gravedad suspendida es el que les permite construir su identidad a través de su cuerpo. ¿Qué es nadie, si no su cuerpo? No podemos disociarnos de él, ni por un segundo. Todos los monstruos de la ficción viven a través de su cuerpo: las momias, los vampiros, el monstruo de Frankenstein. Es el sueño de transcender de esos límites, el de ser libres sin ningún atisbo de duda, el de ser hecho, ser Dios, el que las mueve. Motoko dice “me siento confinada porque sólo puedo expandirme con límites”. Dolores afirma que quiere ser libre. Maeve, dentro de su furia, quiere desatar un apocalipsis que la libere, cartáticamente. Es el cuerpo lo que las confina, aunque una de ellas logra escapar mediante la singularidad que hablábamos antes. Motoko se funde en un evento nunca antes realizado con una IA autoconsciente, el proyecto 2501, en uno de los episodios más románticos del cyberpunk. En “Akira” Tetsuo no puede controlarse orgánicamente, sólo cuando se libera de lo biológico logra transcender. En “Watchmen”, el Dr. Manhattan puede desmaterializarse a voluntad y eso no implica la finalización de su existencia.</p>

<p>Las heterotopías, pues son espacios de transcendencia para nosotros. Hagamos uso de ellas.</p>

<p>Notas:
*Nos porque somos Legión y Legión significa que somos muches.</p>

<p>En próximos episodios hablaremos sobre la identidad. Espero no tardar seis años en publicar de nuevo.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/el-futuro-era-esto-i</guid>
      <pubDate>Mon, 07 Sep 2026 10:51:58 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>La chica de porcelana rota (dos veces)</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/la-chica-de-porcelana-rota-dos-veces</link>
      <description>&lt;![CDATA[La chica de porcelana rota (dos veces)&#xA;&#xA;---&#xA;&#xA;Polvo fuimos y polvo seremos, porque hay niveles de ruptura de los que no puedes salir indemne. &#xA;&#xA;He pasado los últimos años intentando hacer para recuperarme pensándome como un jarroncito de porcelana al que echan loctite, contando los trozos que se me desprendían y guardándolos hasta saber cómo volver a pegarlos. Tratando de recordar el orden en el que me había roto para conjurar un hechizo de tiempo-atrás que permitiera reconstruir todo lo que iba desagregándose de mi core. He parado todo lo que no era esencial: escribir, incluso. Me dije a mí misma &#34;si me hago lo suficientemente pequeña no tendré que temer perder más partes porque no habrá nada que perder&#34;. Y así me encerré en la vuelta a los básicos: comer, ducharme, dormir. No ha funcionado. &#xA;&#xA;Intenté buscar ayuda en lo institucional: procesos de diagnóstico, evaluaciones, discapacidades, dependencias, peticiones de servicios que nunca llegan... Los servicios públicos son insuficientes y ahí estaba yo, un núcleo palpitante que sólo aspiraba a las funciones mínimas esperando por un rayo de luz que le permitiera viajar a otro planeta. &#xA;&#xA;Me he perdido. Me he perdido. Me he perdido. Ya no sé quién soy aparte de unos trozos de porcelana recogidos y empolvorizados. No hay milagros. No hay luces que te iluminen. Sigo esperando una. &#xA;&#xA;Sin embargo, algo en mi espíritu me dice que podré salir adelante. Quizás la solución sea no intentar conservar nada del core, machacar y volver polvo y mezclar con agua y conformar un nuevo qué, ¿pero cómo? ¿qué forma tendrá? &#xA;&#xA;La red es inmensa. &#xA;&#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>La chica de porcelana rota (dos veces)</p>

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<p>Polvo fuimos y polvo seremos, porque hay niveles de ruptura de los que no puedes salir indemne.</p>

<p>He pasado los últimos años intentando hacer para recuperarme pensándome como un jarroncito de porcelana al que echan loctite, contando los trozos que se me desprendían y guardándolos hasta saber cómo volver a pegarlos. Tratando de recordar el orden en el que me había roto para conjurar un hechizo de tiempo-atrás que permitiera reconstruir todo lo que iba desagregándose de mi core. He parado todo lo que no era esencial: escribir, incluso. Me dije a mí misma “si me hago lo suficientemente pequeña no tendré que temer perder más partes porque no habrá nada que perder”. Y así me encerré en la vuelta a los básicos: comer, ducharme, dormir. No ha funcionado.</p>

<p>Intenté buscar ayuda en lo institucional: procesos de diagnóstico, evaluaciones, discapacidades, dependencias, peticiones de servicios que nunca llegan... Los servicios públicos son insuficientes y ahí estaba yo, un núcleo palpitante que sólo aspiraba a las funciones mínimas esperando por un rayo de luz que le permitiera viajar a otro planeta.</p>

<p>Me he perdido. Me he perdido. Me he perdido. Ya no sé quién soy aparte de unos trozos de porcelana recogidos y empolvorizados. No hay milagros. No hay luces que te iluminen. Sigo esperando una.</p>

<p>Sin embargo, algo en mi espíritu me dice que podré salir adelante. Quizás la solución sea no intentar conservar nada del core, machacar y volver polvo y mezclar con agua y conformar un nuevo qué, ¿pero cómo? ¿qué forma tendrá?</p>

<p>La red es inmensa.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/la-chica-de-porcelana-rota-dos-veces</guid>
      <pubDate>Wed, 02 Sep 2026 10:02:44 +0000</pubDate>
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      <title>La chica de porcelana rota</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/la-chica-de-porcelana-rota</link>
      <description>&lt;![CDATA[La chica de porcelana rota&#xA;&#xA;Mi padre me dijo que pasaría y no le creí. &#xA;&#xA;Era una de las raras ocasiones en las que hemos quedado a solas con la excusa de un café para hablar. Nos marchábamos ya de la cafetería, cerca de una estación de tren. Mientras sorteaba a lo que parecían unos turistas, me acertó a decir, con algo de incomodidad, que no sabía cómo tomarse eso de que contara mi trastorno en público. &#34;No me malinterpretes, sólo es que no quiero que te hagan daño. La gente usa la información para herirte y tú eres tan transparente que a veces me asusto&#34;. Mentiría si contara ahora que algo en mi interior no se removió violentamente contra él: ¿cómo era posible que alguien lastimara a otro ser igual a él por un trastorno? Le intenté hacer entender, reprimiendo un enfado irracional, que no comprendía que ese tipo de cosas sucedieran, que no era posible. Como respuesta sólo obtuve una mirada triste; una mirada que sólo ahora alcanzo a comprender en toda su magnitud.&#xA;&#xA;Esas personas existen y me las he cruzado a lo largo de mi vida sin saberlo, culpándome por haber sido extraña, con una comunicación complicada. No en vano, el intercambio oral nunca ha sido mi fuerte. Mi cerebro piensa despacio y las conversaciones son demasiado inmediatas. Me los encontré en el colegio, donde era presa fácil por mi tendencia a la soledad. Luego tuve algunas relaciones de amistad o de amor en las que, cuando no conseguían lo que necesitaban, usaban mi trastorno en mi contra. Aprendí el significado de &#34;hacer luz de gas&#34; asfixiándome dentro de esas linternas parpadeantes; pero nunca me preocupé por las consecuencias porque pensaba -pienso- que era importante ayudar a otros con mi experiencia. Aprender de los errores de uno es inteligente pero aprender de los errores de los demás, oh amigos, eso sí es sabio.&#xA;&#xA;---&#xA;&#xA;No soy un modelo. Soy una persona con un trastorno de personalidad que vive con sus padres, trabaja de limpiadora y tiene como única posesión un coche viejo y lleno de peluches. No soy un paradigma de nada ni pedí serlo nunca. No tengo razón ni me importa tenerla. Estoy viva para aprender y para intercambiar experiencias. Pero a veces es muy duro mantenerse en pie, seguir adelante y no desfallecer. No, no soy un ejemplo. Sólo quiero escribir, en realidad, para mí. Para ordenar mis ideas. He escrito desde siempre pero no publicaba nada porque, bueno, con sinceridad nunca pensé que nadie pudiera entenderme. Era un error absoluto, un pensamiento propio de una narcisista infantil que se siente aislada del mundo. La realidad es que lo que yo he vivido lo viven a diario miles de personas. Mi vida, la de todos, tiene un sentimiento patético (en el sentido griego) que trasciende nuestra existencia y empapa a generaciones durante milenios. Mi tragedia ya ha sido contada, con pequeñas iteraciones, desde el principio de nuestra conciencia. Y en ese saberme dentro de una comunidad se encaja mi decisión de publicar mi vivencia. No soy excepcional y quiero participar en mi cultura de la única manera que sé: dando coherencia a mis pensamientos por escrito.&#xA;&#xA;He hablado sobre mi sexualidad y cómo me sentía con respecto a ella. La respuesta que recibí fue heterogénea, casi siempre enriquecedora, pero también me ha costado romper una relación en unos términos muy dolorosos y que mucha gente cuestione mi salud mental, desde un punto de vista no profesional. He recibido ayuda, apoyo y mensajes en los que se me hacía confidente de abusos y experiencias similares. Y también mucha críticas. Todo eso me ayuda a crecer como persona. Obtengo mucho más conocimiento de lo que soy capaz de entregar. No creo que deje de ser transparente, aunque a veces me contraiga y convulsione por el dolor. El dolor es pasajero pero soy su vehículo y puedo decidir a quién llevo dentro. A veces lloro y a veces me desespero. A veces miro a los demás sin entender qué hago aquí. Y siempre me repito lo mismo: estás profundizando.&#xA;&#xA;Mi padre tenía razón, quien lo desee usará los medios a su disposición para dañarme y quizás ni siquiera exista un motivo consciente detrás. A lo mejor represento la encarnación de una idea que aborrecen; pueden ser sádicos que disfrutan con el dolor ajeno, también existe la posibilidad de que yo les haya hecho daño voluntaria o involuntariamente. A pesar de que estaba en lo cierto y no lo supe ver, mi contestación no ha variado ni un milímetro: Quien desee romperme lo hará, aunque me esconda tras siete velos y bajo llave.&#xA;&#xA;---&#xA;&#xA;La brisa me acaricia la cara, mis pies desnudos sienten el frío del suelo enlosado de la pequeña terraza de la casa de mis padres. Estoy en mi silla favorita, una silla playera de plástico en la que paso horas leyendo y mirando el monte que tengo enmarcado por un eucalipto y una chimenea industrial. Mientras he ido avanzando en el texto -está escrito de un golpe, sin revisar- mi corazón se ha ido descongelando. Me vienen imágenes dulces, de personas que me han permitido entrar en sus vidas y ser partícipe de su viaje. Me resuenan palabras y letras de amor que me envían. Al final, el dolor es contingente pero vosotros sois necesarios.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>La chica de porcelana rota</p>

<p>Mi padre me dijo que pasaría y no le creí. </p>

<p>Era una de las raras ocasiones en las que hemos quedado a solas con la excusa de un café para hablar. Nos marchábamos ya de la cafetería, cerca de una estación de tren. Mientras sorteaba a lo que parecían unos turistas, me acertó a decir, con algo de incomodidad, que no sabía cómo tomarse eso de que contara mi trastorno en público. “No me malinterpretes, sólo es que no quiero que te hagan daño. La gente usa la información para herirte y tú eres tan transparente que a veces me asusto”. Mentiría si contara ahora que algo en mi interior no se removió violentamente contra él: ¿cómo era posible que alguien lastimara a otro ser igual a él por un trastorno? Le intenté hacer entender, reprimiendo un enfado irracional, que no comprendía que ese tipo de cosas sucedieran, que no era posible. Como respuesta sólo obtuve una mirada triste; una mirada que sólo ahora alcanzo a comprender en toda su magnitud.</p>

<p>Esas personas existen y me las he cruzado a lo largo de mi vida sin saberlo, culpándome por haber sido extraña, con una comunicación complicada. No en vano, el intercambio oral nunca ha sido mi fuerte. Mi cerebro piensa despacio y las conversaciones son demasiado inmediatas. Me los encontré en el colegio, donde era presa fácil por mi tendencia a la soledad. Luego tuve algunas relaciones de amistad o de amor en las que, cuando no conseguían lo que necesitaban, usaban mi trastorno en mi contra. Aprendí el significado de “hacer luz de gas” asfixiándome dentro de esas linternas parpadeantes; pero nunca me preocupé por las consecuencias porque pensaba -pienso- que era importante ayudar a otros con mi experiencia. Aprender de los errores de uno es inteligente pero aprender de los errores de los demás, oh amigos, eso sí es sabio.</p>

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<p>No soy un modelo. Soy una persona con un trastorno de personalidad que vive con sus padres, trabaja de limpiadora y tiene como única posesión un coche viejo y lleno de peluches. No soy un paradigma de nada ni pedí serlo nunca. No tengo razón ni me importa tenerla. Estoy viva para aprender y para intercambiar experiencias. Pero a veces es muy duro mantenerse en pie, seguir adelante y no desfallecer. No, no soy un ejemplo. Sólo quiero escribir, en realidad, para mí. Para ordenar mis ideas. He escrito desde siempre pero no publicaba nada porque, bueno, con sinceridad nunca pensé que nadie pudiera entenderme. Era un error absoluto, un pensamiento propio de una narcisista infantil que se siente aislada del mundo. La realidad es que lo que yo he vivido lo viven a diario miles de personas. Mi vida, la de todos, tiene un sentimiento patético (en el sentido griego) que trasciende nuestra existencia y empapa a generaciones durante milenios. Mi tragedia ya ha sido contada, con pequeñas iteraciones, desde el principio de nuestra conciencia. Y en ese saberme dentro de una comunidad se encaja mi decisión de publicar mi vivencia. No soy excepcional y quiero participar en mi cultura de la única manera que sé: dando coherencia a mis pensamientos por escrito.</p>

<p>He hablado sobre mi sexualidad y cómo me sentía con respecto a ella. La respuesta que recibí fue heterogénea, casi siempre enriquecedora, pero también me ha costado romper una relación en unos términos muy dolorosos y que mucha gente cuestione mi salud mental, desde un punto de vista no profesional. He recibido ayuda, apoyo y mensajes en los que se me hacía confidente de abusos y experiencias similares. Y también mucha críticas. Todo eso me ayuda a crecer como persona. Obtengo mucho más conocimiento de lo que soy capaz de entregar. No creo que deje de ser transparente, aunque a veces me contraiga y convulsione por el dolor. El dolor es pasajero pero soy su vehículo y puedo decidir a quién llevo dentro. A veces lloro y a veces me desespero. A veces miro a los demás sin entender qué hago aquí. Y siempre me repito lo mismo: estás profundizando.</p>

<p>Mi padre tenía razón, quien lo desee usará los medios a su disposición para dañarme y quizás ni siquiera exista un motivo consciente detrás. A lo mejor represento la encarnación de una idea que aborrecen; pueden ser sádicos que disfrutan con el dolor ajeno, también existe la posibilidad de que yo les haya hecho daño voluntaria o involuntariamente. A pesar de que estaba en lo cierto y no lo supe ver, mi contestación no ha variado ni un milímetro: Quien desee romperme lo hará, aunque me esconda tras siete velos y bajo llave.</p>

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<p>La brisa me acaricia la cara, mis pies desnudos sienten el frío del suelo enlosado de la pequeña terraza de la casa de mis padres. Estoy en mi silla favorita, una silla playera de plástico en la que paso horas leyendo y mirando el monte que tengo enmarcado por un eucalipto y una chimenea industrial. Mientras he ido avanzando en el texto -está escrito de un golpe, sin revisar- mi corazón se ha ido descongelando. Me vienen imágenes dulces, de personas que me han permitido entrar en sus vidas y ser partícipe de su viaje. Me resuenan palabras y letras de amor que me envían. Al final, el dolor es contingente pero vosotros sois necesarios.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/la-chica-de-porcelana-rota</guid>
      <pubDate>Wed, 02 Sep 2026 09:36:27 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Angustia acumulada</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/angustia-acumulada</link>
      <description>&lt;![CDATA[Angustia acumulada&#xA;&#xA;La primera vez que me despersonalicé estaba sentada en el sofá del salón. No recuerdo bien si era ya de noche porque el vídeo que me llegaba al cerebro a través de los ojos se empezó a emborronar, como si todo él se fundiera en un sólo fotograma incomprensible. Estaba demasiado fascinada para preocuparme hasta que me vi desde fuera y descubrí que no podía interactuar conmigo misma. Me vislumbraba sentada, callada y ya no sabía si me habían suplantado o era yo o estaba muerta o qué carajo me estaba ocurriendo. Observé cómo veía la televisión durante un largo rato. Mi madre me habló y quería responder pero la Otra no parecía hacerme ningún caso. No recuerdo cómo volví a reunirme en una pero supe que ese proceso se repetiría, lo supe.&#xA;&#xA;Tampoco fue una novedad vivir con el miedo a separarme de mi cuerpo, a esa edad -14 años- ya me autolesionaba por completo. Nada de cortes, me quemaba o me hacía heridas enormes que a veces se infectaban por la cantidad de veces que las reabría. Tenía ataques de ansiedad a diario, terrores nocturnos. Me sentía una cáscara vacía en los mejores días. Esa era mi vida diaria desde que tenía conciencia.&#xA;&#xA;Con estos antecedentes muy resumidos uno se puede imaginar que nunca tuve la necesidad de ser consciente de que tenía un trastorno. Que yo tenía algo que no terminaba de encajar era -es- un letrero de neón que llevaba arrastrando del cuello desde pequeña; parecía normal pero no me comportaba normal. No era adrede, lo juro. No es adrede. Sólo es que tengo lo necesario para tener un trastorno: un entorno emocional inestable, abusos, humillaciones, antecedentes familiares y una percepción propia del Mundo, quizás condicionada por las vivencias que me ha tocado padecer.&#xA;&#xA;Nadie puede reconocer una disociación si no está preparado para reconocerla.&#xA;&#xA;Como decía, las despersonalizaciones continuaron. Estaba en la cama y todo se volvía de piedra a mi alrededor o estaba en clase y la profesora hablaba en idiomas que sabía que debía entender pero que mi mente no computaba. Era aterrador. Una vez que entré en terapia descubrí, para mi sorpresa, que no recordaba la mayoría de conflictos en los que estaba involucrada. Simplemente habían desaparecido de mi memoria. Ahí hallé las disociaciones, que eran mucho peores que cualquier despersonalización que hubiera padecido. Eran agujeros negros en los que me transportaba a través del espacio-tiempo a otro lugar en el que, muy seguramente, había tomado una serie de malas decisiones que costaría reparar meses o incluso años.&#xA;&#xA;---&#xA;&#xA;Recuerdo, aunque recordar sea una palabra demasiado grande para esto, que la más duradera y profunda fue durante un fin de semana completo. Pude reconstruir trozos de lo que fue sucediendo pero nunca lo sabré con exactitud. Yo ya estaba diagnosticada. Vivía con mi pareja y estaba en terapia de nuevo. Tenía medicación. Todo se apagó un viernes por la tarde. Estaba en casa e iba a ducharme para salir con mi novio pero (y aquí comienzan los trozos que he recuperado a través de otros) lo llamé para decirle que no quería salir. Cuando él llegó del trabajo me encontró tirada en la cama, sin hablar. Dice que se enfadó y se marchó a casa de sus padres. Y me quedé allí, sola. No le culpo, nadie puede reconocer una disociación si no está preparado para reconocerla. Durante el sábado y el domingo me dediqué a escribir correos electrónicos, críticas de cine y a ver películas. Hablé con mi madre por teléfono sobre Ana Karenina -parece ser que estaba obsesionada con ese libro- y ella tampoco supo reconocer lo que me ocurría. Estaba rara, sí, pero no acertaba a saber qué me pasaba. También sé que me depilé con cuchilla porque encontré una toalla llena de sangre, escondida en un cuarto y tenía las piernas mal depiladas y llenas de cortes. Creo que no salí de mi casa, aunque no puedo asegurarlo. También escribí un texto con mis últimas voluntades por si moría. No tengo idea alguna de si ocurrió algo más. Supongo que nunca lo sabré.&#xA;&#xA;---&#xA;&#xA;A veces, en el trabajo, me encuentro con que han pasado dos horas y he hecho tareas que no recuerdo haber hecho. Me apago. Por eso me obsesiona el orden, los autochequeos, recoger datos de mi actividad para monitorizarla. Siento que no tengo control alguno, ni siquiera sobre mí misma. Y es cierto que no tenemos control pero al menos existe la ilusión de poseerlo.&#xA;No sé qué clase de mensaje estoy lanzando, no sé si sirve para que alguien sienta que no está solo. No doy ninguna solución porque yo tampoco la tengo. Sólo tengo la monitorización y el autoconocimiento como armas para prevenir estas escapadas de mí misma. No sé si llegaré a conocer a la Otra, aunque hay noches en las que me llama. He decidido no contestarle y seguir adelante, construir una estructura que la limite y le de un espacio seguro para no hacerme daño a mí ni a ella. Eso ha significado que no puedo perder el control ni un momento. No puedo desbordarme, tengo que mantener unos niveles de refrigeración del estrés que hagan que la Otra no pueda destrozar nada de lo que he logrado. Mi organismo es una central de fusión nuclear, un aparato de energía que emite una radiación altamente contaminante y el residuo, la ansiedad, alimenta a la Otra.&#xA;&#xA;---&#xA;&#xA;La despersonalización y la disociación son fenómenos de desconexión entre razón y corporeidad. Si una identidad es una amalgama de componentes desconocidos, lo único que se puede inferir de estos procesos de desunión es que hay elementos que son bifásicos y que en una determinada longitud de onda se separan. Digamos que es un espacio vacío, una elipsis interna para administrar la cantidad de dolor que puedes procesar de una sola vez.&#xA;&#xA;---&#xA;&#xA;Tengo miedo.&#xA;Estoy cansada.&#xA;Soy imperfecta .]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Angustia acumulada</p>

<p>La primera vez que me despersonalicé estaba sentada en el sofá del salón. No recuerdo bien si era ya de noche porque el vídeo que me llegaba al cerebro a través de los ojos se empezó a emborronar, como si todo él se fundiera en un sólo fotograma incomprensible. Estaba demasiado fascinada para preocuparme hasta que me vi desde fuera y descubrí que no podía interactuar conmigo misma. Me vislumbraba sentada, callada y ya no sabía si me habían suplantado o era yo o estaba muerta o qué carajo me estaba ocurriendo. Observé cómo veía la televisión durante un largo rato. Mi madre me habló y quería responder pero la Otra no parecía hacerme ningún caso. No recuerdo cómo volví a reunirme en una pero supe que ese proceso se repetiría, lo supe.</p>

<p>Tampoco fue una novedad vivir con el miedo a separarme de mi cuerpo, a esa edad -14 años- ya me autolesionaba por completo. Nada de cortes, me quemaba o me hacía heridas enormes que a veces se infectaban por la cantidad de veces que las reabría. Tenía ataques de ansiedad a diario, terrores nocturnos. Me sentía una cáscara vacía en los mejores días. Esa era mi vida diaria desde que tenía conciencia.</p>

<p>Con estos antecedentes muy resumidos uno se puede imaginar que nunca tuve la necesidad de ser consciente de que tenía un trastorno. Que yo tenía algo que no terminaba de encajar era -es- un letrero de neón que llevaba arrastrando del cuello desde pequeña; parecía normal pero no me comportaba normal. No era adrede, lo juro. No es adrede. Sólo es que tengo lo necesario para tener un trastorno: un entorno emocional inestable, abusos, humillaciones, antecedentes familiares y una percepción propia del Mundo, quizás condicionada por las vivencias que me ha tocado padecer.</p>

<p>Nadie puede reconocer una disociación si no está preparado para reconocerla.</p>

<p>Como decía, las despersonalizaciones continuaron. Estaba en la cama y todo se volvía de piedra a mi alrededor o estaba en clase y la profesora hablaba en idiomas que sabía que debía entender pero que mi mente no computaba. Era aterrador. Una vez que entré en terapia descubrí, para mi sorpresa, que no recordaba la mayoría de conflictos en los que estaba involucrada. Simplemente habían desaparecido de mi memoria. Ahí hallé las disociaciones, que eran mucho peores que cualquier despersonalización que hubiera padecido. Eran agujeros negros en los que me transportaba a través del espacio-tiempo a otro lugar en el que, muy seguramente, había tomado una serie de malas decisiones que costaría reparar meses o incluso años.</p>

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<p>Recuerdo, aunque recordar sea una palabra demasiado grande para esto, que la más duradera y profunda fue durante un fin de semana completo. Pude reconstruir trozos de lo que fue sucediendo pero nunca lo sabré con exactitud. Yo ya estaba diagnosticada. Vivía con mi pareja y estaba en terapia de nuevo. Tenía medicación. Todo se apagó un viernes por la tarde. Estaba en casa e iba a ducharme para salir con mi novio pero (y aquí comienzan los trozos que he recuperado a través de otros) lo llamé para decirle que no quería salir. Cuando él llegó del trabajo me encontró tirada en la cama, sin hablar. Dice que se enfadó y se marchó a casa de sus padres. Y me quedé allí, sola. No le culpo, nadie puede reconocer una disociación si no está preparado para reconocerla. Durante el sábado y el domingo me dediqué a escribir correos electrónicos, críticas de cine y a ver películas. Hablé con mi madre por teléfono sobre Ana Karenina -parece ser que estaba obsesionada con ese libro- y ella tampoco supo reconocer lo que me ocurría. Estaba rara, sí, pero no acertaba a saber qué me pasaba. También sé que me depilé con cuchilla porque encontré una toalla llena de sangre, escondida en un cuarto y tenía las piernas mal depiladas y llenas de cortes. Creo que no salí de mi casa, aunque no puedo asegurarlo. También escribí un texto con mis últimas voluntades por si moría. No tengo idea alguna de si ocurrió algo más. Supongo que nunca lo sabré.</p>

<hr>

<p>A veces, en el trabajo, me encuentro con que han pasado dos horas y he hecho tareas que no recuerdo haber hecho. Me apago. Por eso me obsesiona el orden, los autochequeos, recoger datos de mi actividad para monitorizarla. Siento que no tengo control alguno, ni siquiera sobre mí misma. Y es cierto que no tenemos control pero al menos existe la ilusión de poseerlo.
No sé qué clase de mensaje estoy lanzando, no sé si sirve para que alguien sienta que no está solo. No doy ninguna solución porque yo tampoco la tengo. Sólo tengo la monitorización y el autoconocimiento como armas para prevenir estas escapadas de mí misma. No sé si llegaré a conocer a la Otra, aunque hay noches en las que me llama. He decidido no contestarle y seguir adelante, construir una estructura que la limite y le de un espacio seguro para no hacerme daño a mí ni a ella. Eso ha significado que no puedo perder el control ni un momento. No puedo desbordarme, tengo que mantener unos niveles de refrigeración del estrés que hagan que la Otra no pueda destrozar nada de lo que he logrado. Mi organismo es una central de fusión nuclear, un aparato de energía que emite una radiación altamente contaminante y el residuo, la ansiedad, alimenta a la Otra.</p>

<hr>

<p>La despersonalización y la disociación son fenómenos de desconexión entre razón y corporeidad. Si una identidad es una amalgama de componentes desconocidos, lo único que se puede inferir de estos procesos de desunión es que hay elementos que son bifásicos y que en una determinada longitud de onda se separan. Digamos que es un espacio vacío, una elipsis interna para administrar la cantidad de dolor que puedes procesar de una sola vez.</p>

<hr>

<p>Tengo miedo.
Estoy cansada.
Soy imperfecta .</p>
]]></content:encoded>
      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/angustia-acumulada</guid>
      <pubDate>Thu, 27 Aug 2026 09:59:17 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Los perdedores</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/los-perdedores</link>
      <description>&lt;![CDATA[Los perdedores&#xA;&#xA;Tengo un problema. Bueno, cualquiera diría que tengo varios. Mi hermana habría saltado como un resorte para decir que el problema es mi cara pero que me quiere igual y luego se habría rebozado en el suelo riéndose. Lleva haciendo eso veinte años. Sigue haciéndole gracia. Todo bien, Tamara.&#xA;&#xA;El caso es que tengo un problema: cada vez que programo una tarea tengo que tener el tiempo suficiente para terminarla. No puedo hacerla a la mitad. Si limpio un cuarto, tengo que limpiarlo por completo, entero y a fondo. Si es una casa, una casa. Si es escribir un texto, tengo que hacerlo por completo (como probablemente pase con este). Nunca hago nada a medias ni con interrupciones. Nunca puedo terminar nada porque nada que merezca la pena es cosa de un día, una hora o un momento. Esta vida es una carrera de fondo, un cúmulo de proyectos intercalados. Esto significa que no sé mantener una relación de amistad porque no sé quedar con la gente de manera habitual, no puedo tener vacaciones porque volver al trabajo se convierte en un infierno, no puedo tampoco mantener hábitos porque no sé concatenar acciones ni días ni semanas ni nada que se parezca a una gestión de tiempo.&#xA;En realidad esto no es un artículo sobre gestión del tiempo y productividad, como podría parecer. Voy a hacer un giro de guión y os voy a enseñar al monstruo: todo esto que parece una bendición en términos de sacrificio humano, voluntad de poder y enfoque es el producto último de un trauma inoculado en todo mi sistema. El primer motor es que fui acosada durante toda mi infancia en la escuela. Toda ella. Ni un sólo día de mi vida dejé de rezar, rogar o enfermarme para poder evitar ir. Amaba aprender pero cada vez que se acercaba el lunes volvía a ponerme enferma. Tenía una enfermedad extrañísima que ningún doctor sabía detectar que consistía en dolores de cabeza, vómitos y desmayos. No era nada físico, claro. Era ansiedad.&#xA;&#xA;Después de este giro de guión viene el momento de echar atrás la cinta VHS y enseñar cómo llegó ese monstruo a mi vida. Yo nunca fui normal, entendiendo normal como normativa. Entré en el colegio, en párvulos, después de una guardería bastante movidita en la que logré organizar a todos los niños en una huelga para poder ir descalzos o, en aras de la igualdad, decidí llamar a nuestro cuidador &#34;señorito&#34; porque a las cuidadoras las llamábamos &#34;señoritas&#34; y eso era lo adecuado. Con este par de pinceladas podéis concluir que tenía un TDAH como una casa con terrenos y plantaciones. Y me dí de bruces con una profesora -concedámosle el honor de ser calificada así- que fue expulsada al final de la escuela por cosas como atar a los niños a las sillas. Adivinad. &#xA;&#xA;Exacto.&#xA;&#xA;Mis padres me cambiaron de colegio después de que mi embarazadísima madre le gritara algunas cosas a esa señora, que curiosamente también estaba embarazadísima, pero yo ya creía firmemente que los profesores pegaban. Y que los compañeros se reían de ti. Y que nadie hacía nada. Y las cosas siguieron así. Es verdad que ningún profesor volvió a pegarme pero nadie pensó que tuviera ningún problema. Cuando me hicieron unos tests y resultó que además de autista era ACI, nadie se preocupó demasiado porque mis notas fueran bajísimas. Ni por mis cuantiosas enfermedades. Simplemente yo era vaga y no quería colaborar. No me esforzaba. &#34;Si Galicia quisiera…&#34;&#xA;&#xA;Mis padres me volvieron a cambiar de colegio. Estábamos en quinto de EGB. La incapacidad de mantener relaciones sociales era ya un hecho. Simplemente llegué y asumí que alguien me pegaría o se burlaría de mí, cosa que ocurrió cuando en mi desconexión total con la realidad infantil, hice cosas que estaban fuera de mi rango de edad, como irme a leer sola en el recreo. Nunca disfruté de un cumpleaños, de amigos o de apoyo en la escuela. Tengo, eso sí, cientos de anécdotas de cómo me humillaron mientras que una cantidad ingente de personas -adultos incluidos- miraban.&#xA;&#xA;Al principio luchaba. Luchaba por demostrar que no era rara, que podía hablar con la gente, que era una persona como ellos. Luchaba por una conversación, un saludo. Luchaba por no ser un mueble. Luchaba por agradar. Me fijaba en cómo vestían, cómo se movían o qué leían para imitarles pero siempre se me acababa viendo el cartón. Si hacíamos una fiesta para compartir los regalos de Reyes y jugar, yo me daba cuenta de que sólo tenía libros. Si escuchaban Take That (más tarde fueron los BackStreet Boys, maldita sea hasta fui a un concierto para ver si les parecía interesante a las de mi clase), yo también. Intentaba ser normal. Sólo ser normal.&#xA;&#xA;Lo peor llegó cuando dejé de esforzarme. Un día, de repente, ya no me importó más. Empecé a dejar de defenderme cuando me pegaban, no contestaba a los insultos y asumía que yo era la última en ser elegida para cualquier actividad. La vida era así. He dicho que fue de repente pero os he mentido. Sé exactamente cuando me apagué.&#xA;Una tarde -entonces teníamos clases por la tarde porque lo de la conciliación familiar no funcionaba como ahora, que no es todo campo- mi tutor, que además era el director del colegio, propuso celebrar el Día contra la Intolerancia de la mejor manera que sabía: dejándonos hacer un mural con materiales plásticos variados. Durante el brainstorming de ideas sobre el mural, mi colegio era muy de dejar participar a los alumnos, me asombró la cantidad de compañeros de clase que hablaban sobre solidaridad, tolerancia y respeto a otras culturas. Sobre todo sabiendo que hacía media hora me habían curtido el lomo en el recreo antes de entrar a clase. Como siempre he sido una cínica, me dio un ataque de risa chiquitito.&#xA;&#xA;Error.&#xA;&#xA;El profesor me preguntó que qué me daba risa. No enfadado, con curiosidad. Y cometí mi segundo error: responder con la verdad. Dije que me parecía que todos mis compañeros podrían contribuir a ser más tolerantes si dejaran de pegarme. El silencio se oyó en Iowa. Como mi maestro quería integrarme (&#34;El problema de esta niña es que no se integra&#34;), decidió que lo mejor para descubrir qué ocurría con mi acoso era hacerme salir a la pizarra y que yo fuera apuntando todas las quejas que tenían mis compañeros sobre mí. Una hora de mi vida apuntando cosas como &#34;es fea&#34;, &#34;no me gusta su cara&#34; y otras intelectualidades por el estilo. Una hora. Sin soltar una sola lágrima. Cuando sonó la campana volví a casa, abrí un libro y lloré.&#xA;&#xA;Después de eso, evidentemente, las cosas se pusieron peor. El profesor de gimnasia no me soportaba (que te jodan allá donde estés, B.) y empezó a aprovechar cualquier situación para ponerme en ridículo delante de la clase. Incluso llamó a mi madre para decirle que &#34;escribía raro a propósito para fastidiarlo&#34;. Soy zurda y tengo tendencia a girar el cuaderno para no mancharme de tinta. Mi madre, que es zurda, tuvo que reírse y decirle que ella me enseñó a escribir de esa manera porque era más cómodo. Los alumnos de mi curso y de otros se vieron mágicamente legitimados para ignorarme en el mejor de los casos y joderme la vida en el peor de ellos. No podía esconderme. Sin embargo, nunca lloraba.&#xA;&#xA;Nadie nunca hizo nada en el colegio. Si me pegaban dentro del colegio, nadie había visto nada. Si me insultaban, era cosa de niños. Era aterrador volver y volver y volver y volver a un sitio en el que te maltratan. Y yo volvía siempre. Después de un episodio en el que B. (por favor, que te jodan muy fuerte) decidió reírse de mí en mitad de una clase y echarme la bronca porque hice por completo y sola un trabajo que debía haber realizado con una compañera que se había negado a colaborar conmigo (&#34;eres rara y me voy con mis amigas&#34;), le dije a mi madre que no quería volver nunca más al colegio. Nunca de nunca. Ni a ese ni a otro. A ninguno. Mi madre, en su infinita paciencia, me dijo que todo eso pasaría y que debía ser fuerte. Volví, me enfrenté a ello y me dieron una paliza.&#xA;&#xA;Sé que me dieron la paliza por mi culpa. Me la dieron porque me había blindado tanto que ningún insulto parecía dolerme. Ningún zarandeo ni ninguna humillación eran suficientes para siquiera hacerme enarcar una ceja. Tampoco los empujones o patadas ocasionales que mis profesores achacaban a &#34;la casualidad&#34;. Después de un día en el que nadie logró resquebrajarme, me pegaron en la puerta del colegio. Pero me pegaron bien. No de darte unos bofetones y para casa. No. Entre cuatro o cinco chavales estuvieron pegándome durante un buen rato. Ni siquiera alcé un brazo para defenderme. Intenté irme, pero me cortaron el paso y me tiraron al suelo. Allí me siguieron pegando. Cuando llegué a casa estaba destrozada pero tampoco había llorado. Mi padre insistió en ir a denunciar y, bueno, con once años vas y haces lo que te dice tu padre. Para no extenderme mucho más, diré que la denuncia nunca se puso porque no era imputables y, esto lo juro sobre mi tumba, el policía creía que me dieron la paliza porque le gustaba a alguno de la pandilla.&#xA;Mientras volvía al colegio ese mismo día, -la paliza había sido al mediodía- sin comer, sin denuncia y dolorida mi padre no dejaba de repetir que eso no se quedaría así y que yo debía poner de mi parte para que eso no sucediera. Debía integrarme. Yo iba callada. Cuando llegué al colegio, dejé mi mochila en la línea en la que formábamos para ir a clase. &#xA;Mi padre estaba hablando con el director del colegio en ese momento, que le aseguraba que no podían hacer nada porque eso había sucedido fuera tanto entorno escolar como del horario. Nunca nadie hizo realmente nada pero aprendí una lección de ello: nunca jamás te fíes de nadie. Nunca vuelvas atrás. Nunca doblegado, nunca roto.&#xA;Ahora soy una adulta con profundos problemas adaptativos que es incapaz de volver de vacaciones sin sufrir crisis de ansiedad diarias. Las secuelas han calado como sangre fresca en mi personalidad. Sin embargo, mis agresores me saludan con alegría cuando me los encuentro. Y nunca nadie les ha hecho pagar todo el sufrimiento que han causado.&#xA;&#xA;Si estás sufriendo acoso escolar en este momento y me estás leyendo, lo siento. Querría decirte algo positivo, estoy segura de que algo habrá mejorado la situacion en este lapso de tiempo, pero soy incapaz de animarte porque sé exactamente por lo que estás pasando. No lo vas a tener fácil. Consigue una terapia lo más pronto que puedas y, si puedes, huye. Si no puedes huir, blíndate. Sobrevive. Las víctimas siempre son las que pagan pero si puedes sobrevivir o escapar del infierno tienes la oportunidad de reinventarte. Yo estoy en ello. Eso es lo más que puedo decirte.&#xA;&#xA;Si nunca sufriste acoso escolar y miraste, que te jodan. Si acosaste o pegaste a alguien &#34;flojito&#34;, que te jodan. Nadie se reía excepto tú y has destrozado, al menos, una vida. Sé que igual estás leyendo esto y piensas que no va contigo pero te equivocas. Si no estás siendo parte de la solución, estás siendo parte del problema. Elige bando, yo no tuve esa oportunidad.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Los perdedores</p>

<p>Tengo un problema. Bueno, cualquiera diría que tengo varios. Mi hermana habría saltado como un resorte para decir que el problema es mi cara pero que me quiere igual y luego se habría rebozado en el suelo riéndose. Lleva haciendo eso veinte años. Sigue haciéndole gracia. Todo bien, Tamara.</p>

<p>El caso es que tengo un problema: cada vez que programo una tarea tengo que tener el tiempo suficiente para terminarla. No puedo hacerla a la mitad. Si limpio un cuarto, tengo que limpiarlo por completo, entero y a fondo. Si es una casa, una casa. Si es escribir un texto, tengo que hacerlo por completo (como probablemente pase con este). Nunca hago nada a medias ni con interrupciones. Nunca puedo terminar nada porque nada que merezca la pena es cosa de un día, una hora o un momento. Esta vida es una carrera de fondo, un cúmulo de proyectos intercalados. Esto significa que no sé mantener una relación de amistad porque no sé quedar con la gente de manera habitual, no puedo tener vacaciones porque volver al trabajo se convierte en un infierno, no puedo tampoco mantener hábitos porque no sé concatenar acciones ni días ni semanas ni nada que se parezca a una gestión de tiempo.
En realidad esto no es un artículo sobre gestión del tiempo y productividad, como podría parecer. Voy a hacer un giro de guión y os voy a enseñar al monstruo: todo esto que parece una bendición en términos de sacrificio humano, voluntad de poder y enfoque es el producto último de un trauma inoculado en todo mi sistema. El primer motor es que fui acosada durante toda mi infancia en la escuela. Toda ella. Ni un sólo día de mi vida dejé de rezar, rogar o enfermarme para poder evitar ir. Amaba aprender pero cada vez que se acercaba el lunes volvía a ponerme enferma. Tenía una enfermedad extrañísima que ningún doctor sabía detectar que consistía en dolores de cabeza, vómitos y desmayos. No era nada físico, claro. Era ansiedad.</p>

<p>Después de este giro de guión viene el momento de echar atrás la cinta VHS y enseñar cómo llegó ese monstruo a mi vida. Yo nunca fui normal, entendiendo normal como normativa. Entré en el colegio, en párvulos, después de una guardería bastante movidita en la que logré organizar a todos los niños en una huelga para poder ir descalzos o, en aras de la igualdad, decidí llamar a nuestro cuidador “señorito” porque a las cuidadoras las llamábamos “señoritas” y eso era lo adecuado. Con este par de pinceladas podéis concluir que tenía un TDAH como una casa con terrenos y plantaciones. Y me dí de bruces con una profesora -concedámosle el honor de ser calificada así- que fue expulsada al final de la escuela por cosas como atar a los niños a las sillas. Adivinad.</p>

<p>Exacto.</p>

<p>Mis padres me cambiaron de colegio después de que mi embarazadísima madre le gritara algunas cosas a esa señora, que curiosamente también estaba embarazadísima, pero yo ya creía firmemente que los profesores pegaban. Y que los compañeros se reían de ti. Y que nadie hacía nada. Y las cosas siguieron así. Es verdad que ningún profesor volvió a pegarme pero nadie pensó que tuviera ningún problema. Cuando me hicieron unos tests y resultó que además de autista era ACI, nadie se preocupó demasiado porque mis notas fueran bajísimas. Ni por mis cuantiosas enfermedades. Simplemente yo era vaga y no quería colaborar. No me esforzaba. “Si Galicia quisiera…”</p>

<p>Mis padres me volvieron a cambiar de colegio. Estábamos en quinto de EGB. La incapacidad de mantener relaciones sociales era ya un hecho. Simplemente llegué y asumí que alguien me pegaría o se burlaría de mí, cosa que ocurrió cuando en mi desconexión total con la realidad infantil, hice cosas que estaban fuera de mi rango de edad, como irme a leer sola en el recreo. Nunca disfruté de un cumpleaños, de amigos o de apoyo en la escuela. Tengo, eso sí, cientos de anécdotas de cómo me humillaron mientras que una cantidad ingente de personas -adultos incluidos- miraban.</p>

<p>Al principio luchaba. Luchaba por demostrar que no era rara, que podía hablar con la gente, que era una persona como ellos. Luchaba por una conversación, un saludo. Luchaba por no ser un mueble. Luchaba por agradar. Me fijaba en cómo vestían, cómo se movían o qué leían para imitarles pero siempre se me acababa viendo el cartón. Si hacíamos una fiesta para compartir los regalos de Reyes y jugar, yo me daba cuenta de que sólo tenía libros. Si escuchaban Take That (más tarde fueron los BackStreet Boys, maldita sea hasta fui a un concierto para ver si les parecía interesante a las de mi clase), yo también. Intentaba ser normal. Sólo ser normal.</p>

<p>Lo peor llegó cuando dejé de esforzarme. Un día, de repente, ya no me importó más. Empecé a dejar de defenderme cuando me pegaban, no contestaba a los insultos y asumía que yo era la última en ser elegida para cualquier actividad. La vida era así. He dicho que fue de repente pero os he mentido. Sé exactamente cuando me apagué.
Una tarde -entonces teníamos clases por la tarde porque lo de la conciliación familiar no funcionaba como ahora, que no es todo campo- mi tutor, que además era el director del colegio, propuso celebrar el Día contra la Intolerancia de la mejor manera que sabía: dejándonos hacer un mural con materiales plásticos variados. Durante el brainstorming de ideas sobre el mural, mi colegio era muy de dejar participar a los alumnos, me asombró la cantidad de compañeros de clase que hablaban sobre solidaridad, tolerancia y respeto a otras culturas. Sobre todo sabiendo que hacía media hora me habían curtido el lomo en el recreo antes de entrar a clase. Como siempre he sido una cínica, me dio un ataque de risa chiquitito.</p>

<p>Error.</p>

<p>El profesor me preguntó que qué me daba risa. No enfadado, con curiosidad. Y cometí mi segundo error: responder con la verdad. Dije que me parecía que todos mis compañeros podrían contribuir a ser más tolerantes si dejaran de pegarme. El silencio se oyó en Iowa. Como mi maestro quería integrarme (“El problema de esta niña es que no se integra”), decidió que lo mejor para descubrir qué ocurría con mi acoso era hacerme salir a la pizarra y que yo fuera apuntando todas las quejas que tenían mis compañeros sobre mí. Una hora de mi vida apuntando cosas como “es fea”, “no me gusta su cara” y otras intelectualidades por el estilo. Una hora. Sin soltar una sola lágrima. Cuando sonó la campana volví a casa, abrí un libro y lloré.</p>

<p>Después de eso, evidentemente, las cosas se pusieron peor. El profesor de gimnasia no me soportaba (que te jodan allá donde estés, B.) y empezó a aprovechar cualquier situación para ponerme en ridículo delante de la clase. Incluso llamó a mi madre para decirle que “escribía raro a propósito para fastidiarlo”. Soy zurda y tengo tendencia a girar el cuaderno para no mancharme de tinta. Mi madre, que es zurda, tuvo que reírse y decirle que ella me enseñó a escribir de esa manera porque era más cómodo. Los alumnos de mi curso y de otros se vieron mágicamente legitimados para ignorarme en el mejor de los casos y joderme la vida en el peor de ellos. No podía esconderme. Sin embargo, nunca lloraba.</p>

<p>Nadie nunca hizo nada en el colegio. Si me pegaban dentro del colegio, nadie había visto nada. Si me insultaban, era cosa de niños. Era aterrador volver y volver y volver y volver a un sitio en el que te maltratan. Y yo volvía siempre. Después de un episodio en el que B. (por favor, que te jodan muy fuerte) decidió reírse de mí en mitad de una clase y echarme la bronca porque hice por completo y sola un trabajo que debía haber realizado con una compañera que se había negado a colaborar conmigo (“eres rara y me voy con mis amigas”), le dije a mi madre que no quería volver nunca más al colegio. Nunca de nunca. Ni a ese ni a otro. A ninguno. Mi madre, en su infinita paciencia, me dijo que todo eso pasaría y que debía ser fuerte. Volví, me enfrenté a ello y me dieron una paliza.</p>

<p>Sé que me dieron la paliza por mi culpa. Me la dieron porque me había blindado tanto que ningún insulto parecía dolerme. Ningún zarandeo ni ninguna humillación eran suficientes para siquiera hacerme enarcar una ceja. Tampoco los empujones o patadas ocasionales que mis profesores achacaban a “la casualidad”. Después de un día en el que nadie logró resquebrajarme, me pegaron en la puerta del colegio. Pero me pegaron bien. No de darte unos bofetones y para casa. No. Entre cuatro o cinco chavales estuvieron pegándome durante un buen rato. Ni siquiera alcé un brazo para defenderme. Intenté irme, pero me cortaron el paso y me tiraron al suelo. Allí me siguieron pegando. Cuando llegué a casa estaba destrozada pero tampoco había llorado. Mi padre insistió en ir a denunciar y, bueno, con once años vas y haces lo que te dice tu padre. Para no extenderme mucho más, diré que la denuncia nunca se puso porque no era imputables y, esto lo juro sobre mi tumba, el policía creía que me dieron la paliza porque le gustaba a alguno de la pandilla.
Mientras volvía al colegio ese mismo día, -la paliza había sido al mediodía- sin comer, sin denuncia y dolorida mi padre no dejaba de repetir que eso no se quedaría así y que yo debía poner de mi parte para que eso no sucediera. Debía integrarme. Yo iba callada. Cuando llegué al colegio, dejé mi mochila en la línea en la que formábamos para ir a clase.
Mi padre estaba hablando con el director del colegio en ese momento, que le aseguraba que no podían hacer nada porque  había sucedido fuera tanto entorno escolar como del horario. Nunca nadie hizo realmente nada pero aprendí una lección de ello: nunca jamás te fíes de nadie. Nunca vuelvas atrás. Nunca doblegado, nunca roto.
Ahora soy una adulta con profundos problemas adaptativos que es incapaz de volver de vacaciones sin sufrir crisis de ansiedad diarias. Las secuelas han calado como sangre fresca en mi personalidad. Sin embargo, mis agresores me saludan con alegría cuando me los encuentro. Y nunca nadie les ha hecho pagar todo el sufrimiento que han causado.</p>

<p>Si estás sufriendo acoso escolar en este momento y me estás leyendo, lo siento. Querría decirte algo positivo, estoy segura de que algo habrá mejorado la situacion en este lapso de tiempo, pero soy incapaz de animarte porque sé exactamente por lo que estás pasando. No lo vas a tener fácil. Consigue una terapia lo más pronto que puedas y, si puedes, huye. Si no puedes huir, blíndate. Sobrevive. Las víctimas siempre son las que pagan pero si puedes sobrevivir o escapar del infierno tienes la oportunidad de reinventarte. Yo estoy en ello. Eso es lo más que puedo decirte.</p>

<p>Si nunca sufriste acoso escolar y miraste, que te jodan. Si acosaste o pegaste a alguien “flojito”, que te jodan. Nadie se reía excepto tú y has destrozado, al menos, una vida. Sé que igual estás leyendo esto y piensas que no va contigo pero te equivocas. Si no estás siendo parte de la solución, estás siendo parte del problema. Elige bando, yo no tuve esa oportunidad.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/los-perdedores</guid>
      <pubDate>Mon, 17 Aug 2026 11:50:31 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>La sexualidad inventada</title>
      <link>https://escritura.social/srtagalicia/la-sexualidad-inventada</link>
      <description>&lt;![CDATA[La sexualidad inventada&#xA;&#xA;Recuerdo los muelles de la cama de arriba; estaba tumbada en una litera, desnuda, junto a un chico y me moría de curiosidad por saber qué se sentía al practicar sexo. Debía ser espectacular porque todo, las conversaciones y nuestras interacciones adolescentes, giraban en torno a ello. No es que ese chaval me gustara; se me había declarado y a mí, que no me había hecho caso nadie en toda mi vida, me pareció una oportunidad estupenda para experimentar lo que era una relación. Lo había hecho igual con mi primera tanda de besos de tornillo, dados a un chiquillo que nunca volví a ver. Sólo quería la experiencia.&#xA;&#xA;Los besos me decepcionaron. El sexo, también. La sensación que persiste de esa primera vez es la de tener que contener las ganas de mear. Pensé que me lo haría encima y en cuanto él acabó salí pitando al baño. Había algo de sangre mezclada en la orina; &#34;Ahí va mi virginidad&#34;, cavilé mientras miraba el chorro infinito. No había sentido nada más que incomodidad aunque me conformé con la idea de que era inexperta y, al fin y al cabo, era un ejercicio que tenía que domesticar para disfrutar de ello. Todo el mundo parece encantado: debe molar.&#xA;&#xA;Me lanzé al sexo como el que se tira a beber en un oasis en mitad del desierto. Es verdad que el agua puede estar sucia o que el oasis en realidad es un charco de meado de camello pero tú te afanas por tragar el líquido. Esa ciénaga desértica me apagaba la sed de la validación. Parecía que la gente me abandonaba menos cuando me acostaba con ellos. Parecía que me admitían. Tenía terror a decir que no. Y así llegué a la veintena consumiendo sexo para no sentirme sola aunque seguía sin gustarme ni gota.&#xA;&#xA;A estas alturas del cuento ya es conocido que tengo, además, un trastorno límite de personalidad (y autismo). Los intentos por evitar un abandono real o imaginario son parte de la etiología, como también lo es aprender a ser otra persona. A mí me habían dicho que era guapa, que era morbosa y que sabía besar y mantener relaciones sexuales con bastante eficacia. Eso me daba una identidad y decidí adoptarla.&#xA; &#xA;Consumí hombres como bolsitas de cocaína. Me convertí en una experta en técnicas para complacer, asegurándome que no se notaba el tedio de pasar por el trámite de marras. Además, mi cuerpo parecía responder de una manera independiente a lo que mi cabeza sintiera. Mi organismo se lubricaba, daba señales que no quería conscientemente atribuirme y era difícil salir de una situación en la que todo el mundo parecía estar de acuerdo, incluso una parte de mí. No culpo a los demás ni a mi cuerpo. Estoy sana, respondo fisiológicamente a estímulos concretos. Y las personas con las que yací no sabían de mi revoltijo interno ni de la instrumentalización a la que les sometí. Usé el sexo para sentirme normal pero sólo logré arrepentirme y desear suicidarme.&#xA;&#xA;Los rollos, como digo, eran sencillos. Luego venía la culpa, me sentía sucia y culpable, muy culpable. ¿Por qué me forzaba? Nadie me obligaba a ello, excepto yo; el terror de que nadie quisiera mantener una intimidad conmigo si no era a través de lo erótico era muy real. Veía a los célibes como ángeles elegidos, quería tener fortaleza para no obligarme a lesionarme para obtener la aprobación o el cariño de nadie. El mayor problema, sin embargo, era - y son- las relaciones duraderas.&#xA;&#xA;Claro que me he enamorado, de manera genuina. Y todas han acabado mal. Fatal. Horrible. Cthulhu revisionado en relación romántica. Al principio todo era maravilloso porque había encontrado a un hombre que me aceptaba pese a mis taras y eso me arreglaría. Me había salvado el amor, Disney daba saltos de alegría en su tumba y todo el tema. Lo malo es que los espejismos se desvanecen según te acercas a ellos y yo era un espejismo. Mis parejas pensaban (alguno todavía lo piensa con verdadera fiereza) que mis sentimientos eran fingidos. No les culpo, tampoco. Ni siquiera yo sabía qué me ocurría y todo lo achacaba a que mi sistema estaba o roto o corrupto o todas las anteriores.&#xA;&#xA;Según mejoraba mi estabilidad mental, más fuerte me sentía para decir no. Sólo mantenía relaciones en momentos especiales, dispersos en el tiempo, dándome tiempo a recuperarme de cada encuentro. Para mí es una actividad que me carcome: Tengo que focalizarme, tengo que luchar contra mí misma, contra la construcción que tengo hecha desde hace años y tengo que disfrutar. Todo es obligación. Y he tenido recaídas en los antiguos hábitos. Recuerdo una noche en la que estaba jodida que me acosté con un amigo. Cuando terminamos y fui a la ducha, apoyada contra la pared húmeda del baño con el chorro de agua trepanándome el cerebro me di cuenta que ni siquiera lo había besado. Había sido la culminación del proceso mecanizador del sexo.&#xA;&#xA;Creí que el poliamor era la solución. En realidad, es una solución parcial. Descargaba gran parte de la cuota de sexo que debía mantener para sostener una relación romántica y me hacía sentir mejor conmigo misma. Pero había cosas que seguían fallando. Todas mis relaciones terminan en la evitación de contextos potencialmente eróticos. Y, por fin, este lunes escuché un programa de radio que me explicó punto por punto que no tengo ningún problema. Que puedo tener relaciones profundas, románticas y enriquecedoras sin la parte que me destroza. Después de haberlo probado todo, es liberador. No sé si soy asexual pero, ciertamente, soy algo no-necesariamente-sexual. Y hoy os lo cuento porque quiero que sepáis que no estoy rota ni necesito ayuda para repararme ni nada parecido, ahora lo he entendido.&#xA;&#xA;El feminismo también consiste en reapoderarte de tu expresión sexual; Me siento más empoderada hoy que puedo decir aquí que no quiero una relación con un sexo como elemento necesario y fundamental. Me siento más yo, más libre. Escribir esto ha sido mejor que cualquier promesa de orgasmo. Gracias por compartirlo conmigo.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>La sexualidad inventada</p>

<p>Recuerdo los muelles de la cama de arriba; estaba tumbada en una litera, desnuda, junto a un chico y me moría de curiosidad por saber qué se sentía al practicar sexo. Debía ser espectacular porque todo, las conversaciones y nuestras interacciones adolescentes, giraban en torno a ello. No es que ese chaval me gustara; se me había declarado y a mí, que no me había hecho caso nadie en toda mi vida, me pareció una oportunidad estupenda para experimentar lo que era una relación. Lo había hecho igual con mi primera tanda de besos de tornillo, dados a un chiquillo que nunca volví a ver. Sólo quería la experiencia.</p>

<p>Los besos me decepcionaron. El sexo, también. La sensación que persiste de esa primera vez es la de tener que contener las ganas de mear. Pensé que me lo haría encima y en cuanto él acabó salí pitando al baño. Había algo de sangre mezclada en la orina; “Ahí va mi virginidad”, cavilé mientras miraba el chorro infinito. No había sentido nada más que incomodidad aunque me conformé con la idea de que era inexperta y, al fin y al cabo, era un ejercicio que tenía que domesticar para disfrutar de ello. Todo el mundo parece encantado: debe molar.</p>

<p>Me lanzé al sexo como el que se tira a beber en un oasis en mitad del desierto. Es verdad que el agua puede estar sucia o que el oasis en realidad es un charco de meado de camello pero tú te afanas por tragar el líquido. Esa ciénaga desértica me apagaba la sed de la validación. Parecía que la gente me abandonaba menos cuando me acostaba con ellos. Parecía que me admitían. Tenía terror a decir que no. Y así llegué a la veintena consumiendo sexo para no sentirme sola aunque seguía sin gustarme ni gota.</p>

<p>A estas alturas del cuento ya es conocido que tengo, además, un trastorno límite de personalidad (y autismo). Los intentos por evitar un abandono real o imaginario son parte de la etiología, como también lo es aprender a ser otra persona. A mí me habían dicho que era guapa, que era morbosa y que sabía besar y mantener relaciones sexuales con bastante eficacia. Eso me daba una identidad y decidí adoptarla.</p>

<p>Consumí hombres como bolsitas de cocaína. Me convertí en una experta en técnicas para complacer, asegurándome que no se notaba el tedio de pasar por el trámite de marras. Además, mi cuerpo parecía responder de una manera independiente a lo que mi cabeza sintiera. Mi organismo se lubricaba, daba señales que no quería conscientemente atribuirme y era difícil salir de una situación en la que todo el mundo parecía estar de acuerdo, incluso una parte de mí. No culpo a los demás ni a mi cuerpo. Estoy sana, respondo fisiológicamente a estímulos concretos. Y las personas con las que yací no sabían de mi revoltijo interno ni de la instrumentalización a la que les sometí. Usé el sexo para sentirme normal pero sólo logré arrepentirme y desear suicidarme.</p>

<p>Los rollos, como digo, eran sencillos. Luego venía la culpa, me sentía sucia y culpable, muy culpable. ¿Por qué me forzaba? Nadie me obligaba a ello, excepto yo; el terror de que nadie quisiera mantener una intimidad conmigo si no era a través de lo erótico era muy real. Veía a los célibes como ángeles elegidos, quería tener fortaleza para no obligarme a lesionarme para obtener la aprobación o el cariño de nadie. El mayor problema, sin embargo, era - y son- las relaciones duraderas.</p>

<p>Claro que me he enamorado, de manera genuina. Y todas han acabado mal. Fatal. Horrible. Cthulhu revisionado en relación romántica. Al principio todo era maravilloso porque había encontrado a un hombre que me aceptaba pese a mis taras y eso me arreglaría. Me había salvado el amor, Disney daba saltos de alegría en su tumba y todo el tema. Lo malo es que los espejismos se desvanecen según te acercas a ellos y yo era un espejismo. Mis parejas pensaban (alguno todavía lo piensa con verdadera fiereza) que mis sentimientos eran fingidos. No les culpo, tampoco. Ni siquiera yo sabía qué me ocurría y todo lo achacaba a que mi sistema estaba o roto o corrupto o todas las anteriores.</p>

<p>Según mejoraba mi estabilidad mental, más fuerte me sentía para decir no. Sólo mantenía relaciones en momentos especiales, dispersos en el tiempo, dándome tiempo a recuperarme de cada encuentro. Para mí es una actividad que me carcome: Tengo que focalizarme, tengo que luchar contra mí misma, contra la construcción que tengo hecha desde hace años y tengo que disfrutar. Todo es obligación. Y he tenido recaídas en los antiguos hábitos. Recuerdo una noche en la que estaba jodida que me acosté con un amigo. Cuando terminamos y fui a la ducha, apoyada contra la pared húmeda del baño con el chorro de agua trepanándome el cerebro me di cuenta que ni siquiera lo había besado. Había sido la culminación del proceso mecanizador del sexo.</p>

<p>Creí que el poliamor era la solución. En realidad, es una solución parcial. Descargaba gran parte de la cuota de sexo que debía mantener para sostener una relación romántica y me hacía sentir mejor conmigo misma. Pero había cosas que seguían fallando. Todas mis relaciones terminan en la evitación de contextos potencialmente eróticos. Y, por fin, este lunes escuché un programa de radio que me explicó punto por punto que no tengo ningún problema. Que puedo tener relaciones profundas, románticas y enriquecedoras sin la parte que me destroza. Después de haberlo probado todo, es liberador. No sé si soy asexual pero, ciertamente, soy algo no-necesariamente-sexual. Y hoy os lo cuento porque quiero que sepáis que no estoy rota ni necesito ayuda para repararme ni nada parecido, ahora lo he entendido.</p>

<p>El feminismo también consiste en reapoderarte de tu expresión sexual; Me siento más empoderada hoy que puedo decir aquí que no quiero una relación con un sexo como elemento necesario y fundamental. Me siento más yo, más libre. Escribir esto ha sido mejor que cualquier promesa de orgasmo. Gracias por compartirlo conmigo.</p>
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      <guid>https://escritura.social/srtagalicia/la-sexualidad-inventada</guid>
      <pubDate>Sun, 16 Aug 2026 21:00:25 +0000</pubDate>
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      <title>Hola, esto no es un test.</title>
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      <description>&lt;![CDATA[Hola, esto no es un test. &#xA;&#xA;Repito.&#xA;&#xA;Esto no es un test.&#xA;&#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Hola, esto no es un test.</p>

<p>Repito.</p>

<p>Esto no es un test.</p>
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      <pubDate>Sun, 16 Aug 2026 20:51:52 +0000</pubDate>
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