Dragones, cuevas y lamparas.
Leía en la app de agregación de videojuegos Stash que un chico habia terminado el Animal Well pero que, parafraseo “Tienes que estar enfermo para conseguirte to los huevos”. Alguna vez he pensado en meterme en el pozo de Animal Well (jeje) porque viendo gameplays en YouTube rebosa ese aire de complejidad e infinitud en los puzzles que te lleva a tener que buscar y rebuscar en cada rincón algo que interactué con otro algo, una pieza que encaje u otra conexión insospechada y te crea una familiaridad con el entorno de tanto recorrerlo cuando al mismo tiempo esa familiaridad te puede hacer perder la claridad de que tienes que buscar sus secretos y que pueden estar delante de tus narices.
Pero ya me hago mayor y he perdido esa capacidad y paciencia de la infancia y la adolescencia de explotar cada juego hasta la saciedad, principalmente por dos razones. La primera, que antes tenía la imaginación suficiente para fantasear sobre lo que podría haber más allá de los propios límites del videojuego programado, visto de forma infantil por supuesto. Y la segunda porque vivíamos con la pensión de mi abuela y una tiendecita de “20 duros” que tenía mi madre junto a una compañera y apenas le daba ni para pagar el autónomo; si veía dos juegos al año me podía dar con un canto en los dientes.
Fue en esos años —creo que en la navidad del 99— que mi madre, imagino que con gran esfuerzo, apareció con una PlayStation y el Spyro 2. Conseguí agenciarme ese día la única televisión del piso, coloqué el disco y me puse a jugar. El primer mapa era una pradera llena de gemas y con una especie de templete, posteriormente entrabas en una cueva en la que había más gemas en una elevación, un puente y unas lamparas que colgaban del techo y por último una zona circular con un potenciador de vuelo para una misión que consistía en encender otro puñado de lamparas con fuego para recibir una recompensa. Terminé la zona y seguí jugando hasta donde pude pero claro, cuando fui a guardar la partida me di cuenta que era imposible, necesitaba otro dispositivo, una memory card, que dado el desconocimiento de mi madre en el aspecto videojueguil pues ni siquiera pensaría en su existencia y en que fuese a hacerme falta. Por suerte un primo me dio una a los tres o cuatro meses pero hasta entonces tuve que empezar el juego cada día y llegar hasta donde llegase para luego apagar la consola y volver a empezar.
En esa repetición eterna buscaba sacar todo lo posible del juego, otras veces probaba hasta donde era capaz de llegar en una sola sesión y claro, como no solía conseguir las habilidades necesarias para acceder a los lugares donde se encontraban los tesoros pues intentaba presionar al juego de alguna manera. Y fue en esa cueva del primer mapa donde mas lo intenté, haciendo algo que ahora evidentemente con mi mentalidad de adulto y mi tiempo de adulto no se me ocurriría repetir indefinidamente: Usar el potenciador de vuelo, entrar en la cueva y encender las lamparas para conseguir el orbe de premio. Era imposible, el juego no estaba diseñado para eso y en el momento que accedía a la cueva, el temporizador de la mejora de vuelo se aceleraba y aunque conseguía encender unas cuantas siempre quedaban dos o tres después de terminarse. Era imposible y creo que aun sabiéndolo intentaba arañar milésimas de segundo, hacer un quiebro entrando por los arcos de acceso a la cueva, lanzar la bocanada de fuego desde un angulo imposible, ir casi rozando el techo para en el último momento de planeo poder avanzar unos metros más. Y nada, obviamente nunca lo logré hasta que no conseguí la habilidad correspondiente. Eso si, seguí jugando como un autentico enfermo, ya con memory card, al único juego que tenia, rebuscando en sus entrañas algo nuevo que hacer, me dejara o no el diseñador. Porque era jugar por jugar, por divertirse y por explorar, no era uno más en la lista a pasarse porque tienes diez más esperándote en el disco duro para fichar, reseñar, puntuar y olvidar.
Cuanto echo de menos disfrutar los videojuegos de esa manera...
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