Un trozo de Anarres

Un blog libertario heterodoxo

Además de su función en la explotación económica de los trabajos creativos, el copyright y las patentes también pretenden proteger la autoría y la integridad de las obras. Sin embargo, sostengo que es posible garantizar esto incluso sin copyright y que, de hecho, el copyright no contribuye a esta protección en absoluto. Para analizar esto, primero es necesario describir los tipos de ataques que pueden comprometer la autoría y la integridad de una obra, así como las motivaciones detrás de ellos.

El ataque más común es el plagio, es decir, la publicación de un texto ajeno sin reconocer al verdadero autor, pudiendo incluso cambiar el título para ocultar su origen. La principal motivación es desviar el reconocimiento (económico o reputacional) que podría haber recibido el autor original hacia otra persona. Es importante notar que esto no implica necesariamente que el autor original hubiera obtenido ese reconocimiento, ya que no hay garantía de que quien accede a una copia alterada hubiera encontrado la original.

Otro tipo de ataque es el inverso: mantener la acreditación de autoría pero modificar el contenido. En este caso, el objetivo no es apropiarse de la reputación ajena, sino dañarla. La motivación puede ser la difamación deliberada, ya sea por animadversión personal o como estrategia para minar la credibilidad del autor y posicionar una obra propia como alternativa legítima.

Un tercer ejemplo de ataque a la integridad de la obra, más particular quizá, sería la apropiación indebida de autoría, es decir, atribuirse la autoría de un libro ajeno publicándolo bajo otro nombre. El objetivo de esta acción sería claramente capitalizar la reputación de un autor más conocido para aumentar los ingresos que podría recibir el autor real de la obra.

Bien, ¿por qué podría ser que estos ataques a la autoría, como el plagio y la difamación, no necesiten de los derechos de propiedad intelectual para ser adecuadamente gestionados en la sociedad? En primer lugar, el plagio puede verse como una estafa, donde el plagiador engaña a quienes adquieren una obra, y estos, como víctimas del fraude, tienen derecho a exigir compensación. Si así lo desean, también podrían destinar parte de esta compensación al autor original. En cuanto a la difamación, el hecho de modificar una obra para dañar la reputación de su creador puede ser abordado legalmente como un delito contra el honor, permitiendo la reparación del daño causado al autor. Cubriendo por último la apropiación indebida de autoría, en este caso, el problema no es la falta de copyright, sino el engaño cometido contra los lectores y, potencialmente, contra el autor real. Este tipo de fraude puede abordarse con mecanismos legales ya existentes que sancionan la estafa y la usurpación de identidad, sin necesidad de recurrir a derechos de propiedad intelectual.

De este modo, podemos ver que los sistemas legales ya cuentan con herramientas suficientes para abordar y sancionar estos ataques sin necesidad de recurrir al copyright. Sin embargo, el verdadero reto es garantizar que los textos, en su integridad, se mantengan accesibles y claros, y aquí es donde el copyright, en lugar de ayudar, puede convertirse en un obstáculo. A continuación, exploraré cómo la proliferación de copias y el acceso público a las versiones originales de los textos, más que el control restrictivo sobre las copias, puede ser un mecanismo más eficaz para detectar y corregir manipulaciones y errores en los contenidos.

Todo texto es, en esencia, un mensaje del autor al lector, materializado en un medio (impreso, manuscrito o digital) y transmitido a través de un canal que involucra a distintos agentes en la producción y distribución de cada copia. Podemos entender los dos casos antes citados como la manipulación del mensaje, o, en términos más técnicos, como la introducción de ruido en el canal de comunicación.

En esencia, tanto el plagio como la difamación son formas de distorsión que pueden proliferar si se mantienen en la oscuridad, es decir, si el acceso a la información sobre su origen es limitado o si los afectados no tienen medios para exponer la falsedad. Por norma general, cuando estas irregularidades son descubiertas, se genera una reacción social que tiende a frenar su circulación.

Esto ocurre de dos maneras principales: 1. Por abstención de quienes podrían distribuirlas: Cuando se identifica una obra plagiada o manipulada, distribuidores y plataformas pueden optar por no seguir difundiendo el contenido falso, ya sea por razones éticas, reputacionales o incluso por temor a ser cómplices de un engaño. 2. Por rechazo moral de los lectores: Si una audiencia detecta que un texto ha sido plagiado o alterado de mala fe, puede elegir no consumirlo y advertir a otros sobre su falsedad, reduciendo así su impacto.

Un ejemplo histórico de esto es la transición de la escritura a mano a la imprenta. Durante la época de los escribas, los errores de copiado, tanto fortuitos como malintencionados, proliferaron a lo largo y ancho de Europa, en tanto que en los distintos centros de saber, había pocas copias para cotejar y corregir dichos errores. Sin embargo la aparición de la imprenta multiplicó el número de copias que había, de modo que las colisiones entre versiones se hicieron más palpables y fueron corregidas, quedando los textos estandarizados de manera progresiva[EIS79,pp108-9]. Este hecho resultó tan significativo que David Hume lo calificó como la ventaja diferencial de la imprenta respecto del método tradicional[EIS79,p112].

Otro ejemplo lo vemos en cómo la imprenta modificó la educación en Europa. Previamente a su aparición, la forma de dar clase consistía en que el profesor dictaba y los alumnos copiaban a mano lo que el profesor dictaba. En este contexto, las desviaciones con respecto al texto constituían una alteración de la información y el profesor que lo hiciera era multado[EIS79,p524]. Con la aparición de la imprenta y la estandarización de los textos, este rol del alumno como mero transmisor del conocimiento dejó de ser necesario, pasando este a ser un generador de conocimientos[EIS79,p291].

Este principio se puede observar también en tecnologías modernas como, por ejemplo. Bitcoin. Bitcoin es un sistema que mantiene la integridad de su historia de transacciones sin una autoridad central. Esto se debe a la replicación de información en múltiples nodos, lo que hace que cualquier intento de manipulación de datos quede inmediatamente expuesto. De manera análoga, la proliferación de copias de un texto permite detectar manipulaciones o alteraciones en su contenido sin necesidad de restricciones artificiales como el copyright.

De este modo, queda demostrado que la proliferación de copias es un mecanismo suficiente para detectar y corregir alteraciones en los textos, ya que permite la comparación entre versiones y la identificación de discrepancias. En este contexto, el copyright no contribuye a este proceso, dado que su propósito no es fomentar la reproducción de copias sino, en todo caso y de manera discutible, incentivar la producción de nuevas obras. De hecho, al restringir la libre circulación de copias, el copyright puede dificultar la detección y corrección de errores o manipulaciones, convirtiéndose más en un obstáculo que en un aliado para la preservación de la integridad y autoría de los textos, y facilitando la proliferación de distorsiones al restringir el arma más efectiva contra ellas: la libre verificación de la información.

Bibliografía: EIS79 – EISENSTEIN, ELISABETH L – The Printing Press as an agent of change Volumes 1 and 2. Editado por Cambridge University Press. 1979 (impresión 2005)