Viajar desde el sofá
Tengo una relación un poco extraña con los viajes. De joven, viajé bastante por España y por Europa, cuando era más difícil viajar. ¿Difícil? Bueno... caro, lento, sin móviles, sin Internet, etc. Nos hacemos a la idea. Les cuento a mis hijos ahora que me iba a la República Checa en autobús, dos días y medio de viaje, y que luego allí hacíamos llamadas a cobro revertido o buscábamos la tarjeta de teléfono más barata, y les queda a los pobres cara de dibujo animado, con la boca abierta hasta el suelo.
Ahora, sin embargo, me da una pereza que me muero. El sofá, la manta y un buen libro o una serie, ejercen un poder erótico e hipnótico sobre mí. Mi compañera de vida lo sabe, y cuando quiere que hagamos un pequeño viaje, comienza una campaña de acoso y derribo paulatino, hasta que no me queda más remedio que claudicar, aceptar que es bueno que me dé un poco el aire, y levantarme del sofá. Eso sí, lo hago despacito y, cuando ella no me ve, le guiño un ojo al sofá y le susurro un tórrido “ahora vuelvo”.
Me he hecho mayor, sí, pero no creo ser el único culpable de todo esto. El mundo del viajar ha cambiado también. Ahora, ser turista es una necesidad. Los medios y las redes sociales nos acosan hasta hacernos creer que si no pasamos la semana santa en Roma (plan que no me puede atraer menos) no somos más que parias. O que gastarse el diez por ciento de tu sueldo anual en un viaje de cuatro días es un “caprichito” que hay que darse, una alegría para el cuerpo. Cuerpo que luego será alimentado a base de pan y agua, porque de algún sitio habrá que recuperar el efectivo.
Legiones de influencers señalan con el dedo y todos agarramos nuestra maleta de cabina y acudimos a la llamada de nuestros amos. La diferencia es que ellos no pagan, cobran. Recuerdo mi última visita a Lisboa, en la que éramos (me incluyo) tantos turistas, que en un tranvía casi sale mi hija pequeña despedida cual rubia bala perdida. Si en algún sitio hay que hacer cola para sacar una foto sin que te estorbe nadie el encuadre, igual deberías preguntarte quién ha decidido ir allí, si tú o el inconsciente colectivo que habita tu teléfono móvil.
Por si todo esto no fuera bastante, tengo que añadir además que hace ya unos cuantos años que vengo padeciendo de problemas intestinales crónicos, lo que dificulta algo más todavía el hecho de viajar, especialmente si te vas a sitios donde el cambio de dieta se note más. Yo, además, tengo por costumbre comer todo lo comible, vaya donde vaya. Mis diarreas me ha costado ser tan abierto de mente (y de esfínter, para qué negarlo).
Todavía recuerdo con cierta ternura a un matrimonio con el que coincidimos en un viaje organizado a China. Como no les gustaba la comida de allí, se las habían ingeniado para llevarse pan de molde y paquetes de jamón serrano envasados al vacío en la maleta. No sé si iba en serio, o si se trataba de una performance sobre los efectos laterales del turbocapitalismo. Les guardo cariño porque pertenecían al sector sanitario y acudieron a mí con Fortasec cuando más lo necesitaba.
Conocí a un señor muy majete en uno de mis viajes de trabajo a Brasil que tenía por costumbre, desde su jubilación, vivir seis meses al año en otro país. Cada año, uno diferente. Acompañado de su esposa, alquilaban un piso en algún pueblo, y se dedicaban a hacer vida de jubilados por allí. Compraban, comían y tomaban el café donde lo hacían los lugareños, ya que evitaban vivir en sitios turísticos. Esto sí que me parece una forma mejor de viajar, pero claro, hay que estar jubilado y tener una pensión que te lo permita.
Porque cuando nos ponemos el disfraz de turista, ¿realmente estamos viajando? ¿Estamos conociendo otra cultura? ¿O sólo la postal artificial creada a propósito para el consumo? Yo mismo me he sentido así en alguna visita guiada, un bulto más dentro de una masa informe que circula, ríe, se asombra, hace fotos y consume. ¿Puede un documental decente, visto en la comodidad de nuestro salón, enseñarnos más sobre un país que el hecho de ir hasta allí? Parece ridículo, pero este mundo en el que vivimos no deja de sorprendernos para mal.
Los centros de nuestras ciudades cada vez se parecen más entre sí. Las mismas tiendas, los mismos bares, los mismos turistas. El viajar, paradigma de la experiencia cultural, se ha convertido en una mercancía más, algo con lo que regatear y conseguir más por menos. Además, nuestros queridos amigos los bancos, siempre pendientes de nuestro bienestar, lanzan líneas de financiación para que no pases el mal trago de ser el único de tu barrio que no se ha ido a París este puente.
¿Sueñan los turistas con franquicias eléctricas? Esto es, ¿tanta ganancia económica nos dejan al visitar nuestras ciudades? Cuando no somos turistas, pero sí lugareños, es cuando le vemos las costuras al fenómeno. Tengo la sensación de que el sistema económico asociado al turismo se parece cada vez más a una economía circular, pero en el mal sentido. Gente que viene de fuera y consume en franquicias de fuera, para gran solaz de la hostelería. Pero más allá de la barra del bar, ¿cuál es el impacto real en una ciudad y en la comodidad de sus ciudadanos?
Nosotros cuando viajamos tratamos de ser conscientes del problema. Compramos en comercios locales, nos interesamos por la cultura, la historia y la gastronomía de la zona. Intentamos no molestar a los que tienen que vivir y trabajar en la misma línea temporal en la que nosotros nos rascamos la barriga. Incluso así, tengo la sensación de que no somos más que turistillas de nivel regular tirando a cutre, pues el sistema deja poco margen a la improvisación.
Quizás por eso muchos de nuestros viajes de los últimos años han estado asociados a la “España vaciada”. Por todo esto, o simplemente porque soy un tiquismiquis y la única manera de que alguien me aguante es yéndome a un erial solitario y quejándome a los pájaros.
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