Trabajos de mierda

Conozco a una persona que tiene un trabajo de mierda. No, no me he sentado a escribir de mala leche. Es que me acordé de la definición que daba David Graeber de tal concepto.

“Un trabajo de mierda es un empleo tan carente de sentido, tan innecesario o tan pernicioso que ni siquiera el propio trabajador es capaz de justificar su existencia, a pesar de que, como parte de las condiciones de empleo, dicho trabajador se siente obligado a fingir que no es así.”

La primera palabra clave nos observa desde la anterior definición. Sentido. La ausencia del mismo es condición indispensable para poder considerar a un trabajo como de mierda. Mi amiga, de la que hablaba en el primer párrafo de esta entrada, está parcialmente alienada en su misión. Por momentos cree que todo lo que hace tiene una finalidad.

Sin embargo, cuando la observo desde la barrera, lo único que puedo ver es un ciclo sin fin en el cual la misma tarea se repite una y otra vez. Diferentes matices o requisitos, pero siempre el mismo tipo de tarea. Y por supuesto con un extra de presión temporal, no vaya a ser que se duerma en los laureles y no llegue a la fecha de entrega alucinada por un grupo de mandos intermedios drogados.

El trabajo de mi amiga no surge de la nada. Alguien lo ha pedido. Y el objetivo final está claro que es ganar dinero. Ni yo mismo soy tan ingenuo. Pero, ¿era necesario? Cuando en una de las entradas anteriores de este blog hablaba de la permacomputación, uno de sus principios nos impelía a reflexionar sobre la necesidad de todo proyecto que estuviéramos valorando. Antes de empezar, claro está.

¿Es necesario el trabajo de nuestros profesionales de la salud? ¿El de los docentes? Por supuesto. Y el de otros tantos grupos de personas que sustentan nuestra sociedad. ¿Lo es el de mi amiga? Aquí me inclino por la duda. No puedo hablar con mi amiga sin pensar en Sísifo, empujando su carga hacia la cima de la montaña. Tiene mucho trabajo, pero dudo mucho que la sociedad lo haya demandado, o que lo fuéramos a echar de menos en caso de colapso completo.

En caso de apocalipsis zombi, necesitaremos todos los albañiles y electricistas que podamos. ¿Científicos o ingenieros de datos? ¿Analistas financieros? Como no sea para usarlos de cebo...

Y llego con esto a una parte importante de la definición de Graeber: que el trabajo sea pernicioso. Creo que hay trabajos donde, a pesar de que el objetivo final de la empresa sea el de amasar billetes, se puede hacer algo el bien aunque sea a pequeña escala. Formar gente, ayudar a los demás, crear comunidad, etc. Sin embargo, hay empresas cuya actividad está ligada de forma directa al mal. Empresas altamente contaminantes, fabricantes de tecnología militar, o que ayudan o colaboran con aquellos que se dedican a la especulación inmobiliaria. Mi amiga tiene que suspender su incredulidad a diario para olvidar a qué se dedica su empresa.

Además, y como corolario cruel a todo lo anterior, los salarios y los valores suelen estar correlacionados de forma inversa. Es decir, si quieres que tu labor diaria tenga algo de sentido, vete ajustando tus miras, pues te espera un completo abanico de carencias. Mientras tanto, aquellos que están dispuestos a abandonar cualquier atisbo de moralidad a cambio de dineros se van a encontrar muchas puertas abiertas. Extraño comportamiento desde el punto de vista sociológico, el premiar a aquellos que trabajan contra la sociedad y no para ella.

En fin, mi amiga, si quiere dormir tranquila, tiene que aprender a mirar hacia otro lado. A taparse la nariz y activar a tope el generador de distopías que todos tenemos en nuestras cabezas. La droga más natural que existe. La anestesia estoica que persigue el capital. La indefensión aprehendida que nosotros, como monos que somos, hemos llegado a interiorizar de una manera terrorífica. Y así, sin más misterios, es como mi querida amiga, y muchos de nosotros, nos hemos visto atrapados alguna vez en trabajos de mierda.


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