Trabajar para el bien

Conozco a una persona que trabaja para una agencia internacional de esas que, en teoría, están ahí para ayudar a la humanidad. Una de las grandes. Su trayectoria ha estado siempre relacionada con los datos y sus aplicaciones. Y en este lugar ha encontrado la forma de conciliar, al menos en apariencia, su ya demostrada capacidad para el análisis con el desarrollo de proyectos que generan valor del de verdad. Valor humano.

Visto desde fuera, siempre me ha parecido un trabajo muy duro. Por un lado, es un trabajo que hay que hacer cerca del origen del dato. Y cuando hablamos de proyectos humanitarios, ese origen no suele estar en sitios bien comunicados, limpios y con una gran cobertura telefónica. Vamos, que te tienes que ir al culo del mundo. Con todas las incomodidades que eso conlleva, y que ignoramos por completo desde nuestras protegidas fortalezas del ¿primer? mundo.

Así mismo, la implicación con los problemas a tratar entiendo que puede pasar factura. Apostaría a que la mayoría de profesionales que rotan por estos puestos acaban bastante quemades, desde un punto de vista psicológico, al entrar en contacto con las duras y reales necesidades que presenta una parte nada desdeñable de les habitantes de este planeta.

Al otro lado del cuadrilátero, estamos las personas que hemos escogido trayectorias más cómodas para llenar nuestro estómago. Yo, por ejemplo, tengo la sensación a diario de no ser aquella persona en la que me hubiera gustado convertirme. Me flagelo por haber sucumbido a la rueda del hámster de esta sociedad turbo-capitalista, por no haber sido fuerte, por dejar aparcados gran parte de mis ideales y quedarme aletargado en el cálido término medio.

No es fácil, y por eso admiro a la gente que sí toma partido hasta mancharse, que diría Gabriel Celaya. Al menos, por ahora, no pertenezco a la tribu de les que, para aliviar su carga, enfocan su ira y sus críticas sobre aquelles que intentan vivir fuera del sistema. Yo no. Confieso públicamente mi admiración sin problema y celebro su valentía y sus conquistas, por pequeñas que sean.

Yo querría trabajar para el bien. Lo intenté en la administración pública, pero me salió rana. Hace años probé la docencia universitaria, y no era el momento, se ve. Busco habitualmente entre las ofertas de empleo, a ver si encuentro alguna que no hable de IA o de cómo enriquecer más todavía a sectores ya de por sí privilegiados. Pero es difícil. Siempre lo fue, pero esta época es especialmente triste.

Mi excusa podría ser la de figurar como padre de tres criaturas y un gato, la de la preocupación por el futuro o la del ahorrador responsable. Al final no serían mas que eso: excusas. Seguro que podríamos vivir con menos. Pero es difícil a una cierta edad, cuando ya no tenemos los reflejos de nuestra juventud, dar volantazo y renunciar a muchas cosas en aras de una realización personal que ya no somos capaces de distinguir entre la bruma de nuestra alienación.

Excusas. Sólo eso. Malditas excusas que me atan a la pata del sofá donde se abotarga una versión de mí mismo que no me gusta.


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