Papa
Aunque el título de esta entrada recuerde a un tubérculo, en realidad va del día del padre. En Mieres, mi ciudad (casi) natal, tenemos un acento muy marcado y una forma de hablar sobre la que cualquier asturiano sabe hacer un chiste. Entre otras distorsiones lingüísticas, yo siempre llamaba a mi padre así, “papa”, con acento (no ortográfico) en la primera “a”.
Todavía puedo sentir el sabor dulce de esas dos sílabas. Cuando tenía algún problema, duda, o simplemente ganas de cariño, sólo tenía que pronunciarlas y esperar a que me alegrara con su sabiduría vital y su increíble capacidad para ser una bella persona. Si mi “mama” estaba por allí, pues miel sobre hojuelas, ya que no puedo dar las gracias suficientes por la suerte que tuve con ellos dos.
Lo que pasa es que hoy quiero tener un pequeño detalle para con mi padre. Nos dejó hace tiempo ya, demasiado pronto, y cualquier cosa que diga no es más que una ceremonia, un gesto íntimo entre nosotros. Él ya no lo va a escuchar.
Sólo quería darte las gracias, “papa”. Fuiste un ejemplo de comportamiento, un trabajador incansable. A base de sudor e interminables jornadas poniendo cristales, sacaste a esta pequeña familia adelante. Si yo he vivido bien ha sido gracias a tu esfuerzo y al amor que, junto a mi madre, me dedicaste.
Espero algún día llegar a parecerme a ti. Mientras tanto, brindemos por lo que tuvimos y por lo que vendrá. Ojalá estuvieras aquí para verlo.
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