Oscuridad (y van...)
La nube negra se ha vuelto a situar detrás de mis orejas. Me susurra adjetivos hirientes y crece a la par que yo me hago más y más pequeño. Me recuerda que es posible sentirse solo aunque estés siendo fagocitado por una multitud. Me ahogo, y nadie parece darse cuenta, porque lo hago a cámara lenta.
Un detalle. De vez en cuando. Un gesto. Una palabra. Es lo único que pido. Puede ser que estén ahí y yo no los haya visto. No sé si tengo razón o no. Si la tengo, tendré que buscar la causa y saber qué he hecho mal. Y rezar porque todavía haya margen para la enmienda. Si no la encuentro, el paisaje es más oscuro, pues sería una señal de que la paranoia se ha instalado en mis entrañas. Y no quiero acabar así, desconfiando de todo el mundo, cargando sobre los demás el peso de mi dejadez y mi incapacidad.
De verdad pensaba que lo estaba haciendo bien. Hasta que llegó un punto en el que los brazos se me hicieron tan pesados como el alma, y me quedé quieto en el sitio. Esperando que alguien me viniera a buscar. Qué egoísta. Qué pasivo agresivo de manual. Siento vergüenza al escribir estas líneas.
El resto del mundo parece estar a la espera de mis órdenes. Y yo no soy capaz de encontrar mi propia voz. Si no puedo ver nada útil en mi destartalado interior, ¿cómo voy a ser capaz de aconsejar o guiar a nadie más?
No hay manual de instrucciones. No sé qué puedo hacer. Todos los primeros pasos me parecen cuesta arriba desde aquí.
Y yo ya no tengo fuerzas.
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