La vida en pausa
No sé si hay gente al otro lado del cordel con el que hemos unido nuestros vasos de plástico. Este es un rincón muy pequeño del mundo. Un nicho dentro de un nicho. Un pequeño parque público, fresco y tranquilo, donde poder sentarse y olvidar. Lejos del lodazal de ruido y la velocidad estúpida que adornan estos tiempos interesantes en los que vivimos.
Veo las estadísticas de este cuaderno y compruebo que hay gente que me lee. Me ilusiona, no lo voy a negar, pues no suelo pensar que haya algo interesante entre mis palabras, más paja que grano por lo general. Me gusta pensar en elles (vosotres, si estás leyendo esto) como gente afín, amigues sin obligaciones, viajeres relajades que deciden pararse y descansar en mi diminuto parque.
Llevo más de dos semanas sin escribir aquí. Me gustaría decir que ha sido por estar ocupado, porque estoy embarcado en un proyecto genial o algo por el estilo. Pero no. Me ha dado la bajona de nuevo y he dejado de escribir. “Total, ¿para qué?” —es la frase que más se repite en mi cabeza cuando me veo sumergido en una de estas etapas de nubes negras y días oscuros.
En algún sitio leí que el estrés era consecuencia de combinar la ausencia de control con la presencia de responsabilidades. Temas laborales aparte —no por menos importantes— la sentencia anterior despierta en mí ecos de una crisis relacionada con la edad. Con la abundancia de edad, en concreto. Y, sobre todo, con la incapacidad que esto acarrea a la hora de virar en redondo. Cuando uno cumple años, más que virar, traslucha. Y siempre corre el riesgo de que una botavara juguetona le reviente la cabeza.
Perdón por el vocabulario náutico. Dicho de otro modo, a cierta edad uno tiene menos cintura que un defensa central cojo ante el extremo brasileño de moda. Uno percibe los errores, idealiza los caminos nunca recorridos y fantasea con mudar el caparazón. Nos bombardean además con bonitas historias de cambios de vida y superación desde mil frentes, alimentando así nuestra insatisfacción y nuestras ansias de anestesia en forma de cómodos plazos de consumismo atragantado.
Todo esto para decir que estoy de bajonazo. Y cuando estoy así, dejo de hacer cosas. Me bloqueo. En el sitio. Con la mitad de mi alma llorando por el tiempo perdido, y la otra mitad amarrando mi voluntad cual señoro embutido en cuero en una sesión de sadomasoquismo. Nada tiene atractivo. Nada tiene futuro. Escribir no me va a dar de comer ni pagar la universidad de mis hijos. Ser feliz es prescindible.
Total, ¿para qué?
Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org