Introversión al timón
En todo grupo que se precie hay una persona al mando. Al menos. Nos guste o no, las dinámicas sociológicas parecen converger hacia ese desequilibrio. Puede ser que les cabecillas de turno lo hayan deseado, y esa situación sea para elles un éxito. Se sabe que hay gente que nace con el gen de la cabeza de pelotón, que necesita atención para desayunar y algo de sumisión para excitarse. Felicidad en cómodos plazos, bien sea organizando un trabajo, una boda, o la lista de regalos de reyes.
Sin embargo, hay otras personas que acaban ocupando puestos de liderazgo sin querer. La mayor parte de las veces, por incomparecencia del resto. El maravilloso arte de dar un pasito atrás todes a la vez y abandonar una carga de infelicidad, con premeditación y alevosía, sobre los hombros de alguien que nunca la deseó.
Existe a su vez una tercera vía, la del acumular responsabilidades poco a poco sin darse apenas cuenta. Como la rana que muere hervida al no percibir un aumento gradual de la temperatura del agua en el que flota. La gente se acostumbra con facilidad a lo cómodo del asiento de acompañante. En otros países, más asertivos, es posible que se valore la iniciativa y se perdonen los errores, pero estamos hablando de nuestra España, la de las luces y las sombras.
Aquí tenemos por costumbre, y a mucha honra, el criticar. Es el deporte nacional aficionado por excelencia. Raro es no conocer a habituales de la puya oral, la puñalada por la espalda o el doble sentido; gente que ha hecho de la herida un verso, y del resto de la humanidad un eterno objetivo. A esta banda se les hace la boca agua al ver a alguien tratando de pastorear voluntades.
El concurso suele comenzar bien ante una necesidad, como un viaje o evento, bien tras la desaparición de la persona que ostentaba la responsabilidad anterior. Tras las bambalinas se extienden los largos dedos de la miseria moral y se manipulan las elecciones que nunca se celebrarán. Todo en beneficio del mínimo esfuerzo y la máxima superficie de exposición al escrutinio de los demás.
En mi caso, por circunstancias personales, me vi hace años encargado de responsabilidades para las que no había entrenado. No muy importantes, cierto es, pero sí poco compatibles con mi personalidad, bastante alejada del liderazgo y del protagonismo. Suelo vivir mis aficiones con cierta intimidad, y asomo la patita por contados agujeros, como pueden ser estos textos. Me gusta contar historias, y que los focos me iluminen un par de minutos. Pero ya. Hasta ahí. Luego vuelvo al rincón donde no necesito organizar nada ni decidir por los demás.
Procede una aclaración. No se me da mal el organizar un sarao. Lo admito, y con cierta sonrisilla de satisfacción además. Puede ser que mi ansiedad, mi perfeccionismo, o mi necesidad de aceptación jueguen un papel. Lo que quizás no llevo bien es el exponerme después a la intemperie, a que la gente proteste, critique, o simplemente no quede satisfecha. Estoy más a gusto en el rincón oscuro con mis juguetes que en primera línea del frente.
El origen de la fricción, en mi caso, es que la gente alrededor se haya acomodado a la hora de organizar y tomar decisiones. No es culpa suya. Ya he confesado que yo haría lo mismo. El problema es que este sistema tiende a perpetuarse y reforzarse, con el consiguiente gasto de energía para un introvertido como yo. De alguna forma deberíamos organizarnos para que las responsabilidades rotaran de una forma proporcional y adecuada a las necesidades de cada uno.
Es pura salud cognitiva. Las personas que han nacido para mascarón de proa deben dejar el bastón de mando en ocasiones, para que así florezcan otras ideas y el suelo sobre el que se asienta el grupo pueda respirar. Y la suma de vampiros sociales, entre los que me incluyo, que no queremos salir de la bodega ni decidir el rumbo, tenemos que sentir que nuestras acciones son voluntarias y no impuestas por agentes de fuera.
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