El café y la ruleta rusa
Tengo un problema. Y hoy no tiene nada que ver con la ansiedad y la depresión, que esas ya se llevan a menudo su buena dosis de palabras mal escritas. El caso es que me gusta el café bueno. Y esto puede tener muchas lecturas.
Por un lado, desde un contexto sociológico y temporal, puede parecer que no soy más que el siguiente snob en la fila que ha sucumbido a la moda de los cafés de especialidad. De hecho, me resta mucha credibilidad el hecho de que me gusten los gin-tonics, los vinilos, las gildas y algún que otro revival más. Joder, si parece que van decidiendo las modas pensando en mis gustos.
Reconozco que voy a algún sitio de estos donde te preparan con ceremonias más o menos complicadas una buena dosis de ese maná negro que me tiene obsesionado. Y es verdad que los precios desprenden cierto tufillo a clasismo. Aunque me he fabricado algún argumento para plantear mi defensa ante el jurado popular.
En primer lugar, la diferencia abismal de precio no suele afectar tanto a los que nos gusta mucho el café. Y recalco lo de “suele”. Aquí en mi ciudad, conozco un sitio donde tuestan su propio café y un expresso vale lo mismo que en cualquier cafetería del montón. La clave está en lo del tipo de café, y es que creo que donde las franquicias consagradas sacan el mayor margen de beneficio es en esas bebidas derivadas llenas de leche, nata y colorines.
Pero a mí me gusta el café. Negro. Amargo. Y llevo tantos años tomando cosas sin azúcar que creo tener las papilas gustativas preparadas para distinguir un buen café de uno malo. Para mí, uno bueno es aquel que no me destruye el estómago, el intestino, y de paso se me lleva la alegría y las ganas de vivir. Ya se ve donde tengo puesto el listón.
El caso es que, siendo aficionado a lo amargo, uno es más propenso a sufrir atentados, pues no hay leche, nata o sobre de azúcar que se interponga, cual héroe de película de acción, entre el asco y mi persona. Así que, cuando me la juego, me la juego de verdad.
Puedo entender que a mucha gente, aquellas personas a las que les gusta tomar medios litros de cosas dulces y purpurina, ese dos por ciento (con suerte) de petróleo escondido en el fondo de su vaso gigante no les aporte o quite nada. Me alegro por elles. Pero no deja de hacerme gracia cuando alguna de ellas dice que le gusta más el café de un sitio que el de al lado.
Entiendo que el sustantivo se ha traspapelado, y que la palabra café ha devenido en el cóctel completo. Pero no puedo menos que sentirme triste al pensar en el pobre expresso que ha sido abandonado en el camino. Él nunca lo haría.
Esto es una lucha perdida de antemano, pues los bebedores de posos somos poquitos, y además gente con graves taras mentales —como se puede desprender de todas las palabras anteriores. Así que no somos interesantes para el negocio. El tiempo pasará, los cafés de especialidad serán sustituidos por otra moda (que será, será) y nosotros nos quedaremos en casa, con el gotero del café inyectado en vena, graduando la dosis con cuidado, no vaya a ser que se nos descontrole la ansiedad y nos dé por escribir una entrada como esta en un diario.
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