Abre tu mente y abraza al caballo gigante de madera
Lunes de mordiente y fuertes vientos de levante. Lunes que me pasan por encima. Nada mejor para empezar la semana que un curso obligatorio sobre algo que no te interesa o desprecias. No imagino un plan más agradable que estar encerrado durante unas cuantas horas en una auténtica cámara de eco con las paredes forradas de publicidad.
La parte más pragmática que anida en mí me ha convencido. Me ha dicho que respire hondo, y que recuerde que me están pagando por estar ahí. No es mi dinero el que se está yendo por el desagüe en aras de una productividad todavía por delinear.
Efectivamente. Estoy hablando de algo relacionado con la IA. Cómo no.
Tengo que confesar que he aprendido alguna cosa. Soy una persona que va a todos los sitios con las orejas desplegadas cual velamen, y mi cerebro sigue disfrutando de cualquier chute de conocimiento que pueda meterse en vena. Lo que me parece una lástima es que eso que he aprendido probablemente tenga la fecha de caducidad más cercana que unas pechugas de pollo que dejé al sol en la terraza el mes pasado.
Porque esa es quizás la señal que hace que se dispare mi sospecha. Cuando alguien pretende venderme la moto, al menos me gusta que no se trate de una moto cuántica, que cambia tan sólo con observarla. Tengo libros de tecnología en casa cuyo contenido sigue en parte vigente a día de hoy, y que pueden servir de referencia sin muchas modificaciones. Sin embargo, estas tecnologías cambian cada semana.
Cada dos días, un modelo nuevo. Hoy usamos un fichero para esto. Mañana ya no vale. Es mejor pedirle las cosas por favor. Ponte a la pata coja mientras escribes y todo irá bien. Todo va a cambiar. No. Todo ha cambiado ya. Espera. Ahora ha cambiado un poquito más. Abre tu mente. Te vas a extinguir. Agarra la maleta. Adiós.
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