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    <title>relato &amp;mdash; Los relatos de Ibnussabel</title>
    <link>https://escritura.social/ibnussabel/tag:relato</link>
    <description>Un rincón para compartir mis creaciones literarias.</description>
    <pubDate>Fri, 10 Jul 2026 13:36:08 +0000</pubDate>
    <item>
      <title>El pacto</title>
      <link>https://escritura.social/ibnussabel/el-pacto</link>
      <description>&lt;![CDATA[Cuando el sol desaparecía detrás de las murallas, el mar dejaba de ser un lugar conocido. Las olas cambiaban de color; el azul habitual se volvía profundo, denso, como si una sombra antigua yaciera bajo la superficie.&#xA;&#xA;Guillem lo observaba desde pequeño. Mientras los otros marineros regresaban al puerto hablando de redes y vientos, él escuchaba el silencio que se mecía entre las olas. Para él, el mar no era solo agua, sino un ente vivo que respiraba con parsimonia.&#xA;&#xA;«Los niños que vienen al mundo durante una tormenta no pertenecen del todo a tierra firme», solía decir su padre. La noche del nacimiento de Guillem, truenos y relámpagos rasgaron el cielo y el viento sacudió las barcas como si pretendiera arrancarlas del puerto. El primer grito del recién nacido se mezcló con el rugido del océano, que parecía el de una enorme bestia herida.&#xA;&#xA;Guillem siempre creyó que su padre se dejaba arrastrar por sus fantasías de viejo marinero. Hasta el día en que, años más tarde, sintió la llamada del mar. Esa noche había salido solo en su barca mientras el pueblo dormía. Hacía semanas que los pescadores regresaban a puerto con las manos vacías; en las tabernas se extendía el rumor de que el mar estaba cambiando.&#xA;&#xA;Cuando Guillem lanzó su red, el viento viró de golpe. Las olas crecieron con una fuerza antinatural. Una embestida le hizo caer y la oscuridad lo engulló. Luchó por respirar, pero el agua le colmaba la boca y se abría paso hacia sus pulmones. Cuando apenas le quedaba un hilo de energía, sintió un contacto extraño, suave y firme a la vez, como si el mar lo sostuviera en sus brazos.&#xA;&#xA;Entonces, escuchó una voz. No provenía de fuera, sino de su propio interior: «Hijo de la tormenta, te esperamos».&#xA;&#xA;No se ahogó. Las olas lo depositaron con suavidad en la arena, como si fuera un objeto frágil que temieran romper. Permaneció tumbado boca arriba, con el corazón desbocado, mientras el mar recobraba su calma aparente.&#xA;&#xA;Al amanecer, despertó en la cala más oculta de la costa. A su lado, aguardaba una mujer de edad indescifrable. Tenía los cabellos blancos como la sal y los ojos del color del cielo antes de una tempestad.&#xA;&#xA;—Debes tomar una decisión —dijo.&#xA;—¿A qué te refieres? —preguntó Guillem.&#xA;—Hace mucho tiempo —retomó la dama misteriosa—, la tierra y el agua sellaron un pacto. Los hombres respetarían el mar y, a cambio, este les colmaría de vida. Años más tarde, el acuerdo se rompió. Tombau, un dragón tan antiguo como la costa, fue capturado y encadenado debajo de esa enorme roca que mira a la bahía.&#xA;&#xA;Guillem había crecido escuchando leyendas como esa. Sin embargo, por primera vez, sintió que no eran tan solo cuentos que los padres contaban a sus hijos, sino una profunda herida, un desgarro.&#xA;&#xA;—Si el dragón muere, también lo hará el mar —culminó la mujer.&#xA;&#xA;Al caer la noche, el pescador tomó una barca y se dirigió al imponente peñón, impulsado por un viento que parecía conocer el camino mejor que él. La nave atracó casi sin necesidad de maniobrar. Guillem saltó a la arena y amarró la embarcación a un tronco cercano.&#xA;&#xA;Ante él se encontraba la boca de una cueva. Se adentró en ella y avanzó a tientas en la penumbra. Alcanzó una cámara enorme, iluminada por multitud de cristales que reflejaban la luz de la luna llena que se filtraba a través de mil rendijas. En el centro, amarrado con una cadena de hierro y piedra, yacía Tombau. El dragón marino era una serpiente colosal, cubierta de escamas de distintos tonos de azul y verde. Sus ojos encerraban una tristeza tan grande que podría engullir el océano.&#xA;&#xA;—Has venido. —La voz de la criatura resonó imponente.&#xA;—Me llamaste —respondió Guillem.&#xA;—Debes tomar una decisión, hijo de la tormenta. Si me liberas, el mar se desbocará como un animal. Será libre, imprevisible, peligroso. Los marineros arriesgarán sus vidas cuando faenen. Si me mantienes encadenado, en cambio, se consumirá poco a poco hasta desvanecerse como un recuerdo lejano.&#xA;&#xA;Guillem pensó en el pueblo, en los pescadores y sus barcas amarradas en el puerto. Tomó la piedra más grande que pudo sostener y golpeó con dureza las cadenas que retenían a Tombau. Un espasmo descomunal sacudió la cueva. El dragón saludó al marinero con la cabeza antes de escurrirse entre las rocas.&#xA;&#xA;Al día siguiente, el mar había cambiado. Las olas golpeaban las embarcaciones con violencia, pero las redes regresaban llenas de pescado. Los vecinos celebraban el retorno a la vida de antaño sin comprender el precio que habían pagado por ella.&#xA;&#xA;A veces, en noches de luna llena, un rugido lejano atravesaba el horizonte. En esos momentos, Guillem paseaba hasta la muralla y contemplaba el vasto mar. Ya no era tan solo un pescador, se había convertido en un puente entre la tierra y el agua. Mientras alguien recordara lo que el mar había sido, el mundo no se sumiría en el silencio más profundo.&#xA;&#xA;relato &#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Cuando el sol desaparecía detrás de las murallas, el mar dejaba de ser un lugar conocido. Las olas cambiaban de color; el azul habitual se volvía profundo, denso, como si una sombra antigua yaciera bajo la superficie.</p>

<p>Guillem lo observaba desde pequeño. Mientras los otros marineros regresaban al puerto hablando de redes y vientos, él escuchaba el silencio que se mecía entre las olas. Para él, el mar no era solo agua, sino un ente vivo que respiraba con parsimonia.</p>

<p>«Los niños que vienen al mundo durante una tormenta no pertenecen del todo a tierra firme», solía decir su padre. La noche del nacimiento de Guillem, truenos y relámpagos rasgaron el cielo y el viento sacudió las barcas como si pretendiera arrancarlas del puerto. El primer grito del recién nacido se mezcló con el rugido del océano, que parecía el de una enorme bestia herida.</p>

<p>Guillem siempre creyó que su padre se dejaba arrastrar por sus fantasías de viejo marinero. Hasta el día en que, años más tarde, sintió la llamada del mar. Esa noche había salido solo en su barca mientras el pueblo dormía. Hacía semanas que los pescadores regresaban a puerto con las manos vacías; en las tabernas se extendía el rumor de que el mar estaba cambiando.</p>

<p>Cuando Guillem lanzó su red, el viento viró de golpe. Las olas crecieron con una fuerza antinatural. Una embestida le hizo caer y la oscuridad lo engulló. Luchó por respirar, pero el agua le colmaba la boca y se abría paso hacia sus pulmones. Cuando apenas le quedaba un hilo de energía, sintió un contacto extraño, suave y firme a la vez, como si el mar lo sostuviera en sus brazos.</p>

<p>Entonces, escuchó una voz. No provenía de fuera, sino de su propio interior: «Hijo de la tormenta, te esperamos».</p>

<p>No se ahogó. Las olas lo depositaron con suavidad en la arena, como si fuera un objeto frágil que temieran romper. Permaneció tumbado boca arriba, con el corazón desbocado, mientras el mar recobraba su calma aparente.</p>

<p>Al amanecer, despertó en la cala más oculta de la costa. A su lado, aguardaba una mujer de edad indescifrable. Tenía los cabellos blancos como la sal y los ojos del color del cielo antes de una tempestad.</p>

<p>—Debes tomar una decisión —dijo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Guillem.
—Hace mucho tiempo —retomó la dama misteriosa—, la tierra y el agua sellaron un pacto. Los hombres respetarían el mar y, a cambio, este les colmaría de vida. Años más tarde, el acuerdo se rompió. Tombau, un dragón tan antiguo como la costa, fue capturado y encadenado debajo de esa enorme roca que mira a la bahía.</p>

<p>Guillem había crecido escuchando leyendas como esa. Sin embargo, por primera vez, sintió que no eran tan solo cuentos que los padres contaban a sus hijos, sino una profunda herida, un desgarro.</p>

<p>—Si el dragón muere, también lo hará el mar —culminó la mujer.</p>

<p>Al caer la noche, el pescador tomó una barca y se dirigió al imponente peñón, impulsado por un viento que parecía conocer el camino mejor que él. La nave atracó casi sin necesidad de maniobrar. Guillem saltó a la arena y amarró la embarcación a un tronco cercano.</p>

<p>Ante él se encontraba la boca de una cueva. Se adentró en ella y avanzó a tientas en la penumbra. Alcanzó una cámara enorme, iluminada por multitud de cristales que reflejaban la luz de la luna llena que se filtraba a través de mil rendijas. En el centro, amarrado con una cadena de hierro y piedra, yacía Tombau. El dragón marino era una serpiente colosal, cubierta de escamas de distintos tonos de azul y verde. Sus ojos encerraban una tristeza tan grande que podría engullir el océano.</p>

<p>—Has venido. —La voz de la criatura resonó imponente.
—Me llamaste —respondió Guillem.
—Debes tomar una decisión, hijo de la tormenta. Si me liberas, el mar se desbocará como un animal. Será libre, imprevisible, peligroso. Los marineros arriesgarán sus vidas cuando faenen. Si me mantienes encadenado, en cambio, se consumirá poco a poco hasta desvanecerse como un recuerdo lejano.</p>

<p>Guillem pensó en el pueblo, en los pescadores y sus barcas amarradas en el puerto. Tomó la piedra más grande que pudo sostener y golpeó con dureza las cadenas que retenían a Tombau. Un espasmo descomunal sacudió la cueva. El dragón saludó al marinero con la cabeza antes de escurrirse entre las rocas.</p>

<p>Al día siguiente, el mar había cambiado. Las olas golpeaban las embarcaciones con violencia, pero las redes regresaban llenas de pescado. Los vecinos celebraban el retorno a la vida de antaño sin comprender el precio que habían pagado por ella.</p>

<p>A veces, en noches de luna llena, un rugido lejano atravesaba el horizonte. En esos momentos, Guillem paseaba hasta la muralla y contemplaba el vasto mar. Ya no era tan solo un pescador, se había convertido en un puente entre la tierra y el agua. Mientras alguien recordara lo que el mar había sido, el mundo no se sumiría en el silencio más profundo.</p>

<p><a href="/ibnussabel/tag:relato" class="hashtag" rel="nofollow"><span>#</span><span class="p-category">relato</span></a></p>
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      <guid>https://escritura.social/ibnussabel/el-pacto</guid>
      <pubDate>Fri, 03 Jul 2026 19:23:05 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Memoria</title>
      <link>https://escritura.social/ibnussabel/memoria</link>
      <description>&lt;![CDATA[Los sábados, Alicia visitaba a su madre en la residencia. La encontró sentada en el jardín, con aire ausente, como si estuviera concentrada pensando en sus cosas.&#xA;&#xA;—Hola, mamá —la saludó y le dio dos besos.&#xA;&#xA;Paquita, su madre, la miró fijamente y tardó unos segundos en reaccionar.&#xA;&#xA;—Ay, hola, hija. ¡Qué bien que hayas venido! Hacía mucho que no sabía nada de ti.&#xA;—Vengo todas las semanas, mamá. Hablamos ayer por teléfono.&#xA;—Bueno, bueno. Ya será menos.&#xA;&#xA;La sonrisa de la anciana transmitía una enorme felicidad. Se apoyó en su hija para levantarse del banco y le pidió que la llevara a pasear un poco, que le convenía moverse.&#xA;&#xA;—Qué bien que hayas venido. Necesito que me ayudes con una cosa, que tu padre nunca me hace caso.&#xA;&#xA;Alicia contuvo las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos. Su madre no se percató.&#xA;&#xA;—Claro, mamá. Pero demos una vuelta primero, que hace muy buen día.&#xA;—Es verdad. Además, me han dicho que me conviene moverme.&#xA;&#xA;Mientras paseaban, Paquita siempre agarrada del brazo de su hija, Alicia se interesaba por el día a día de su madre.&#xA;&#xA;—¿Qué tal estás? Tienes muy buena cara.&#xA;—Estoy estupenda. Dice el doctor que tengo una salud de hierro.&#xA;—Qué bien. ¿Y qué has comido hoy?&#xA;—Es pronto. Aún no nos han llamado.&#xA;—Pero si son las cinco de la tarde.&#xA;—Ay, es verdad —corroboró la anciana tras mirar su reloj—. A veces me despisto un poco.&#xA;—No pasa nada, mamá. Es normal. Creo que hoy teníais pescado —insistió.&#xA;—Puede ser, hija. Aquí todos los días son iguales; es difícil distinguir lo de hoy de lo de ayer.&#xA;&#xA;Paquita señaló con un gesto de cabeza a un anciano que estaba mordisqueando una galleta en un banco.&#xA;&#xA;—Mira a Lucio, pobre. No sabe ni en qué día vive. Si me quedo así, me pones algo en la comida; que me acueste y no despierte.&#xA;—¡Mamá! Menudas ideas tienes.&#xA;—Ya ves. Cosas que pensamos las viejas. Lo último que quiero es ser un estorbo. ¿De qué me sirve estar viva si no me entero de nada?&#xA;—No digas tonterías, mamá. Anda, sigamos con el paseo.&#xA;&#xA;El momento de la despedida era el más difícil. Se pasaría la semana entera pensando en su madre. La llamaba casi todos los días, pero Paquita no era muy entusiasta del teléfono y colgaba pronto.&#xA;&#xA;—Ay, hija. ¿Ya te vas? No has visto a tu padre. No sé dónde se ha metido este hombre. Debe de estar al caer.&#xA;—Tengo que salir ya, mamá. Se ha hecho tarde. Otro día le veo.&#xA;&#xA;relato &#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Los sábados, Alicia visitaba a su madre en la residencia. La encontró sentada en el jardín, con aire ausente, como si estuviera concentrada pensando en sus cosas.</p>

<p>—Hola, mamá —la saludó y le dio dos besos.</p>

<p>Paquita, su madre, la miró fijamente y tardó unos segundos en reaccionar.</p>

<p>—Ay, hola, hija. ¡Qué bien que hayas venido! Hacía mucho que no sabía nada de ti.
—Vengo todas las semanas, mamá. Hablamos ayer por teléfono.
—Bueno, bueno. Ya será menos.</p>

<p>La sonrisa de la anciana transmitía una enorme felicidad. Se apoyó en su hija para levantarse del banco y le pidió que la llevara a pasear un poco, que le convenía moverse.</p>

<p>—Qué bien que hayas venido. Necesito que me ayudes con una cosa, que tu padre nunca me hace caso.</p>

<p>Alicia contuvo las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos. Su madre no se percató.</p>

<p>—Claro, mamá. Pero demos una vuelta primero, que hace muy buen día.
—Es verdad. Además, me han dicho que me conviene moverme.</p>

<p>Mientras paseaban, Paquita siempre agarrada del brazo de su hija, Alicia se interesaba por el día a día de su madre.</p>

<p>—¿Qué tal estás? Tienes muy buena cara.
—Estoy estupenda. Dice el doctor que tengo una salud de hierro.
—Qué bien. ¿Y qué has comido hoy?
—Es pronto. Aún no nos han llamado.
—Pero si son las cinco de la tarde.
—Ay, es verdad —corroboró la anciana tras mirar su reloj—. A veces me despisto un poco.
—No pasa nada, mamá. Es normal. Creo que hoy teníais pescado —insistió.
—Puede ser, hija. Aquí todos los días son iguales; es difícil distinguir lo de hoy de lo de ayer.</p>

<p>Paquita señaló con un gesto de cabeza a un anciano que estaba mordisqueando una galleta en un banco.</p>

<p>—Mira a Lucio, pobre. No sabe ni en qué día vive. Si me quedo así, me pones algo en la comida; que me acueste y no despierte.
—¡Mamá! Menudas ideas tienes.
—Ya ves. Cosas que pensamos las viejas. Lo último que quiero es ser un estorbo. ¿De qué me sirve estar viva si no me entero de nada?
—No digas tonterías, mamá. Anda, sigamos con el paseo.</p>

<p>El momento de la despedida era el más difícil. Se pasaría la semana entera pensando en su madre. La llamaba casi todos los días, pero Paquita no era muy entusiasta del teléfono y colgaba pronto.</p>

<p>—Ay, hija. ¿Ya te vas? No has visto a tu padre. No sé dónde se ha metido este hombre. Debe de estar al caer.
—Tengo que salir ya, mamá. Se ha hecho tarde. Otro día le veo.</p>

<p><a href="/ibnussabel/tag:relato" class="hashtag" rel="nofollow"><span>#</span><span class="p-category">relato</span></a></p>
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      <guid>https://escritura.social/ibnussabel/memoria</guid>
      <pubDate>Wed, 01 Jul 2026 20:10:48 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>I ❤️ Benidorm</title>
      <link>https://escritura.social/ibnussabel/i-benidorm</link>
      <description>&lt;![CDATA[El Margarita’s no tenía el brunch mejor valorado de Benidorm, pero era el favorito de José Antonio. A quince minutos de su apartamento y con vistas a la playa de Levante, era un lugar perfecto para tomarse unos huevos Benedict y un bagel de salmón con aguacate. La sonrisa de Paul, el camarero, también contribuía a mejorar el ambiente del lugar.&#xA;&#xA;Un señor de edad avanzada entró en el restaurante y llamó la atención de José Antonio. Tenía algo que le resultaba familiar, pero no acababa de ubicarlo. ¿Dónde le había visto antes?&#xA;&#xA;—Hola, Caniche —saludó—. ¿Te acuerdas de mí?&#xA;&#xA;Se quedó paralizado. De repente, recordó quién era ese hombre. Conrad. Aunque no era su nombre real. Habían pasado muchos años. Podría decirse que toda una vida.&#xA;&#xA;—Veo que sí —repuso el recién llegado mientras tomaba asiento—. Me alegro.&#xA;—Hola, Conrad. ¿Qué quieres? —Esa visita inesperada le había amargado el brunch.&#xA;—Pasaba por aquí y quise aprovechar para ver a un viejo amigo.&#xA;—Corta el rollo. Ya no tengo edad para andar perdiendo el tiempo en tonterías.&#xA;—Necesito un pequeño favor.&#xA;—Estoy retirado, y no te debo nada.&#xA;—Vamos, hombre —insistió—. No te comportes como un viejo amargado. Te vendrá bien un poco de acción. Además, sabes que soy generoso.&#xA;&#xA;La negociación se prolongó más de una hora. La capacidad de persuasión de Conrad, potenciada por su poder de manipular las mentes, fue derribando las reticencias de José Antonio hasta que, al final, logró convencerle.&#xA;&#xA;Unas semanas más tarde, Caniche estaba en París con otros tres secuaces; listo para llevar a cabo el plan más descabellado de toda su carrera criminal. Sus compinches iban a acceder al Louvre disfrazados de operarios y robarían una serie de joyas de la galería de Apolo. Mientras, él llevaría a cabo el golpe de verdad.&#xA;&#xA;Accedió al museo desde la entrada de la plaza del Carrusel. En el baño, se convirtió en una niebla densa y se filtró por los conductos de ventilación. Había repasado el trazado más de cien veces, pero le costó dar con la sala que buscaba. No se trataba de ninguna de las abiertas al público, sino de un almacén restringido a personal autorizado.&#xA;&#xA;Ante él se erigía una enorme puerta de seguridad que daba paso a una habitación semiestanca. Para franquearla, era necesario introducir un código de acceso y superar un reconocimiento de iris. Esa doble comprobación parecía una buena medida contra los intrusos, pero se mostró inútil ante un ser hecho de gas. Para Caniche, resultó tan endeble como una cortina.&#xA;&#xA;Una vez dentro, recobró su forma corpórea. Si los ladrones de joyas habían hecho bien su trabajo, las cámaras habrían dejado de grabar. Disponía de poco más de cuatro minutos de oxígeno, así que debía apresurarse. Por suerte, Conrad lo había previsto todo y le había indicado con precisión dónde estaba lo que buscaba y cómo recuperarlo.&#xA;&#xA;En la cuarta sección a la izquierda, segunda columna, compartimento 0824. Un sencillo hechizo de apertura fue suficiente para forzar la cerradura sin dejar rastros. Dentro, un modesto maletín de piel marrón custodiaba la documentación que tanto ansiaba su empleador.&#xA;&#xA;Le costó volver a transformarse en niebla. Los años no pasaban en balde, y cuanta más materia adicional tenía que convertir, más energía necesitaba. Además, el viaje de ida había sido más largo de lo anticipado. Pese a todo, logró escabullirse hasta los conductos de ventilación.&#xA;&#xA;Durante el trayecto, le fallaron las fuerzas. Se vio obligado a retomar su forma corpórea y terminar el recorrido reptando. En su juventud, le habría parecido un problema menor. A sus setenta años, se le antojó una odisea.&#xA;&#xA;Mal que bien, logró llegar hasta un baño. No era el que estaba previsto, pero tendría que servir. Mientras recuperaba el aliento y la compostura, las alarmas empezaron a sonar. Regresó al museo como un turista más y en seguida se vio arrastrado por una multitud de visitantes que eran conducidos a la salida por el personal de seguridad.&#xA;&#xA; Tras abandonar el Louvre, cogió el metro para ir al punto de encuentro acordado. Cuando llegó, Conrad le esperaba impaciente.&#xA;&#xA;—¡Por fin! —exclamó al reunirse con Caniche—. Pensaba que te había pasado algo.&#xA;—He tenido algunos contratiempos, pero imagino que no hace falta que te los cuente —respondió el mercenario.&#xA;—No pasa nada. —El gesto de Conrad se fue relajando. Volvía a ser el tipo impasible de siempre—. Lo importante es que ha acabado bien.&#xA;—Hablando de finales felices; creo que esto te pertenece —dijo Caniche mientras le entregaba el maletín—. Y tú debes de tener algo para mí.&#xA;—Muchas gracias, siempre es un placer trabajar con profesionales. —Conrad le dio un boleto de La Primitiva—. Está premiado. La persona que lo compró nunca recordará haberlo hecho. Es tuyo. 1,8 millones de euros limpios de polvo y paja. Que los disfrutes.&#xA;&#xA;Y lo hizo. Ya lo creo. Caniche pasó a la historia. José Antonio vivió una jubilación dorada en su amada Benidorm.&#xA;&#xA;#relato #canicheverso &#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>El <em>Margarita’s</em> no tenía el <em>brunch</em> mejor valorado de Benidorm, pero era el favorito de José Antonio. A quince minutos de su apartamento y con vistas a la playa de Levante, era un lugar perfecto para tomarse unos huevos Benedict y un <em>bagel</em> de salmón con aguacate. La sonrisa de Paul, el camarero, también contribuía a mejorar el ambiente del lugar.</p>

<p>Un señor de edad avanzada entró en el restaurante y llamó la atención de José Antonio. Tenía algo que le resultaba familiar, pero no acababa de ubicarlo. ¿Dónde le había visto antes?</p>

<p>—Hola, Caniche —saludó—. ¿Te acuerdas de mí?</p>

<p>Se quedó paralizado. De repente, recordó quién era ese hombre. Conrad. Aunque no era su nombre real. Habían pasado muchos años. Podría decirse que toda una vida.</p>

<p>—Veo que sí —repuso el recién llegado mientras tomaba asiento—. Me alegro.
—Hola, Conrad. ¿Qué quieres? —Esa visita inesperada le había amargado el <em>brunch.</em>
—Pasaba por aquí y quise aprovechar para ver a un viejo amigo.
—Corta el rollo. Ya no tengo edad para andar perdiendo el tiempo en tonterías.
—Necesito un pequeño favor.
—Estoy retirado, y no te debo nada.
—Vamos, hombre —insistió—. No te comportes como un viejo amargado. Te vendrá bien un poco de acción. Además, sabes que soy generoso.</p>

<p>La negociación se prolongó más de una hora. La capacidad de persuasión de Conrad, potenciada por su poder de manipular las mentes, fue derribando las reticencias de José Antonio hasta que, al final, logró convencerle.</p>

<p>Unas semanas más tarde, Caniche estaba en París con otros tres secuaces; listo para llevar a cabo el plan más descabellado de toda su carrera criminal. Sus compinches iban a acceder al Louvre disfrazados de operarios y robarían una serie de joyas de la galería de Apolo. Mientras, él llevaría a cabo el golpe de verdad.</p>

<p>Accedió al museo desde la entrada de la plaza del Carrusel. En el baño, se convirtió en una niebla densa y se filtró por los conductos de ventilación. Había repasado el trazado más de cien veces, pero le costó dar con la sala que buscaba. No se trataba de ninguna de las abiertas al público, sino de un almacén restringido a personal autorizado.</p>

<p>Ante él se erigía una enorme puerta de seguridad que daba paso a una habitación semiestanca. Para franquearla, era necesario introducir un código de acceso y superar un reconocimiento de iris. Esa doble comprobación parecía una buena medida contra los intrusos, pero se mostró inútil ante un ser hecho de gas. Para Caniche, resultó tan endeble como una cortina.</p>

<p>Una vez dentro, recobró su forma corpórea. Si los ladrones de joyas habían hecho bien su trabajo, las cámaras habrían dejado de grabar. Disponía de poco más de cuatro minutos de oxígeno, así que debía apresurarse. Por suerte, Conrad lo había previsto todo y le había indicado con precisión dónde estaba lo que buscaba y cómo recuperarlo.</p>

<p>En la cuarta sección a la izquierda, segunda columna, compartimento 0824. Un sencillo hechizo de apertura fue suficiente para forzar la cerradura sin dejar rastros. Dentro, un modesto maletín de piel marrón custodiaba la documentación que tanto ansiaba su empleador.</p>

<p>Le costó volver a transformarse en niebla. Los años no pasaban en balde, y cuanta más materia adicional tenía que convertir, más energía necesitaba. Además, el viaje de ida había sido más largo de lo anticipado. Pese a todo, logró escabullirse hasta los conductos de ventilación.</p>

<p>Durante el trayecto, le fallaron las fuerzas. Se vio obligado a retomar su forma corpórea y terminar el recorrido reptando. En su juventud, le habría parecido un problema menor. A sus setenta años, se le antojó una odisea.</p>

<p>Mal que bien, logró llegar hasta un baño. No era el que estaba previsto, pero tendría que servir. Mientras recuperaba el aliento y la compostura, las alarmas empezaron a sonar. Regresó al museo como un turista más y en seguida se vio arrastrado por una multitud de visitantes que eran conducidos a la salida por el personal de seguridad.</p>

<p> Tras abandonar el Louvre, cogió el metro para ir al punto de encuentro acordado. Cuando llegó, Conrad le esperaba impaciente.</p>

<p>—¡Por fin! —exclamó al reunirse con Caniche—. Pensaba que te había pasado algo.
—He tenido algunos contratiempos, pero imagino que no hace falta que te los cuente —respondió el mercenario.
—No pasa nada. —El gesto de Conrad se fue relajando. Volvía a ser el tipo impasible de siempre—. Lo importante es que ha acabado bien.
—Hablando de finales felices; creo que esto te pertenece —dijo Caniche mientras le entregaba el maletín—. Y tú debes de tener algo para mí.
—Muchas gracias, siempre es un placer trabajar con profesionales. —Conrad le dio un boleto de La Primitiva—. Está premiado. La persona que lo compró nunca recordará haberlo hecho. Es tuyo. 1,8 millones de euros limpios de polvo y paja. Que los disfrutes.</p>

<p>Y lo hizo. Ya lo creo. Caniche pasó a la historia. José Antonio vivió una jubilación dorada en su amada Benidorm.</p>

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      <guid>https://escritura.social/ibnussabel/i-benidorm</guid>
      <pubDate>Thu, 25 Jun 2026 19:24:58 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Un día más en la oficina</title>
      <link>https://escritura.social/ibnussabel/un-dia-mas-en-la-oficina</link>
      <description>&lt;![CDATA[Caniche mata el tiempo haciendo bailar el hielo en el fondo del vaso. La garganta le reclama un trago de verdad, solo uno, para coger ánimos. Sin embargo, sabe bien dónde le conduciría dejarse arrastrar. Tiene trabajo que hacer, de esa clase que no se puede posponer.&#xA;&#xA;Abandona el ridículo gastrobar y camina hacia el edificio señorial donde vive su objetivo. Un nombre y una foto es toda la información que tiene. No le han proporcionado más y tampoco le ha interesado indagar. Hace años que dejaron de importarle los detalles.&#xA;&#xA;Antes, solía bastarle con esperar a que la noche cubriera la ciudad con su manto; sus poderes funcionan mejor desde las sombras. Por desgracia, la estridente iluminación de los negocios ha colonizado el centro urbano. Se ha visto obligado a adaptarse y buscar otros modos de pasar desapercibido. Por suerte, la gente suele ir a lo suyo y no presta atención a su alrededor.&#xA;&#xA;Un hechizo sencillo y discreto abre la puerta del edificio. Sube las escaleras hacia la segunda planta y, antes de alcanzar el rellano, lejos de posibles mirillas indiscretas, se convierte en una niebla densa. Se cuela en el apartamento por las estrechas rendijas que el tiempo ha surcado en el burlete.&#xA;&#xA;—Te estaba esperando. Supongo que te envía Morales.&#xA;&#xA;Esto es nuevo. En sus cuarenta y tres años de servicio nunca le habían detectado antes de tiempo. Había cometido muchos errores a lo largo de su carrera, pero nunca el de levantar la libre. El hombre que ha destapado su ardid sigue sentado en el sofá, sin mostrar ni un atisbo de preocupación. Ante el silencio de Caniche, retoma la palabra.&#xA;&#xA;—Puedes mostrarte. Los dos sabemos a qué has venido. Creo que podemos charlar un rato, conocernos un poco mejor y, a partir de ahí, vemos cómo se tercia la noche. ¿No te parece?&#xA;&#xA;El cazador, cazado, se rinde ante la evidencia y vuelve a adquirir su corporalidad. &#xA;&#xA;—Reconozco que esta situación es un tanto inusual. Doy por hecho que tú también tienes poderes —dice Caniche a modo de saludo.&#xA;—Solo uno. No tan vistoso como el tuyo, desde luego, pero resulta útil de vez en cuando —contesta el improvisado anfitrión—. Ahora que las cartas están sobre la mesa, ¿crees que hay margen para la negociación? ¿Hasta qué punto te tiene atrapado el bueno de Morales?&#xA;—No te lo tomes a mal, pero acabamos de conocernos.&#xA;—Dicen que la ignorancia es felicidad. Aunque supongo que tú tendrás mucha más información de mí que yo de ti. &#xA;—No te creas. Solo sé que te llamas Conrad.&#xA;—Vaya. Si eso es cierto, debo admitir que estoy un poco decepcionado. Pensaba que alguien con tu experiencia sería más diligente a la hora de afrontar un caso. Ni siquiera es mi nombre real, solo uno de mis apodos.&#xA;—Quizá no tengo tanta experiencia como crees —empieza a replicar el sicario.&#xA;—No seas humilde, Caniche. —Al oír su mote, el interpelado no logra reprimir una mueca de asombro—. No te lo tomes a mal; saber más de lo que debería es una consecuencia inevitable de mi poder.&#xA;&#xA;La situación no se está desarrollando de un modo agradable. Su especialidad son los golpes rápidos. Entrar, ejecutar y salir. Sin complicaciones, sin problemas adicionales. Se encuentra en terreno desconocido; debe improvisar.&#xA;&#xA;Intenta zanjar el conflicto lanzando un hechizo que fulmine a su rival: un paro cardíaco letal que cualquier forense acreditará como muerte natural. Ha segado docenas de vidas con ese conjuro; nunca falla. Hasta hoy. No logra efectuar todos los movimientos con la precisión quirúrgica habitual y se le traban las palabras.&#xA;&#xA;—¿No habrás estado bebiendo, no? Sabes que no te conviene.&#xA;&#xA;El comentario de Conrad, o como se llame, es casi más hiriente que el fracaso. Porque no es verdad; lleva quince meses sobrio. Porque no le gusta recordar el hombre que fue. Porque nadie tiene derecho a hurgar en su pasado. Porque ni siquiera sabe cómo ha obtenido esa información.&#xA;&#xA;—Eso te lo puedo contestar —aclara el anfitrión—. Mi poder consiste en meterme en la cabeza de la gente. Accedo a sus pensamientos. Sus recuerdos, sus anhelos, sus miedos. También puedo juguetear un poco con ellos, por eso te has vuelto torpe de repente.&#xA;—Un don muy útil, sin duda —admite Caniche.&#xA;—Los tuyos tampoco están mal. Si te hubieras preparado mejor, quizá habrías tenido alguna posibilidad. Ahora ya es tarde. Te has delatado y no podrás volver a acercarte a mí sin que te descubra.&#xA;—¿Estoy a tiempo de retomar la negociación? —aventura el mercenario.&#xA;—Nunca es tarde para eso —responde Conrad con una sonrisa—. No me interesa acabar con tu vida, ni siquiera con la de Morales. Solo necesito que me hagas un pequeño favor y estaremos en paz.&#xA;—¿Qué favor?&#xA;—Llévame a menos de 400 metros de tu jefe sin que nadie detecte mi presencia. Haz eso por mí y los dos quedaremos fuera de su radar. ¿Trato hecho?&#xA;—Trato hecho.&#xA;&#xA;#relato #canicheverso ]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Caniche mata el tiempo haciendo bailar el hielo en el fondo del vaso. La garganta le reclama un trago de verdad, solo uno, para coger ánimos. Sin embargo, sabe bien dónde le conduciría dejarse arrastrar. Tiene trabajo que hacer, de esa clase que no se puede posponer.</p>

<p>Abandona el ridículo gastrobar y camina hacia el edificio señorial donde vive su objetivo. Un nombre y una foto es toda la información que tiene. No le han proporcionado más y tampoco le ha interesado indagar. Hace años que dejaron de importarle los detalles.</p>

<p>Antes, solía bastarle con esperar a que la noche cubriera la ciudad con su manto; sus poderes funcionan mejor desde las sombras. Por desgracia, la estridente iluminación de los negocios ha colonizado el centro urbano. Se ha visto obligado a adaptarse y buscar otros modos de pasar desapercibido. Por suerte, la gente suele ir a lo suyo y no presta atención a su alrededor.</p>

<p>Un hechizo sencillo y discreto abre la puerta del edificio. Sube las escaleras hacia la segunda planta y, antes de alcanzar el rellano, lejos de posibles mirillas indiscretas, se convierte en una niebla densa. Se cuela en el apartamento por las estrechas rendijas que el tiempo ha surcado en el burlete.</p>

<p>—Te estaba esperando. Supongo que te envía Morales.</p>

<p>Esto es nuevo. En sus cuarenta y tres años de servicio nunca le habían detectado antes de tiempo. Había cometido muchos errores a lo largo de su carrera, pero nunca el de levantar la libre. El hombre que ha destapado su ardid sigue sentado en el sofá, sin mostrar ni un atisbo de preocupación. Ante el silencio de Caniche, retoma la palabra.</p>

<p>—Puedes mostrarte. Los dos sabemos a qué has venido. Creo que podemos charlar un rato, conocernos un poco mejor y, a partir de ahí, vemos cómo se tercia la noche. ¿No te parece?</p>

<p>El cazador, cazado, se rinde ante la evidencia y vuelve a adquirir su corporalidad.</p>

<p>—Reconozco que esta situación es un tanto inusual. Doy por hecho que tú también tienes poderes —dice Caniche a modo de saludo.
—Solo uno. No tan vistoso como el tuyo, desde luego, pero resulta útil de vez en cuando —contesta el improvisado anfitrión—. Ahora que las cartas están sobre la mesa, ¿crees que hay margen para la negociación? ¿Hasta qué punto te tiene atrapado el bueno de Morales?
—No te lo tomes a mal, pero acabamos de conocernos.
—Dicen que la ignorancia es felicidad. Aunque supongo que tú tendrás mucha más información de mí que yo de ti.
—No te creas. Solo sé que te llamas Conrad.
—Vaya. Si eso es cierto, debo admitir que estoy un poco decepcionado. Pensaba que alguien con tu experiencia sería más diligente a la hora de afrontar un caso. Ni siquiera es mi nombre real, solo uno de mis apodos.
—Quizá no tengo tanta experiencia como crees —empieza a replicar el sicario.
—No seas humilde, Caniche. —Al oír su mote, el interpelado no logra reprimir una mueca de asombro—. No te lo tomes a mal; saber más de lo que debería es una consecuencia inevitable de mi poder.</p>

<p>La situación no se está desarrollando de un modo agradable. Su especialidad son los golpes rápidos. Entrar, ejecutar y salir. Sin complicaciones, sin problemas adicionales. Se encuentra en terreno desconocido; debe improvisar.</p>

<p>Intenta zanjar el conflicto lanzando un hechizo que fulmine a su rival: un paro cardíaco letal que cualquier forense acreditará como muerte natural. Ha segado docenas de vidas con ese conjuro; nunca falla. Hasta hoy. No logra efectuar todos los movimientos con la precisión quirúrgica habitual y se le traban las palabras.</p>

<p>—¿No habrás estado bebiendo, no? Sabes que no te conviene.</p>

<p>El comentario de Conrad, o como se llame, es casi más hiriente que el fracaso. Porque no es verdad; lleva quince meses sobrio. Porque no le gusta recordar el hombre que fue. Porque nadie tiene derecho a hurgar en su pasado. Porque ni siquiera sabe cómo ha obtenido esa información.</p>

<p>—Eso te lo puedo contestar —aclara el anfitrión—. Mi poder consiste en meterme en la cabeza de la gente. Accedo a sus pensamientos. Sus recuerdos, sus anhelos, sus miedos. También puedo juguetear un poco con ellos, por eso te has vuelto torpe de repente.
—Un don muy útil, sin duda —admite Caniche.
—Los tuyos tampoco están mal. Si te hubieras preparado mejor, quizá habrías tenido alguna posibilidad. Ahora ya es tarde. Te has delatado y no podrás volver a acercarte a mí sin que te descubra.
—¿Estoy a tiempo de retomar la negociación? —aventura el mercenario.
—Nunca es tarde para eso —responde Conrad con una sonrisa—. No me interesa acabar con tu vida, ni siquiera con la de Morales. Solo necesito que me hagas un pequeño favor y estaremos en paz.
—¿Qué favor?
—Llévame a menos de 400 metros de tu jefe sin que nadie detecte mi presencia. Haz eso por mí y los dos quedaremos fuera de su radar. ¿Trato hecho?
—Trato hecho.</p>

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      <guid>https://escritura.social/ibnussabel/un-dia-mas-en-la-oficina</guid>
      <pubDate>Wed, 24 Jun 2026 10:09:38 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>¿Habla usted mi idioma?</title>
      <link>https://escritura.social/ibnussabel/habla-usted-mi-idioma</link>
      <description>&lt;![CDATA[Juan estaba disfrutando de un agradable fin de semana con su hijo en Madrid. Había pensado que sería buena idea merendar unos churros en la mítica chocolatería San Ginés antes de volver a Palencia. El nutrido grupo de turistas que esperaba en la cola le hizo sospechar que quizá algo había cambiado desde esos años en los que solía ir con su mujer. &#xA;&#xA;—Dos de churros con chocolate, por favor —pidió, confiado.&#xA;—Sorry, only English —respondió el joven dependiente que le atendió.&#xA;—¿Será posible? ¡Habrase visto!&#xA;—Tranquilo, papá —intervino Martín—. Hay que pedir en inglés. Ya me encargo yo.&#xA;&#xA;Mientras el hijo indicaba al camarero lo que querían tomar, el padre seguía con la conversación paralela.&#xA;&#xA;—¿Pero cómo que en inglés? Si esto es un sitio de Madrid de toda la vida.&#xA;—No seas antiguo. Además, con lo pesado que te ponías para que lo aprendiera de pequeño, que incluso me mandaste a una academia, podrías haber empezado a estudiar antes. Hace ya dos años de la ley nueva, eh.&#xA;—Bueno, joder. Pero esto es pasarse.&#xA;&#xA;En la mesa, pese a los esfuerzos de Martín para hablar de otras cosas, Juan seguía empecinado con lo mismo. En su momento, cuando se propuso adoptar el inglés como lengua oficial en toda la Unión Europea, de modo que sus ciudadanos pudieran vivir y trabajar en cualquier estado miembro sin necesidad de aprender ningún otro idioma, pensó que era una idea formidable. Ahora que se había materializado en ley, empezaba a verle aristas.&#xA;&#xA;—Yo entiendo que lo del inglés es muy útil para que la movilidad geográfica sea real y que tú puedas ir a trabajar a Francia, Alemania, Dinamarca o donde quieras —insistió—. Eso no lo discuto. Lo que no me parece ni medio normal es que no se me permita usar el idioma de mi país estando en España.&#xA;—Estamos hablando en castellano ahora mismo, ¿no? Nadie te va a prohibir eso —repuso Martín.&#xA;—Sí, claro, en una conversación privada. Pero, ¿qué pasará si tengo que ir al médico y solo habla inglés?&#xA;—No te preocupes por eso. Aún quedan tres años de moratoria para servicios esenciales.&#xA;&#xA;El padre hundió el churro que tenía en la mano en la taza de chocolate como quien apaga una colilla en un cenicero.&#xA;&#xA;—¿Qué quieres decir? ¿Que luego no me atenderán en castellano?&#xA;&#xA;Su hijo le miró con ternura.&#xA;&#xA;—Supongo que no lo cambiarán de la noche a la mañana. Habrá algún tipo de servicio de asistencia, ¿no? De todos modos, si vas a clase, pronto hablarás inglés a la perfección.&#xA;—No sé yo… —Juan pescó el churro con ayuda de la cucharilla—. A mi edad no es tan fácil, ¿sabes?&#xA;—Bueno, voy contigo cuando haga falta. Aparte, esto es Madrid. En Palencia siempre quedarán médicos que hablen castellano.&#xA;&#xA;Este último argumento tranquilizó un poco a Juan. Acabaron de disfrutar de su merienda charlando de otros temas y, al salir, el padre se animó a despedirse de los camareros en inglés: «Good bye. Thank you!»&#xA;&#xA;relato]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Juan estaba disfrutando de un agradable fin de semana con su hijo en Madrid. Había pensado que sería buena idea merendar unos churros en la mítica chocolatería San Ginés antes de volver a Palencia. El nutrido grupo de turistas que esperaba en la cola le hizo sospechar que quizá algo había cambiado desde esos años en los que solía ir con su mujer.</p>

<p>—Dos de churros con chocolate, por favor —pidió, confiado.
<em>—Sorry, only English</em> —respondió el joven dependiente que le atendió.
—¿Será posible? ¡Habrase visto!
—Tranquilo, papá —intervino Martín—. Hay que pedir en inglés. Ya me encargo yo.</p>

<p>Mientras el hijo indicaba al camarero lo que querían tomar, el padre seguía con la conversación paralela.</p>

<p>—¿Pero cómo que en inglés? Si esto es un sitio de Madrid de toda la vida.
—No seas antiguo. Además, con lo pesado que te ponías para que lo aprendiera de pequeño, que incluso me mandaste a una academia, podrías haber empezado a estudiar antes. Hace ya dos años de la ley nueva, eh.
—Bueno, joder. Pero esto es pasarse.</p>

<p>En la mesa, pese a los esfuerzos de Martín para hablar de otras cosas, Juan seguía empecinado con lo mismo. En su momento, cuando se propuso adoptar el inglés como lengua oficial en toda la Unión Europea, de modo que sus ciudadanos pudieran vivir y trabajar en cualquier estado miembro sin necesidad de aprender ningún otro idioma, pensó que era una idea formidable. Ahora que se había materializado en ley, empezaba a verle aristas.</p>

<p>—Yo entiendo que lo del inglés es muy útil para que la movilidad geográfica sea real y que tú puedas ir a trabajar a Francia, Alemania, Dinamarca o donde quieras —insistió—. Eso no lo discuto. Lo que no me parece ni medio normal es que no se me permita usar el idioma de mi país estando en España.
—Estamos hablando en castellano ahora mismo, ¿no? Nadie te va a prohibir eso —repuso Martín.
—Sí, claro, en una conversación privada. Pero, ¿qué pasará si tengo que ir al médico y solo habla inglés?
—No te preocupes por eso. Aún quedan tres años de moratoria para servicios esenciales.</p>

<p>El padre hundió el churro que tenía en la mano en la taza de chocolate como quien apaga una colilla en un cenicero.</p>

<p>—¿Qué quieres decir? ¿Que luego no me atenderán en castellano?</p>

<p>Su hijo le miró con ternura.</p>

<p>—Supongo que no lo cambiarán de la noche a la mañana. Habrá algún tipo de servicio de asistencia, ¿no? De todos modos, si vas a clase, pronto hablarás inglés a la perfección.
—No sé yo… —Juan pescó el churro con ayuda de la cucharilla—. A mi edad no es tan fácil, ¿sabes?
—Bueno, voy contigo cuando haga falta. Aparte, esto es Madrid. En Palencia siempre quedarán médicos que hablen castellano.</p>

<p>Este último argumento tranquilizó un poco a Juan. Acabaron de disfrutar de su merienda charlando de otros temas y, al salir, el padre se animó a despedirse de los camareros en inglés: <em>«Good bye. Thank you!»</em></p>

<p><a href="/ibnussabel/tag:relato" class="hashtag" rel="nofollow"><span>#</span><span class="p-category">relato</span></a></p>
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      <guid>https://escritura.social/ibnussabel/habla-usted-mi-idioma</guid>
      <pubDate>Tue, 23 Jun 2026 17:30:30 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Aquelarre</title>
      <link>https://escritura.social/ibnussabel/aquelarre</link>
      <description>&lt;![CDATA[Anne llegó tarde. La oscuridad cubría totalmente el cielo cuando se reunió con Aritz y Unai en el claro del bosque. No era necesario hablar; los tres sabían lo que tenían que hacer. Unai trazó el signo de Ake en el suelo con sal mezclada con tierra. Aritz colocó cirios rojos alrededor del símbolo, procurando formar un círculo. Anne abrió el grimorio y buscó la página que necesitaban.&#xA;&#xA;Cuando el escenario estuvo listo, los jóvenes iniciaron el ritual. Anne rompió el silencio recitando las palabras del hechizo. El tono de su voz se mantuvo firme durante todo el conjuro. Estaba concentrada en su tarea y no dejó que le afectaran los ruidos ni los movimientos que creía percibir a su alrededor. Al terminar la letanía, cerró el libro, el viento apagó los cirios y los tres amigos se dispersaron sin decir nada.&#xA;&#xA;Volvieron a reunirse al día siguiente, por la tarde. Se encontraron en el sitio de siempre, la taberna de la parte alta del pueblo.&#xA;&#xA;—¿Habéis notado algo? —empezó Aritz.&#xA;—Nada de nada, tío —respondió Unai—, pero ha pasado poco tiempo.&#xA;—¿Pone algo en el libro de cuánto hay que esperar, Anne?&#xA;—No seas impaciente. Hicimos lo que teníamos que hacer; ahora está fuera de nuestras manos.&#xA;—¿Y en manos de quién está? —insistió Aritz.&#xA;&#xA;La mirada de Anne fue más elocuente que cualquier respuesta. Estaba todo dicho. Mejor buscar otro tema de conversación.&#xA;&#xA;Unos días más tarde, Unai le contó a la cuadrilla que había obrado un prodigio. Estaba en el monte con su perro Yak y este se había cascado una pata persiguiendo a un conejo. El pobre animal renqueaba y aullaba de dolor. Unai le había cogido la pata entre las manos, había deseado que se curara y, de forma inexplicable, el hueso se recompuso y el perro volvió a correr como siempre.&#xA;&#xA;Envalentonados por la anécdota, Aritz y Anne se dispusieron a poner a prueba sus poderes. El chico, que desde pequeño había sido un poco bruto, lanzó una piedra contra la cara de Anne sin avisar y le abrió una brecha. Anne le insultó y le dio un puñetazo que le partió el labio. Con esas heridas, intentaron curarse el uno al otro, y lo lograron. El ritual había sido un éxito.&#xA;&#xA;Estaban eufóricos. Querían descubrir los límites de su poder. Por eso se introdujeron en lo más profundo del bosque y empezaron a hacer pruebas. Aprendieron que no solo podían sanar, también podían infligir heridas, romper cosas, arreglarlas, dominar a algunos animales; incluso llegaron a invocar una pequeña nube de lluvia, aunque para eso tuvieron que concentrarse los tres en el mismo propósito.&#xA;&#xA;A partir de ese momento, la magia era el pensamiento que ocupaba sus mentes la mayor parte del día. Cuando estaban juntos, practicaban en grupo. Cuando estaban solos, lo intentaban en solitario. Poco a poco empezaron a controlar sus poderes con precisión. Ya no se trataba de ver quién lograba el efecto más grande, sino el más sutil.&#xA;&#xA;Anne era la más aplicada. Siempre le había fascinado el mundo esotérico, por eso había convencido a su pequeña cuadrilla para que se sumara a su alocada idea. No tenía muchas esperanzas de que fuera a funcionar, pero al constatar que era real, no podía quitárselo de la cabeza. Su vida entera se centró en la brujería. Sus compañeros, en cambio, se lo habían tomado como un juego que había evolucionado a milagro.&#xA;&#xA;Unos meses más tarde, cuando los chicos creían que ya tenían una perfecta comprensión de su magia, Anne les enseñó que aún les quedaba mucho por aprender. Estaba cada uno en su casa, ocupándose de sus asuntos, cuando Aritz y Unai oyeron unas palabras en su mente: «Hola, amigos.» Era Anne comunicándose por telepatía. Ellos no habían logrado nada ni remotamente parecido estando juntos y ella podía hablar con los dos a la vez desde decenas de metros de distancia. «Reuníos conmigo de inmediato en el claro del bosque. Os espero.»&#xA;&#xA;Asombrados, dejaron lo que estaban haciendo y se dirigieron ipso facto al punto acordado. Cuando llegaron, Anne aguardaba con una enorme sonrisa en la cara, pero no era un gesto afable, sino travieso.&#xA;&#xA;—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Aritz a modo de saludo.&#xA;—¡Silencio! —ordenó Anne. Obedecieron a la fuerza porque habían perdido la capacidad del habla.&#xA;—Os he convocado para explicaros lo que está pasando —prosiguió la nueva bruja—, porque veo que solos no sois capaces de entenderlo. El pacto que hicimos era magia de sangre, no un juego de niños. No vais a progresar nunca si no os implicáis como yo. Estos dones no son gratis; las fuerzas que nos los han otorgado esperan su parte. Vosotros parecéis unos desconsiderados que habéis estado ignorando vuestras obligaciones. Si queréis recorrer este camino, deberéis hacer sacrificios. Cuanto mayor sea la ofrenda, mayor será la recompensa. ¿Me entendéis?&#xA;&#xA;Aritz y Unai, que seguían sin poder hablar, asintieron con la cabeza.&#xA;&#xA;—En ese caso, ya sabéis lo que os toca. No me defraudéis. Si me hacéis quedar mal, vosotros seréis los sacrificados.&#xA;&#xA;Tras estas palabras, Anne liberó a sus amigos del hechizo y se esfumó en una densa niebla.&#xA;&#xA;Los dos chicos estaban en shock. Se habían dejado arrastrar por las fantasías de Anne y ahora estaban jugando a un juego muy peligroso del que no conocían las reglas. Sin embargo, el poder que habían probado y el que habían visto en su compañera eran una tentación demasiado grande para dejarla escapar.&#xA;&#xA;relato &#xA;&#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Anne llegó tarde. La oscuridad cubría totalmente el cielo cuando se reunió con Aritz y Unai en el claro del bosque. No era necesario hablar; los tres sabían lo que tenían que hacer. Unai trazó el signo de Ake en el suelo con sal mezclada con tierra. Aritz colocó cirios rojos alrededor del símbolo, procurando formar un círculo. Anne abrió el grimorio y buscó la página que necesitaban.</p>

<p>Cuando el escenario estuvo listo, los jóvenes iniciaron el ritual. Anne rompió el silencio recitando las palabras del hechizo. El tono de su voz se mantuvo firme durante todo el conjuro. Estaba concentrada en su tarea y no dejó que le afectaran los ruidos ni los movimientos que creía percibir a su alrededor. Al terminar la letanía, cerró el libro, el viento apagó los cirios y los tres amigos se dispersaron sin decir nada.</p>

<p>Volvieron a reunirse al día siguiente, por la tarde. Se encontraron en el sitio de siempre, la taberna de la parte alta del pueblo.</p>

<p>—¿Habéis notado algo? —empezó Aritz.
—Nada de nada, tío —respondió Unai—, pero ha pasado poco tiempo.
—¿Pone algo en el libro de cuánto hay que esperar, Anne?
—No seas impaciente. Hicimos lo que teníamos que hacer; ahora está fuera de nuestras manos.
—¿Y en manos de quién está? —insistió Aritz.</p>

<p>La mirada de Anne fue más elocuente que cualquier respuesta. Estaba todo dicho. Mejor buscar otro tema de conversación.</p>

<p>Unos días más tarde, Unai le contó a la cuadrilla que había obrado un prodigio. Estaba en el monte con su perro Yak y este se había cascado una pata persiguiendo a un conejo. El pobre animal renqueaba y aullaba de dolor. Unai le había cogido la pata entre las manos, había deseado que se curara y, de forma inexplicable, el hueso se recompuso y el perro volvió a correr como siempre.</p>

<p>Envalentonados por la anécdota, Aritz y Anne se dispusieron a poner a prueba sus poderes. El chico, que desde pequeño había sido un poco bruto, lanzó una piedra contra la cara de Anne sin avisar y le abrió una brecha. Anne le insultó y le dio un puñetazo que le partió el labio. Con esas heridas, intentaron curarse el uno al otro, y lo lograron. El ritual había sido un éxito.</p>

<p>Estaban eufóricos. Querían descubrir los límites de su poder. Por eso se introdujeron en lo más profundo del bosque y empezaron a hacer pruebas. Aprendieron que no solo podían sanar, también podían infligir heridas, romper cosas, arreglarlas, dominar a algunos animales; incluso llegaron a invocar una pequeña nube de lluvia, aunque para eso tuvieron que concentrarse los tres en el mismo propósito.</p>

<p>A partir de ese momento, la magia era el pensamiento que ocupaba sus mentes la mayor parte del día. Cuando estaban juntos, practicaban en grupo. Cuando estaban solos, lo intentaban en solitario. Poco a poco empezaron a controlar sus poderes con precisión. Ya no se trataba de ver quién lograba el efecto más grande, sino el más sutil.</p>

<p>Anne era la más aplicada. Siempre le había fascinado el mundo esotérico, por eso había convencido a su pequeña cuadrilla para que se sumara a su alocada idea. No tenía muchas esperanzas de que fuera a funcionar, pero al constatar que era real, no podía quitárselo de la cabeza. Su vida entera se centró en la brujería. Sus compañeros, en cambio, se lo habían tomado como un juego que había evolucionado a milagro.</p>

<p>Unos meses más tarde, cuando los chicos creían que ya tenían una perfecta comprensión de su magia, Anne les enseñó que aún les quedaba mucho por aprender. Estaba cada uno en su casa, ocupándose de sus asuntos, cuando Aritz y Unai oyeron unas palabras en su mente: «Hola, amigos.» Era Anne comunicándose por telepatía. Ellos no habían logrado nada ni remotamente parecido estando juntos y ella podía hablar con los dos a la vez desde decenas de metros de distancia. «Reuníos conmigo de inmediato en el claro del bosque. Os espero.»</p>

<p>Asombrados, dejaron lo que estaban haciendo y se dirigieron <em>ipso facto</em> al punto acordado. Cuando llegaron, Anne aguardaba con una enorme sonrisa en la cara, pero no era un gesto afable, sino travieso.</p>

<p>—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Aritz a modo de saludo.
—¡Silencio! —ordenó Anne. Obedecieron a la fuerza porque habían perdido la capacidad del habla.
—Os he convocado para explicaros lo que está pasando —prosiguió la nueva bruja—, porque veo que solos no sois capaces de entenderlo. El pacto que hicimos era magia de sangre, no un juego de niños. No vais a progresar nunca si no os implicáis como yo. Estos dones no son gratis; las fuerzas que nos los han otorgado esperan su parte. Vosotros parecéis unos desconsiderados que habéis estado ignorando vuestras obligaciones. Si queréis recorrer este camino, deberéis hacer sacrificios. Cuanto mayor sea la ofrenda, mayor será la recompensa. ¿Me entendéis?</p>

<p>Aritz y Unai, que seguían sin poder hablar, asintieron con la cabeza.</p>

<p>—En ese caso, ya sabéis lo que os toca. No me defraudéis. Si me hacéis quedar mal, vosotros seréis los sacrificados.</p>

<p>Tras estas palabras, Anne liberó a sus amigos del hechizo y se esfumó en una densa niebla.</p>

<p>Los dos chicos estaban en <em>shock.</em> Se habían dejado arrastrar por las fantasías de Anne y ahora estaban jugando a un juego muy peligroso del que no conocían las reglas. Sin embargo, el poder que habían probado y el que habían visto en su compañera eran una tentación demasiado grande para dejarla escapar.</p>

<p><a href="/ibnussabel/tag:relato" class="hashtag" rel="nofollow"><span>#</span><span class="p-category">relato</span></a></p>
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      <guid>https://escritura.social/ibnussabel/aquelarre</guid>
      <pubDate>Thu, 18 Jun 2026 18:20:39 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Inteligencia natural</title>
      <link>https://escritura.social/ibnussabel/inteligencia-natural</link>
      <description>&lt;![CDATA[No eran ni las cinco de la mañana y Clau ya estaba despierto. El calor sofocante de Barcelona no le permitía conciliar el sueño. Apoyó el colchón contra la pared y abrió la mesa plegable. Ese era, en esencia, todo su mobiliario. Vivía con seis personas más en un piso compartido de cuarenta metros cuadrados.&#xA;&#xA;Sentado en el suelo, conectó su viejo dispositivo para buscar algún trabajo. Los ingresos que recibía del sistema de ayudas eran insuficientes. Tras pagar los gastos comunes, apenas disponía de veintitrés créditos para pasar el mes. Eso equivalía a comer tres veces a la semana, cuatro si tenía suerte.&#xA;&#xA;La mayoría de anuncios eran labores de gran desgaste físico y escasa retribución. Sin embargo, encontró uno especial. Acababa de entrar en el sistema y, debido al horario intempestivo, nadie lo había reclamado aún.&#xA;&#xA;Mantenimiento lógico. 730 créditos. 11 horas.&#xA;&#xA;Era demasiado bueno para ser verdad. Nunca había visto una oferta que llegara a las tres cifras. Tenía que ser un error, o una estafa. La aceptó sin pensarlo dos veces. Fuera lo que fuera, no iba a dejar escapar esa oportunidad. Además, era una tarea que podía hacer desde su casa. Eso era inusual también.&#xA;&#xA;El paquete del encargo tardó en descargarse. Se trataba de un galimatías de código antiguo, anterior incluso a la consolidación de las IA corporativas. Capas de parches automáticos, errores corregidos a medias y rutinas generadas por modelos obsoletos.&#xA;&#xA;Clau no tenía ninguna titulación. Nadie las tenía. Los centros educativos hacía tiempo que se habían convertido en viviendas o almacenes. Había aprendido por su cuenta trasteando por aquí y por allá y consultando fragmentos de manuales que habían sobrevivido en las profundidades de la red. Esos conocimientos le permitían aceptar trabajos más especializados y con menos competencia. Ninguno tan complicado como este. Ahora entendía el precio que le habían asignado.&#xA;&#xA;A las seis llegó el primer corte de luz. Conectó la batería comunitaria y siguió trabajando con el brillo de la pantalla al mínimo. A las ocho, el calor era infernal. Estaba sudando a mares, pero tenía que seguir para cumplir el plazo. Mientras intentaba comprender el funcionamiento de todas esas líneas de código, una mujer vomitaba en el fregadero y otra comentaba que el agua saldría marrón hasta el mediodía.&#xA;&#xA;A las nueve y diez encontró el problema principal. La IA había intentado optimizar la aplicación de mil maneras distintas, pero no había tocado la raíz. Cada solución había dejado una nueva herida en un sistema maltrecho. Una vez descubierta la causa, resultaba sorprendente que siguiera funcionando. Los modelos automatizados no habían comprendido lo que ocurría; Clau, sí.&#xA;&#xA;Aunque no las tenía todas consigo, borró bloques enteros y reconstruyó desde cero un montón de funciones. Ignoró multitud de avisos de seguridad y siguió adelante con la esperanza de no estar cometiendo un error fatal. Cada línea que eliminaba aumentaba su nivel de ansiedad.&#xA;&#xA;A las doce, la ciudad entró en el silencio del calor extremo. Ni repartidores, ni niños, ni gente discutiendo. Los únicos lugares donde la vida continuaba eran las residencias de los bastante ricos para costearse el aire acondicionado. Clau tenía los ojos y la garganta resecos. La cabeza le latía, pero el cronómetro seguía avanzando. No podía descansar aún.&#xA;&#xA;A las tres y treinta y ocho de la tarde, entregó el trabajo y el sistema ejecutó las pruebas de validación. Una hilera de cuadritos blancos se iba llenando y vaciando de nuevo en la pantalla. La espera le estaba matando. Por suerte, apenas unos minutos después apareció el mensaje que estaba anhelando:&#xA;&#xA;Operación completada con éxito.&#xA;Coste registrado: 730 créditos.&#xA;Coste IA anticipado: 38.400 créditos.&#xA;&#xA;Clau dio un salto de alegría. El movimiento repentino hizo que se mareara un poco, pero había valido la pena.&#xA;&#xA;Anomalías detectadas. Marcado para revisión profunda.&#xA;&#xA;La euforia se desvaneció. Eso solo podía significar malas noticias. Había pasado por alto algún error grave y sería sancionado. Cayó al suelo cuando apareció el último mensaje en la pantalla.&#xA;&#xA;Revisión superada con éxito.&#xA;&#xA;Le llegó la notificación del pago de los 730 créditos. Había salido bien. ¿Acaso estaba soñando? Nunca había dispuesto de tanto dinero en su vida. No era una fortuna, pero podría subsistir varios meses e incluso comer todos los días. Cuando volvió a prestar atención a la pantalla, se fijó en que, entre las ofertas de siempre, empezaban a aparecer otras, similares a la que acababa de completar.&#xA;&#xA;Mantenimiento lógico. 234 créditos. 7 horas.&#xA;Mantenimiento lógico. 467 créditos. 16 horas.&#xA;Mantenimiento lógico. 116 créditos. 5 horas.&#xA;&#xA;relato]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>No eran ni las cinco de la mañana y Clau ya estaba despierto. El calor sofocante de Barcelona no le permitía conciliar el sueño. Apoyó el colchón contra la pared y abrió la mesa plegable. Ese era, en esencia, todo su mobiliario. Vivía con seis personas más en un piso compartido de cuarenta metros cuadrados.</p>

<p>Sentado en el suelo, conectó su viejo dispositivo para buscar algún trabajo. Los ingresos que recibía del sistema de ayudas eran insuficientes. Tras pagar los gastos comunes, apenas disponía de veintitrés créditos para pasar el mes. Eso equivalía a comer tres veces a la semana, cuatro si tenía suerte.</p>

<p>La mayoría de anuncios eran labores de gran desgaste físico y escasa retribución. Sin embargo, encontró uno especial. Acababa de entrar en el sistema y, debido al horario intempestivo, nadie lo había reclamado aún.</p>

<p><em>Mantenimiento lógico. 730 créditos. 11 horas.</em></p>

<p>Era demasiado bueno para ser verdad. Nunca había visto una oferta que llegara a las tres cifras. Tenía que ser un error, o una estafa. La aceptó sin pensarlo dos veces. Fuera lo que fuera, no iba a dejar escapar esa oportunidad. Además, era una tarea que podía hacer desde su casa. Eso era inusual también.</p>

<p>El paquete del encargo tardó en descargarse. Se trataba de un galimatías de código antiguo, anterior incluso a la consolidación de las IA corporativas. Capas de parches automáticos, errores corregidos a medias y rutinas generadas por modelos obsoletos.</p>

<p>Clau no tenía ninguna titulación. Nadie las tenía. Los centros educativos hacía tiempo que se habían convertido en viviendas o almacenes. Había aprendido por su cuenta trasteando por aquí y por allá y consultando fragmentos de manuales que habían sobrevivido en las profundidades de la red. Esos conocimientos le permitían aceptar trabajos más especializados y con menos competencia. Ninguno tan complicado como este. Ahora entendía el precio que le habían asignado.</p>

<p>A las seis llegó el primer corte de luz. Conectó la batería comunitaria y siguió trabajando con el brillo de la pantalla al mínimo. A las ocho, el calor era infernal. Estaba sudando a mares, pero tenía que seguir para cumplir el plazo. Mientras intentaba comprender el funcionamiento de todas esas líneas de código, una mujer vomitaba en el fregadero y otra comentaba que el agua saldría marrón hasta el mediodía.</p>

<p>A las nueve y diez encontró el problema principal. La IA había intentado optimizar la aplicación de mil maneras distintas, pero no había tocado la raíz. Cada solución había dejado una nueva herida en un sistema maltrecho. Una vez descubierta la causa, resultaba sorprendente que siguiera funcionando. Los modelos automatizados no habían comprendido lo que ocurría; Clau, sí.</p>

<p>Aunque no las tenía todas consigo, borró bloques enteros y reconstruyó desde cero un montón de funciones. Ignoró multitud de avisos de seguridad y siguió adelante con la esperanza de no estar cometiendo un error fatal. Cada línea que eliminaba aumentaba su nivel de ansiedad.</p>

<p>A las doce, la ciudad entró en el silencio del calor extremo. Ni repartidores, ni niños, ni gente discutiendo. Los únicos lugares donde la vida continuaba eran las residencias de los bastante ricos para costearse el aire acondicionado. Clau tenía los ojos y la garganta resecos. La cabeza le latía, pero el cronómetro seguía avanzando. No podía descansar aún.</p>

<p>A las tres y treinta y ocho de la tarde, entregó el trabajo y el sistema ejecutó las pruebas de validación. Una hilera de cuadritos blancos se iba llenando y vaciando de nuevo en la pantalla. La espera le estaba matando. Por suerte, apenas unos minutos después apareció el mensaje que estaba anhelando:</p>

<p><em>Operación completada con éxito.</em>
<em>Coste registrado: 730 créditos.</em>
<em>Coste IA anticipado: 38.400 créditos.</em></p>

<p>Clau dio un salto de alegría. El movimiento repentino hizo que se mareara un poco, pero había valido la pena.</p>

<p><em>Anomalías detectadas. Marcado para revisión profunda.</em></p>

<p>La euforia se desvaneció. Eso solo podía significar malas noticias. Había pasado por alto algún error grave y sería sancionado. Cayó al suelo cuando apareció el último mensaje en la pantalla.</p>

<p><em>Revisión superada con éxito.</em></p>

<p>Le llegó la notificación del pago de los 730 créditos. Había salido bien. ¿Acaso estaba soñando? Nunca había dispuesto de tanto dinero en su vida. No era una fortuna, pero podría subsistir varios meses e incluso comer todos los días. Cuando volvió a prestar atención a la pantalla, se fijó en que, entre las ofertas de siempre, empezaban a aparecer otras, similares a la que acababa de completar.</p>

<p><em>Mantenimiento lógico. 234 créditos. 7 horas.</em>
<em>Mantenimiento lógico. 467 créditos. 16 horas.</em>
<em>Mantenimiento lógico. 116 créditos. 5 horas.</em></p>

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      <pubDate>Tue, 16 Jun 2026 17:12:16 +0000</pubDate>
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