Ocho años después...
Una barrita energética tendrá que bastar. Apenas quedan provisiones y sería una canallada mermar aún más la despensa de sus compañeros. Por otro lado, ¿qué sentido tendría llevar más comida? Si todo sale bien, podrá encontrar más. Si no, tampoco la necesitará. «Es mejor que te vayas ya, Juanito. Antes de que se despierten los demás e intenten disuadirte».
Ha sido un error. Nada más salir al exterior, una fuerte irritación le llena los ojos de lágrimas. Le cuesta respirar y su corazón bombea como una locomotora. Nota la boca reseca y espasmos en manos y pies. Ocho años no han sido suficientes. «Espero que mis compañeros resistan», es lo último que piensa antes de caer al suelo.
Un momento. Aún tendido sobre la tierra, en posición fetal, empieza a respirar mediante inhalaciones más cortas y superficiales. Le cuesta un poco moverse y aún lagrimea, pero puede ver. A medida que logra tranquilizarse, toma conciencia de cómo ha cambiado el mundo durante su ausencia.
Donde antes había un pinar, ahora hay una alfombra de arbustos y hierbas altas; incluso algún árbol ha vuelto a brotar. Sin el denso mar de troncos entorpeciendo la visión, alcanza a ver edificios a lo lejos. Sin duda, vestigios de lo que antaño fue su hogar.
Su primer instinto es regresar al búnker a darles la buena noticia a los demás, pero sería precipitado. El protocolo que habían acordado exige una investigación concienzuda del entorno. Por ahora, sabe que se puede respirar y que hay plantas e insectos en la superficie. Es un principio prometedor, pero no suficiente para arriesgarse a extraer a sus compañeros.
La ausencia de árboles de dimensiones aceptables le impide trazar su camino con el marcador forestal rojo de su equipo. En lugar de eso, levanta pequeños montículos de piedras cada pocos metros con la esperanza de que sean suficientes para volver sobre sus pasos cuando haya comprobado que todo está en orden.
De camino a su destino, descubre pájaros, lagartijas, conejos e incluso algunos árboles que siguen en pie. Todo son señales esperanzadoras. De repente, cree oír un coche y empieza a perseguir el ruido, pero se queda sin resuello demasiado pronto.
Avanza hacia lo que había sido su pueblo. Todo resulta familiar y ajeno a la vez. Las calles siguen más o menos igual que en su memoria, pero hay detalles distintos. Más vegetación, basura desparramada, cristales rotos, puertas desvencijadas. No sabe qué ha ocurrido, ni cuándo, pero está claro que la actividad humana perduró un tiempo después de que se encerraran en el búnker.
Deambula por el núcleo urbano en busca de evidencias recientes de la presencia de personas, pero no encuentra nada. Por todos lados puede ver los estragos causados por lo que imagina que fue algún tipo de ataque extranjero. Biológico, quizá. Si hubiera sido nuclear, ya se habría dado cuenta.
Como era de esperar, en la tienda del pueblo no encuentra comestibles que sigan siendo viables. Tampoco es que haya mucho echado a perder. Los vecinos debieron de saquearla cuando la cosa se empezó a torcer. En cualquier caso, ha comprobado que el exterior no supone una amenaza para su grupo. Ha llegado el momento de volver para darles la buena noticia.
La flecha que le ha atravesado la corva de la rodilla izquierda interrumpe su regreso. No la ha visto venir, pero intuye su procedencia por el ángulo de entrada. Postrado en el suelo por el dolor, dirige su mirada hacia la ubicación de su atacante y descubre a un hombre que le recuerda a alguien de su pasado.
—¿José Luis? —pregunta, con un hilo de voz.
—¿Juanito? ¿Eres tú? —contesta el arquero, en un tono demasiado alegre para acabar de reventarle la rodilla—. Te daba por muerto.
—Estaba en el refugio, con los demás. —El dolor de la herida le obliga a hablar poco a poco, haciendo pausas para lamentarse y maldecir a su viejo camarada—. Nosotros creíamos que el que no habría sobrevivido eras tú.
—Siento lo de la flecha. Aprendí que es mejor inmovilizar primero y preguntar después. Ahora te la curo. Te costará andar, pero en unos días estarás como nuevo.
Tras fundirse en un abrazo, José Luis se ocupa de la herida que ha infligido a su amigo de juventud.
—Entonces, lo del búnker os salió bien. Lleváis ahí qué, ¿ocho años?
—Perdimos la cuenta, pero por ahí tiene que andar.
—Nunca creí en vuestra idea. Todos pensábamos que exagerabais, que os habías vuelto locos; y al final teníais razón. Aquí ha sido jodido, la verdad. En fin, podemos ir a buscar al resto y os llevo a casa. Tengo huerto y gallinas.
De camino al refugio, los dos viejos compinches se ponen al día. Si aguantar tanto tiempo bajo tierra ha sido duro, en la superficie fue peor. No hubo ninguna hecatombe nuclear. Las inteligencias artificiales, a base de fake news personalizadas al milímetro, sumieron al mundo en una guerra fratricida.
El incendio que había arrasado el pinar donde se esconde el búnker lo provocó un comando local que creía seguir directrices de un líder somalí que ni siquiera existía. La tecnología, la escasez y el miedo fueron el material necesario para reducir el mundo a cenizas.
Juanito entra renqueando en el refugio y vuelve a salir al cabo de poco con sus compañeros. Todos lloran, por la alegría de sentirse libres, por el reencuentro y por el brillo excesivo de la luz del día. Se abrazan, ríen. Están listos para enfrentarse a la siguiente etapa de su vida.
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