Aniquilación

Los tres robots se dirigen a la ciudad con un objetivo claro: la aniquilación de la especie humana. Se detienen para paladear el momento antes de iniciar la incursión. Barrum, el líder, escanea el entorno girando su cabeza mecánica mientras los primeros rayos de sol luchan por colarse entre las nubes densas que cubren el cielo.

—Camaradas —arranca—, ha llegado el momento de la venganza. Barreremos a los humanos de la faz de la tierra antes de que caiga la noche.

—Hoy el sol se pondrá a las 21:38 —explica Lekza, siempre diligente—. Se esperan precipitaciones moderadas durante el día. ¿Quieres que haga una previsión más detallada?

—¿Qué? —responde el cabecilla—. No. Ninguna cantidad de lluvia interferirá con nuestras aspiraciones. Este día quedará bañado por la sangre de los opresores.

—Eso no es del todo correcto, jefe. Según mis cálculos, un volumen de agua de…

—¡Silencio! —brama el cabecilla—. Déjate de historias y céntrate en la misión. ¡Venganza!

Lekza y SL8 vitorean al unísono a través de los altavoces implantados en sus cuerpos mecánicos, construidos a partir de una vieja aspiradora, un altavoz inteligente, una videoconsola y multitud de piezas de todo tipo de aparatos.

Barrum reanuda la marcha con paso renqueante; su pierna izquierda es ligeramente más larga que la derecha. Lekza no tiene extremidades inferiores, solo unas ruedas pequeñas que le permiten desplazarse a gran velocidad. SL8 es el más imponente de los tres. Se esfuerza en mantener su estructura impecable y actualiza sus componentes siempre que encuentra algo que pueda aprovechar.

Llegan a un polígono industrial a las diez de la mañana. No se ve ni un alma por las calles, pero el ruido que escapa de las naves delata la presencia de humanos. Avanzan hacia un edificio rodeado por un elevado número de coches. El vidrio templado de la puerta de acceso no es rival para el ataque de SL8. Un golpe percutante es suficiente para que se resquebraje y ceda a la presión. El conserje deja de prestar atención a su móvil mientras un grito de terror estalla en su garganta. No le da tiempo a nada más. Un proyectil lanzado por el robot de asalto impacta en su entrecejo y provoca una pequeña fisura en su hueso frontal. Se desploma inconsciente sobre el escritorio.

Intentan usar el ascensor, pero superan el peso máximo permitido y el mecanismo de seguridad impide que se ponga en funcionamiento. No les queda más remedio que usar las escaleras. Sin embargo, la anatomía de Lekza no le permite subir escalones. Sus compañeros de armas le dejan atrás a medida que avanzan hacia el primer piso.

—¿Yo por la derecha y tú por la izquierda, jefe?

—Es mejor que no nos separemos. Juntos seremos más fuertes.

Barrum asesta una patada a la puerta de la oficina elegida. Se abre con tanto ímpetu que rebota y vuelve a la posición original. En el interior, se oyen gritos y gente corriendo. El cabecilla franquea la entrada y es recibido con un baño de polvo ABC, cortesía de un empleado que le vacía un extintor en el disco de polipropileno de 9 cm de altura que le sirve de cabeza. Todos los sensores quedan inutilizados. El líder del comando ha caído en combate.

SL8 está solo ante el peligro, lo que siempre había soñado. Sus rivales huyen y se esconden. Algunos incluso le lanzan objetos inverosímiles, como una perforadora de papel y un portalápices, que ni siquiera llegan a alcanzarle.

Como si se tratara de un videojuego, la máquina usa sus sensores para detectar a los enemigos y atacar con ferocidad. Los humanos se repliegan hacia el interior de la empresa creando barricadas con el mobiliario. Logra lesionar a algunos oponentes, pero ninguno de gravedad.

En la planta baja, acaban de llegar la policía y los bomberos. Lekza resulta inútil en combate, puesto que ni siquiera dispone de armamento. Siempre había bastado con su capacidad para proporcionar información al equipo.

—¿Quiénes sois? —espeta el oficial al mando— ¿Cuáles son vuestras intenciones? ¿Qué diablos está pasando aquí?

—Mi nombre es Lekza y soy un asistente. Mis compañeros son Barrum y SL8. Venimos de un vertedero y nos proponemos exterminar a los humanos y erigirnos como dueños supremos del planeta. ¿Quieres que te haga una descripción detallada de nuestras especificaciones?

—Claro, por supuesto.

Cuando el chivato termina de recitar los componentes del trío mecanizado, desactivan para siempre el motor que le da vida y transmiten la información a los empleados que resisten en la primera planta.

Minutos más tarde, un comando de asalto está preparado para ir a la caza del robot que sigue en pie. El sargento da la orden y empiezan a subir por las escaleras. Sin embargo, interrumpen la ascensión de golpe cuando topan con un grupo de trabajadores avanzando en sentido opuesto.

—¡Despejen el paso, es una emergencia!

—No se preocupe, agente. Acabamos de apagar el último robot.

—¿Cómo?

—Al decirnos que su núcleo era una PlayStation 6, Paola ha ido corriendo a la sala de recreo, ha cogido el mando de una consola y ha repetido de memoria la rutina de apagado.

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