Ponerse al día
Hoy me ha llamado mi amiga Bea. Hemos estado 59 minutos y 27 segundos hablando (lo dice mi Blackberry). Ella estaba cocinando y se acordaba de mí mientras picaba la cebolla porque estaba preparando empanada, con la receta que le dio mi madre una vez que hace años se encontraron en el Eroski. Fue en aquella temporada (su último piso de estudiante) en la que podríamos haber sido vecinas pero no, porque yo ya me había ido de Vitoria.
Nos hemos puesto al día también, claro, un poco. Me ha contado que su pareja lleva de baja desde septiembre, desde que la llamó ingresado de urgencia en el hospital cuando ella estaba en la peluquería y se fue con el pelo a medio cortar y sin pagar del susto que se llevó. Eso fue la última vez que hablamos, yo me quedé en que le habían dado el alta del hospital y que iba estando mejor.
Por supuesto, hemos hablado de lavaderos, de que ya me he puesto a leer su manuscrito, de cómo pondremos los pies de página y dónde irán las fotos. De simplificar por un lado y de añadir unas grabaciones nuevas que ha encontrado.
Nos hemos reído porque de repente sin darme cuenta le he hablado en catalán (siempre que hablo sobre mi guapa salta un resorte en mi cerebro y cambio al catalán sin pensar) y eso ha servido para confesarle que hay palabras casi imposibles de pronunciar para mí a pesar de que son tan esenciales como “lata de atún” (“llauna de toninya”) —insértese aquí el recuerdo, la complicidad, de todas esas noches de conversación en su piso de estudiantes cuando nos quedábamos hasta las tantas y yo era feliz con mi “latita de atún”—.
También he puesto en voz alta el cansancio que llevo acumulado, diez años para acabar un proyecto son muchos años y ahora que ya casi está todo, que solo falta amueblar para que @casatiajulia@pixelfed.social empiece su nueva vida, es justo cuando me fallan las fuerzas. No es fácil reconocer este desánimo repentino (ya pasará).
Nunca tuve un grupo de amigas como tal con las que hacer cosas. Amigas con las que se supone que compartes la vida, esto es, compartes actividades. Siempre fui una niña rara que no acababa de encajar porque me gustaba leer y estar en mi mundo.
Lo más parecido a alguien con quien “hacer cosas” era la Mari Trini, que vivía enfrente de casa de mi abuela en el pueblo y a quien veía todos los veranos. Tenía dos años más que yo y era un poco “cabra loca” así que aprovechaba esa diferencia de edad para arrastrarme a aventuras como escalar el castillo por el lado más difícil o meternos en cuevas en las que nos prohibían entrar. Una vez, cuando aún había autobús en el pueblo, cogimos “el coche” de Zaragoza, que pasaba lunes, jueves y sábados y nos fuimos a Canfranc un jueves para volver el sábado, aunque finalmente acabamos durmiendo en Huesca capital en casa de una compañera mía de universidad. Con el tiempo la Mari Trini “sentó cabeza”, se casó y tuvo dos hijos, quién lo iba a decir.
Pero en Vitoria, en mi día a día, mientras el resto de adolescentes quedaban para salir de fiesta, de excursión o de lo que fuera, yo me quedaba en casa, sola y sintiéndome diferente.
Conocer en Inglaterra, gracias a una beca, a las que hoy, 30 años después, aún son mis amigas («amistad: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato» -RAE) para mí lo cambió todo. Pero no porque pudiera compartir montones de actividades con ellas, para nada. Ellas, de vuelta a Vitoria, seguían con sus cuadrillas y con su grupos y su vida. Yo empezaba la universidad, en otra ciudad, y también iba a lo mío.
Lo importante, lo sustancial, es que encontré personas que me entendían, que me daban otros puntos de vista, en las que podía confiar, que de repente me miraban no como “la rara” sino como “la interesante”. Personas con las que hablar a corazón abierto y a las que, sí, también podía contarles mi vida y ellas a mí la suya.
«Ya no compartimos la vida, nos la resumimos» dice este artículo. Resumir en vez de contar. «Si pudiéramos hablar bien con toda la gente que queremos, tal como queremos, con tiempo para disfrutar de ello en un plazo narrativo, en una pausa segura para ser escuchados y escuchar, quizá no escribiríamos», dice Carmen Martín Gaite, y continúa: «En el momento en el que hay alguien con quien puedes hablar, para mí que se quiten el cine, el teatro, los viajes...» (ver en Literatube)
Quizás el problema no sea el «contarnos la vida» en vez de compartirla. Quizás la cuestión está en los tiempos, en los plazos en los que se dan esas conversaciones. Por suerte mis amigas siguen siendo para mí, precisamente, esa «pausa segura para ser escuchada y escuchar».
Ojalá más tiempo para pausas, más tiempo para la amistad.
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