Me despido con un beso, si consigo escribirlo

✍️ Está sin mirar ni corregir. El ejercicio va de escribir algo sobre alguien que escribe, así que me he ido a escribir sobre mi escribiendo el relato anterior. La idea es de @Mojarrison que la ofreció libremente cuando dije que se la robaba.

«Al final, sí le dieron las fuerzas, aunque hubo un momento…»  —¿Un momento que qué? —pregunta el tuerto sensiblemente malhumorado al gato que duerme feliz frente a la ventana. —Eso, ni se inmute su majestad. Claro, como no eres tú quien tiene que entregar este cuento.  Ante el silencio felino, suelta el boli y camina sin rumbo por la casa. Pasillo arriba, pasillo abajo, a la cocina ver qué hay en la nevera, al cuarto a ver si la aspiradora está conectada, a revisar que las redes de las ventanas estén bien colocadas, a casi cualquier cosa que se le pase por la cabeza ya que no puede escribir.

Me levanto de la mesa y emulo a mi protagonista, vaya tela, autor y personaje en la misma tesitura. Debería comprobar esas cosas que ha hecho el tuerto, pero sin mucho empeño, que a la criatura tampoco parece haberle funcionado. Desde que recuerdo siempre me ha pasado a así: tardo tanto en ponerme a hacer las cosas que cuando lo consigo son las mil y estoy ya cansado de este juego de querer y resistirse. ¿Quién me mandaría a meterme a escribir? ¿A escribir, qué? ¿Es que no tenía suficiente con los dibujos que no hago y con los juegos a los que no juego? ¿Que sí, que a veces sí, pero muchas menos de las que me gustaría? Miro el reloj para comprobar si son las 23:54 o las 23:55. Las y 55, verás tú mañana cuando me despierte medio zombie para la reunión de primera hora. Al menos en la ficción ese «zombie» es, digamos, gratis.

Se levanta desorientado y maldiciendo mientras el gato, con la victoria y el maullido en la boca, le dirige al salón, donde está el comedero, para que no se pierda, porque «estos humanos no saben». Con los ojos entornados por los maullidos incrustados en el cerebro, el tuerto pesa la comida rellena el maldito comedero.  —Anda, también algún día me podrías organizar la comida tú a mi— piensa en alto.  Resignado se dirige al despacho pensando que con la poca carga de trabajo seguro que puede arañar unas horas y ver qué pasa con «la pareja», todavía no sabe si el ser va a revivir a su amante o si va a destruir el planeta. «Destruir el planeta», piensa con una sonrisa maliciosa acompañada de un gesto de asentimiento. Las líneas de anoche no se han movido, sigue sin saber si ha terminado la carta o qué. «¿Quién me mandaría a meterme a escribir?», piensa frunciendo el ceño. Se le ocurre usar una ia generativa de esas para que le ofrezca una opción, algo a lo que agarrarse, porque en unas 10h debería estar terminado.

Hum, igual la idea del tuerto no es tan mala. A ver, estoy súper en contra, pero, por otra parte, estoy seco de ideas, motivación y energías. Bah, no se puede tener todo, ¿no?, quemamos un bosque pequeño y probamos. Necesito un buen prompt de esos.  Tengo una historia sobre un ser extraterrestre indeterminado (podría ser un dios) y un humano que se enamoran. Presas del miedo y los prejuicios, son atacados por los vecinos del humano y el ser pierde su objeto de poder, un «ojo». Necesito una escena corta en un momento futuro en el que el humano ha muerto de avanzada edad y el ser lo acaba de enterrar en el jardín. Vuelve a casa y se encuentra una carta con la última voluntad del humano en formato de carta. Quiero dos párrafos cortos, uno en primera persona desde el punto de vista del ser y otro el comienzo de la carta (tras un “Mi amor:”). La pantalla permanece en blanco unos segundos y aparece el texto: «Con la tierra del jardín aún en mis manos tras enterrarlo, cruzo el umbral de nuestra casa vacía. El silencio me oprime, pero mi única pupila basta para distinguir el sobre aguardándome sobre la mesa.

Mi amor: No te dejes consumir por la tristeza ni por el rencor hacia quienes nos atacaron aquella noche. Envejecer a tu lado ha valido cada cicatriz. Mi última voluntad es que abandones estas sombras y recuperes el ojo que perdiste por salvarme.»  —Estúpida máquina, qué sabrá ella.— Me siento y pongo al tuerto a escribir.