Tú puedes con todo
Anoche estuve en un evento organizado con motivo de La noche europea de les investigadores. En mi ciudad se organizan lo que llaman «Patios de ciencia» en el que reúnen a un par de investigadoras o investigadores con unas 10 – 15 personas y les hablan de algo relacionado con sus investigaciones. El de anoche estaba relacionado con la mujer en la medicina y la ponente principal era Amelia Sanchís Vidal.
Apenas había empezado la charla cuando Amelia declaró que era algo así como una anciana, incapacitada, enferma y tarada. Defendió que había que reivindicar esos estados, ser honesta respecto a ellos, no camuflar, no enmascarar. Si estamos mal estamos mal. Hoy, serendipias de la vida, en un capítulo de Todas las criaturas grandes y pequeñas una cabra tardaba en ser diagnosticada porque para protegerse enmascaró el dolor que le causaba su lesión. No es una cosa demasiado inteligente, pero bueno es una cabra. ¿Cuál es nuestra excusa?
Hace unos cuantos años me subí a ese microactivismo. Con el lema «Bienvenidas las tristes» invitaba a las gentes a mi alrededor (sobre todo en interné, a quién quiero engañar, fuera de la red soy una especie de ameba social) a declarar sus malestares sin miedo: en mí tenían un espacio seguro. Pero entonces era tierna e inocente y sabía menos de lo que sé ahora.
Es cierto que hay una inercia muy fuerte de aparentar que todo está bien, que estamos bien, que podemos tirar p'alante. Pero, ¿de dónde viene esa inercia? ¿Por qué ese aprendizaje? Pues como la cabra: para protegernos en un sistema que nos descarta de una manera u otra cuando empezamos a fallar.
Esa es una. Pero luego está la otra. Como diría José Mota, si hay que hacer algo se hace, pero hacerlo pa ná es tontería. ¿De qué me sirve decir que estoy mal si no voy a sacar nada de ello, ni siquiera reconocimiento? Porque eso es lo que pasa la mayor parte de las veces.
En estos días, a la luz del primer aniversario de mi colapso, estoy recordando cosas, estoy releyendo mi diario. Y yo sabía que estaba mal. Recuerdo verbalizarlo abiertamente. Recuerdo enunciar los síntomas. Recuerdo buscar ayuda (profesional) y apoyo. Pero también recuerdo respuestas (por supuesto, bienintencionadas) de «Vas a estar bien», «Venga, que tú puedes con todo», «Va, recuerda todas las veces que has hecho esto y las veces que has superado cosas peores», «Eres una tía fortísima». Y sí, soy fortísima en ciertos sentidos, he subido muchas montañas, pero en ese momento no podía con mi vida. Una cosa no quita la otra.
No quiero echar mierda a nadie, no quiero que nadie se ofenda: yo misma he dicho esas cosas. Pero me doy cuenta de que diciéndolas no se da ánimo: se invalida a la otra persona y a su malestar. Además, de paso, se ahorra esfuerzo: si tú puedes con todo entonces yo no tengo que hacer nada. No digo que se haga con esa intención, ¿pero qué espacio queda ahí para quien se está hundiendo? ¿Invertir más de su escasa energía en insistir en lo mal que está?
Así que, como ya digo, ahora sé más que hace unos años y en esto de normalizar la vulnerabilidad y el malestar hacen falta dos partes: quien se atreve a declarar, contra todo aprendizaje, que está mal o que necesita ayuda y quien, reconociendo y honrando esa valentía, hace que merezca la pena.
Y no, nadie puede con todo. No a solas, al menos.
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