Mantener el equilibrio

Es más fácil vivir desde el centro, desde ese equilibrio que nos da estar bien ancladas en el suelo, firmes. Desde ahí una puede resistir los vientos, esquivar los balonazos, manejar con cierta soltura las bolas de malabares y agacharse a recogerlas si se caen sin miedo a perder pie. Estar centrada no es la panacea, pero facilita las cosas.

Sin embargo es difícil mantenerse ahí cuando el mundo se antoja una centrifugadora. Hay épocas de mi vida (las más) en las que no importa cuánto lo intente, siempre me siento desplazada hacia el exterior, cada vez más lejos de mi centro. Cada vez más nerviosa. Cada vez más despegada de la gente. Cada vez menos satisfecha. Cada vez más perdida. El modo supervivencia con el turbo puesto.

Y una medita. Y pasea. Y dice «sí» sin ganas ningunas. Y hace lo que se supone que es bueno para ella aunque no es lo que quiere para no hundirse en el pozo. Una, aunque haya quien no lo crea, se agarra al piolet con todas las fuerzas que consigue reunir para no caer al vacío.

Pero el esfuerzo no se ve. Y una sigue siendo, con el corazón en la garganta, esa que no pone suficiente de su parte.


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