Ha sido extraño. Estaba en medio de mi estúpida meditación por mi estúpida salud mental (vuelve septiembre, vuelven las rutinas para no chiflar, vuelve la ilusión /s) cuando de repente he notado algo raro. Diferente. Inusual. La señora de la meditación me guiaba con voz meliflua: «Mientras respiras intenta ver si sientes algo, si alguna emoción aflora». Normalmente no aflora nada: esto es como cuando me dices que te cuente un chiste, se me olvidan todos. Si me dices que sienta, no voy a sentir nada, me voy a bloquear. Pero hoy ha sido distinto.

«Si no aflora nada, no te preocupes: está bien». Y yo «calla, calla, que hay algo ahí, y parece agradable». Evidentemente la meditación ya no me importaba un carajo, quería perseguir mi conejo blanco, mi libélula roja, mi fuego fatuo. Ya no estaba ahí, con intensidad, pero había dejado huella. Había sido... Como un destello de sol sobre los ojos cerrados: breve, pero los párpados seguían calientes. Había estado ahí. No me lo había imaginado. Esa calidez había empezado a llenarme, borrando la voz de la meditación y, durante un instante, todo lo demás. Y algo así, claro, había dejado huella.

Creo que sé lo que es pero... No sé. Hace tiempo que no lo siento. Mucho. Y ahora... como que no pega. Aunque bueno, si una lo piensa, la luz se nota más cuando todo está oscuro. Sí, puede ser, puede que esto que siento, que me acuna y me conforta sea

esperanza


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