Chico roble
Lo encontré en un claro del bosque. Destacaba, sólido y cálido, como un roble centenario.
Parecía haber cobijado innumerables criaturas, como si dar sombra y cuidar fueran algo natural en él.
Le hablé, me sonrió, y me dormí en la hierba cerca de sus raíces, rayos de sol tamizados acariciándome la cara. Cuando desperté, ya al atardecer, un manto de hojas me cubría y me calentaba.
Me marché a casa ya entrada la noche, arropada con el recuerdo –sólido y cálido– del chico roble centenario.
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